Leche condensada de chocolate

Me mata la nostalgia de un compositor que manejaba el verso y la prosa a la perfección. Yo, nada con el verso, me da un pavor que me inutiliza. A veces me da urticaria, pero eso no significa nada, son cosas del alma adolescente, algo queda de ella, aunque esté cada vez más lejos de eso. Lo mío es la narración, eso creo. He escrito historias ficticias, he rondado cuentos personales, he narrado biografías de escritores chilenos, genios, cuasi olvidados y pseudos amados. No sé hacer que me escuchen o no quiero en realidad. Soy una melancólica. Me liquida la melodía que me trae este compositor: tan elevada que vuela sola y se sueña a sí misma, como las realidades perfectas. Es posible que muera al igual que él, en un hotel hecha un indigente, desheredada de mis talentos. Es permitido que me coma esa muerte como la más dulce y la transforme en una historia amable. Tengo el permiso para creer que esa composición es un regalo para el que quiera volver a recrearla, esta vez, quizá, con un final feliz y no morir de hambre, sino sobrealimentada, cebada, con una lujosa leche condensada de chocolate.

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Archivado bajo Recomendaciones: ¡Ir! / ¡Evitar ir!, Textos

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