Un recuerdo liliputiense.

Creo en el castigo, en la ira, en la necesidad de ordenar las cosas, en volver a empezar, en el miedo, en el sabor en la boca a incertidumbre, pero creo también y profundamente en la misericordia, en el pan tostado con mantequilla y palta. En esas tardes de campo que nos libraban de toda preocupación. Hacer memoria sobre el ruido que hacían las hojas al mecerse en los árboles añosos, me trae la imagen de una buena amiga de la infancia, Paula, una versión de Tom Sawyer hecha niña. Un corazón –hasta el día de hoy- tan cándido, que pese a las eventualidades de los caminos, conserva la verdad bien amurallada en su interior. Ella se ríe al recordar que yo era demasiado urbana para ese campo, tan antibacterial, me caía en las zanjas, corría tras ella como un caracol trata de alcanzar una liebre. Ella escalaba y yo, mientras,  pensaba en los riesgos que implicaba subir a una torre no muy firme.  Me sentía lenta para su mundo. Paula, por el contrario, llevaba al campo como su reloj biológico. Caminaba descalza, yo ¡ni muerta! Demasiados bichos a mi alrededor. A ella le habían picado unos cuantos alguna vez, pero ni los tomaba en cuenta, eran un vago recuerdo, cosas que pasaban y punto. Si hubiesen habido osos en Chile no creo que el encuentro con uno la hubiera alterado en lo mínimo… yo le tenía miedo al más liliputiense perro. Ella era tan tremendamente feliz, y yo trataba de colarme un poquito en su alegría, pero me faltaban manos para contener una felicidad que yo estaba impedida para tener. La ciudad me había forjado, tiesa-tiesa, y me nublaba. Hace unos días estuve con ella y me habló de lo mucho que le gustaría irse a vivir al campo, pero al campo profundo, donde casi no hubiesen servicios básicos. Me dijo que la ciudad la “desconcentraba”: repitió esa palabra varias veces. Ahora, con el paso del tiempo ella llegó a amar la ciudad, tanto que sus lujos la encandilaron. Me explicaba que sería mucho más feliz si pudiera librarse de todas esas necesidades, pero que lamentablemente lo veía como algo muy lejano.

Ahora yo tengo un marido Tom Sawyer, que vive y se crió en la ciudad, pero que a veces sabe ingeniárselas para hacer como si viviésemos en el campo. Llevo también en mi panza a una pequeñísima que anda a pie pelado, y que espero nos sepa enseñar a lidiar con todo esto. Tengo en mi cabeza a todos mis queridos y me encantaría llevarlos a ese campo que recuerdo. Yo no sé qué es mejor, si vivir acá o allá, pero me imagino siempre que el hombre tiene sus escapes a los malos tiempos, que Dios de alguna manera nos regala una tarde de verano bajo la sombra de un gran árbol, una mesa generosa, unos amigos, sonrisas, protección, una brisa que mueve esas hojas que ahora casi puedo tocar y oler. Amo esas realidades en potencia, porque alguna vez fueron tan de uno, que de nosotros depende si las volvemos a rescatar.

2 comentarios

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2 Respuestas a “Un recuerdo liliputiense.

  1. Gabriela Lobato

    La ciudad tiene lo bueno también. No me gusta la dialéctica campo-ciudad (campo v/s ciudad). Creo que uno puede igualmente vivir en el campo como un ciudadano, hacer de los árboles una urbe, y de las carretas un taco. Y al revés, creo que en la urbe se puede vivir relajado como en el campo.
    Creo que la sabiduría está en hacerse un campo en la ciudad. Eso es algo más, mucho más, que tal o cual lugar, creo que es algo más que va con la actitud frente a la vida humana, al trabajo. En el campo me puedo estresar igual o peor. Puedo terminar siendo un Chacal de Nahueltoro, que vivió en el campo, pero pasó por el acha a su ñora e críos por rabia. Conocí a mi abuelo, él, de terno y corbata, usuario de bus y metro, gris (hasta su pelo), pero nunca levantó una mano sino para decir salud, nunca se apuró sino para ver un partido (o la Parada Militar), cuando había que reirse, se reía. Su trabajo era para él como la siembra, y cosechaba a fin de mes. Sus pies tocaban la goma de la suela, no el pasto, pero disfrutaba mirando por la ventana de la micro como un niño que sale por primera vez. Yo creo que tu marido trata de copiarle a mi abuelo.

  2. Matilda

    Dicen que el lugar no lo hacen las cosas sino las personas. Sí… tal vez… pero quizás sería mejor poner las personas en ese lugar que añoramos. O quizás, sólo lo importante sea dejar que la pequeña baile en tu vientre y que ella te vaya guiando. A veces los que menos conocen son los que más saben. Tu marido es un Tom Sawyer pero es gracias a tí. Si no entraras en su mundo imaginario ambos se perderían la hermosa realidad que crean juntos. Para terminar, es bueno jamás olvidar que como dice mi marido: 1+1=3.

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