La fábrica de los cuentos.

La fábrica de los cuentos.

La fábrica de los cuentos abre sus puertas.

Queridos alumnos:

¡Es aquí donde deben dejar sus comentarios! Sí, con sus historias completas, sinopsis o parte de ellas. Como gusteis. Todo con el fin de aprovechar esta última semana y poder comentar, corregir y editar lo que sea necesario. Son bienvenidos todos los lectores que paseen por esta página que quieran dejar sus palabras de aliento. ¡Ánimo y adelante!

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5 Respuestas a “La fábrica de los cuentos.

  1. Trinidad Barriga Cruzat

    Definitivamente, quedar suspendido a diez metros del suelo no era la manera en la que creyó que terminaría su día. Esperaba salir del colegio, conversar un rato con sus amigos, quizás discutir un poco con su mejor amiga como siempre hacían, estudiar la prueba que tenía para el día siguiente… Lo normal. Su rutina se rompió cuando la discusión con su amiga se tornó algo más seria de lo que estaban acostumbrados. Y sabía que no debía haberle dicho que era egocéntrica y no se preocupaba por los demás, sabiendo que eso era lo que más le dolía. Pero, francamente, esperaba un empujón o un golpe como mucho… no que su cara se oscureciera y el viento, salido de quién sabe dónde, lo elevara del suelo hasta una peligrosa altura de diez metros. No, definitivamente no planeaba que su día terminara así.

    – ¡Sara! ¡Sara, tienes que bajarme ahora! ¡Sara! – gritaba y gritaba, pero su amiga no parecía reaccionar. De acuerdo, tendría que recurrir a medidas extremas – ¡Sara! ¡Perdón! ¡No estaba pensando lo que dije! ¡Perdón! ¿Me escuchaste? ¡Perdón!

    El viento comenzó a disminuir, bajándolo con lentitud los primeros ocho metros. En los dos últimos, desapareció por completo por lo que cayó con brusquedad al suelo.

    – ¡Ah! ¡Qué mierda acaba de pasar!
    – ¡Francisco! ¿Qué pasó? ¿Qué haces en el suelo? – Sara se acercó a ayudarlo a levantarse riéndose a carcajadas, pero pareció recordar algo porque lo soltó – ¡Me dijiste egocéntrica!
    – Sí, y te pedí perdón por eso – masculló adolorido.
    – Yo no escuché esa parte – le increpó furiosa.
    – ¡Sí lo hiciste! Si no lo hubiera dicho, seguiría flotando en el aire por tu culpa.
    – ¿Mi culpa? ¿MI culpa? ¿Cómo rayos voy a hacer para que flotes? ¡Ya me gustaría a mí tener poderes mágicos!
    – ¡Te descontrolaste por lo que te dije y no sé cómo mierda invocaste al viento para que me levantara en el aire! ¡A diez metros, Sara! ¡Diez metros!
    – – ¡Te digo que yo no hice eso! Quizás… Quizás…
    – ¿Ves? No hay explicación lógica, tú lo hiciste. Y quiero saber cómo – le exigió.
    – ¿Cómo voy a saberlo? Lo único que me acuerdo es que me dijiste egocéntrica y me enojé y… Y… – frunció el ceño intentando recordar – No sé qué pasó después…
    – ¿Ves? Fuiste tú.

    Los dos se miraron extrañados, procesando lo que acababa de ocurrir. Ambos, aunque peleaban mucho, tenían una mente muy lógica y les gustaba analizar todo (quizás, por eso, les gustaba tanto discutir).

    – A ver… te enojaste y…
    – Porque me dijiste egocéntrica.
    – Eso no importa – la cortó – Te enojaste y dices que no te acuerdas de nada, ¿cierto? Yo vi que tu cara se puso rara… Y no me preguntes cómo, de la nada salió un viento y me subió diez metros.
    – Me enojé… Y ahí empezó el viento… – los dos se miraron con complicidad.
    – ¡Ríete! – exclamó él de pronto.
    – ¿Qué?
    – ¡Ríete! Quiero ver qué pasa.
    – ¿Y de qué quieres que me ría? ¿Del aire? No pued… ¡No no no! ¡Francisco! ¡Cosquillas no!

    Sus carcajadas resonaron por toda la plaza donde se reunían siempre a conversar. Sara se retorcía en el pasto, con su amigo sobre ella en pleno ataque de cosquillas.
    De pronto, el viento comenzó a soplar de forma errática. Las hojas secas que mostraban los primeros indicios del otoño giraban y danzaban alrededor de ellos al compás de su risa, y caían bruscamente cuando tomaba aire con urgencia, para volver a elevarse con gracia cuando comenzaba a reír de nuevo. Francisco miraba a su alrededor maravillado. Esta vez, no sentía al viento golpearlo con furia, sino que acariciando su piel y revolviendo su pelo. Centró la mirada en su amiga para comentarle su observación, cuando se dio cuenta de que ella no parecía ser consciente de este hecho. Seguía riendo, sí, pero su cara era de alegría pura y sus ojos, cuando los abría, no parecían poder ver lo que ocurría a su alrededor. Parecía como si la alegría se hubiera apoderado de ella y, al no poder ser contenida dentro de ese cuerpo tan frágil, se hubiera transformado en viento.
    Asustado de que permaneciera así para siempre, dejó de hacerle cosquillas y observó cómo el viento se iba calmando según su amiga se tranquilizaba. Respirando agitadamente y con las mejillas sonrojadas, Sara cerró los ojos agotada.

    – ¿Sara?
    – Hmm – gruñó.
    – ¿Estás bien?
    – Ajá… Pero creo que no haré abdominales por un mes… o un año.
    – Como si los hubieras hecho antes – se burló él. Luego se puso serio – ¿Viste lo que pasó?
    – Em… ¿pasó algo mientras me reía? – su amigo la miró sin decir nada – ¿Francisco?
    – Sara…

    Se sentó junto a ella y le explicó lo que había visto y sentido. No quería asustarla, pero prefería que supiera de lo que era capaz, de manera que encontraran una forma de controlarlo. Sara no era de las que perdía el control por cualquier cosa, pero, cuando lo hacía… bueno, un búnker era un buen lugar para ir a esconderse. No podía ni imaginar lo que pasaría si alguien la hacía enojar más de lo que él lo había hecho. Un búnker no sería suficiente.
    Pero Sara no parecía preocupada ni asustada. De hecho, estaba un poco enojada por no ser capaz de presenciar su propio poder. Afirmaba, absolutamente convencida, que era completamente capaz de mantener sus emociones a raya y nada la haría perder el control de sí misma de nuevo, ahora que sabía lo que podía provocar.
    Niña estúpida.
    No sabía lo que pasaría al día siguiente…
    En realidad, nadie lo esperaba. No todos los días asesinan a una joven de diecisiete años, menos en un pueblo tan pequeño que nadie conocía.
    No todos los días mataban a la mejor amiga de alguien.
    No todos los días moría la mejor amiga de Sara.
    Francisco lo supo antes que ella y corrió en su búsqueda. Pero, antes de encontrarla, lo sintió. Sintió la angustia de ella impregnar el aire. Aunque quizás sería mejor decir que la angustia reemplazó al aire. Se detuvo jadeando y se llevó las manos a la garganta; no podía respirar. Sara estaba expresando sus emociones nuevamente a través del viento, sólo que, esta vez, en lugar de soplar, había desaparecido por completo, llevándose el oxígeno con él.
    Observó a su alrededor: los habitantes del pueblo que transitaban por los empedrados se detenían bruscamente y tosían en busca de aire. Se ahogaban… de la misma manera en la que Sara debería estar ahogándose ahora.
    Ahogada en su pena, sin nadie que la sacara de ahí.
    Sola.
    Francisco corrió de nuevo hacia su casa, ignorando el dolor de sus pulmones y de su corazón, que parecía que estallaría en cualquier minuto.
    Abrió la puerta… sus pasos resonaron por toda la casa… su respiración agitada era lo único que se oía… entró a su pieza…

    – Sara… – jadeó.

    Unos ojos vacíos le devolvieron la mirada. Otros ojos preocupados lo miraron por dos segundos antes de centrarse nuevamente en la joven casi inerte, para susurrar las palabras que los conducirían al caos:

    – Sara, cariño… encontraron al culpable…

    Francisco no escuchó el nombre del asesino. Oyó el sonido abandonar la boca de la madre de su amiga, pero no lo recordaba. Sólo recordaba el aura negra que pareció oscurecer el rostro de ella antes de… No tenía idea de lo que había pasado, pero ahora despertaba adolorido, tendido en el jardín de la casa de Sara.
    Y todo era caos a su alrededor. El pueblo estaba… no sabía cómo describirlo. En realidad, apenas quedaba pueblo que describir.

  2. Mi cuento es sobre cuatro voluntarios que se embarcan en una misión con destino al fin del Universo en un viaje sin retorno. Cada uno busca algo que, en principio, no conocen o no saben lo que es.

  3. M.

    1. Trinidad,

    ¡Qué buen vuelco! ¿Ya lo terminaste por completo? A mi me parece que sí… es intrigante el final, me dan ganas de leerlo varias veces más. ¿Lo consideras abierto o cerrado?

    2. Felipe,

    Y ¿has solucionado el final? ¿y el tema de la “presencia”?

  4. Trinidad Barriga Cruzat

    La verdad no lo he terminado, sólo me quedé atascada en esa parte. La música, de hecho, es para la parte que me falta por escribir. El final es más o menos cerrado; no se soluciona completamente el conflicto, pero… no sé, se da a entender que es el final (no sé cómo explicarlo).
    ¿En serio parece que ya está terminado? (dejando de lado la revisión que tengo que hacerle). No se me había ocurrido dejarlo así, voy a pensarlo.
    ¡Gracias!

  5. María Magdalena Navarro

    Un niño sentado frente a su ventana observaba la profundidad de la noche. Y, de pronto, algo surgió de aquella oscuridad; algo que volaba por el cielo y dibujaba una curva como la de los arcoíris. Luego, desapareció.
    Con los brazos sobre la ventana, abrió mucho los ojos, apretó los labios y contuvo la respiración. ¿Qué era aquello? Un avión, un satélite – su padre le había explicado que existían unas máquinas en el cielo que enviaban señales –, un ovni. Algo que dejó una marca en el cielo y que poco a poco se deshacía. ¿Eso es una estrella?, ¿pueden volar?
    Entre sus pensamientos y sus interrogantes que tan conflictivas se le hacían, se decidió. Iría a la mañana siguiente a decirle que fueran a esa casa. Los dos sabían que ya nadie vivía ahí, no importaría investigarla. La curiosidad lo obsesionaba, debía responder a sus preguntas y descubrir el misterio de lo que ocurrió en ese lugar.
    Llegaron a la casa y se detuvieron por unos minutos para observar. Se sentían extraños frente a aquél lugar, ¿podrían entrar? Un aire de misterio fluía en torno a sus caras. El día era cálido y claro. El sol desde el oriente despertaba a la ciudad con su luz, mientras la brisa golpeaba suavemente las puertas y movía los árboles. Las hojas secas llenaban la calle.
    – Vamos – dijo el niño. Y con decisión comenzó a trepar por la reja. Ella, en cambio, empujó el portón y éste se abrió sin mayor esfuerzo, rechinando por el tiempo pasado.
    Los arbustos ocultaban la escalera y la entrada de la casa. Ésta, alguna vez fue blanca, pero ahora se descascaraba cada día más y adquiría un color opaco y viejo. Lograron atravesar las ramas y encontrar la puerta de entrada, pero estaba cerrada. Cruzaron una mirada de complicidad y dieron la vuelta alrededor de la casa para entrar por el ventanal del comedor. El sol se reflejaba en el espejo colgado en la pared iluminando la estancia. Luego de ese primer resplandor los niños siguieron avanzando para comenzar con su búsqueda de lo extraño…
    ¿Qué encontrarían? Algo interesante debía ocurrir en ese lugar misteriosamente desconocido y tan común a la vez. Caminaron rodeando la mesa, grande, gruesa y de madera pesada, oscura ya por la humedad; imperante. Sólo la mesa, no habían sillas. Las paredes solitarias y blanquecinas conducían al living, donde se observaba volteado un sillón y en frente en pie, una silla de madera, delgada y frágil.
    – Quizás pasó algo feo aquí… – comenzó a decir la niña pasando la mirada por el lugar… Un hombre entraba por la puerta con la cabeza gacha, sacudiéndose el agua que había absorbido caminando por la lluvia. Dejó las llaves sobre la mesa de entrada y se quitó los zapatos para subir porque, si no, la mujer de la casa se enojaría, claro. Respiraba y se sorbía fuertemente; parecía triste o, quizás, enojado.
    El joven, luego, subió la escalera en busca de una cama para tirarse a dormir. Toda la noche la había pasado por las calles, mojándose, intentando olvidarse de algo. El niño subió también, lentamente, y al fondo del pasillo se encontró con una puerta: esa era la habitación del joven. Éste entró y vio que estaba desordenada como si hubieran buscado algo desesperadamente. ¿Por qué?, ¿qué cosa? Algo ocurría en su casa. No sabía qué, pero tampoco le importaba; quería solamente descansar y no pensar más.
    La niña lo siguió después, e introdujo su pequeña cabeza por la puerta y se quedó mirando el lugar. La estancia ya no la ocupaba una cama, en lugar de ella, había unas prendas de vestir tiradas; cerca del armario, una escobilla para peinar; y una pelota que alguna vez sirvió para jugar futbol. El suelo lo cubría por completo una alfombra gris, de esas que fácilmente se ensucian y se llenan de pelusas; las paredes, blancas al igual que el resto de la casa; y el armario, también blanco, frágil y ya sucio, estaba a medio deslizar. El techo tenía burbujas por las goteras a causa de la lluvia; y la cortina, a medio colgar, en algún pasado incierto fue gris; pero ahora, grandes manchas color café la cubrían debido a la humedad y dibujaban tímidas líneas y contornos de lejana imaginación.
    El joven pateó la pelota estorbando en su camino. Sus ojos casi no miraban por donde caminaba, alcanzó su cama y se tiró de cara a la almohada. Pero llegó su madre retorciéndose las manos, con el ceño fruncido y los labios contraídos.

    – ¡Cómo es que ahora te dignas a aparecer! Toda la noche te he esperado y no haz sido capaz de avisarme. Un mensaje bastaba para dejarme tranquilla, ¡nada más! Pero no, eres egoísta y no piensas en los que todavía vivimos junto a ti.

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