II. Punto de partida.

Sombra-fantasmal

A mitad de camino, José recibió una llamada de Marco, amigo de toda una vida con Miguel. Ansioso, casi ahogado de la excitación que había vivido momentos atrás, le habló acerca del fugaz e infructífero encuentro con el enigmático y sospechoso hombre del funeral, mientras, yo, quien se suponía estaba para ayudar a encontrar la verdad y acompañarlo, me distraje tratando de sacarme, sin éxito,  una canción que venía cantando desde que desperté esa mañana y que a esas alturas me disgustaba. En mi afán de olvidarla, hacía todo tipo de esfuerzos, pero no había caso. Creo que debo de haber soñado que la cantaba y fue en ese momento cuando sonó la chicharra de mi despertador y ya está, se adueñó de mí por todo un día.

Once minutos transcurrieron desde el lugar de nuestro encuentro hasta su casa, once minutos que fueron para mi una mezcla de sensaciones que iban desde la pena de no tener a Miguel, sumadas a las miles de incógnitas que rondaban el supuesto suicidio y claro, la canción.

Bajamos del auto sin objetar si yo debiera o no hacerlo. Bastó que entráramos al recibidor de la casa, para que comenzara a sentir unas ganas tremendas de salir ya, no quería estar ahí, sentía pena, mucha pena. Pude distinguir al instante el típico olor de ese lugar, aquel aroma que había conocido desde casi toda mi vida. Una mezcla entre el delicioso café que seguían preparando en la misma bialetti de siempre y los libros que tapizaban la mayoría de las paredes. Pero había algo más, algo que realmente me había choqueado desde que puse el primer pie en ese lugar. En seguida me di cuenta que lo que me sacudió de esa manera  fue reconocer el inconfundible olor que tenía Miguel y que todavía estaba ahí. Una mezcla entre el cigarrillo que tanto amaba y el perfume o colonia que siempre usó, por cierto, nada muy fino, pero que para mí resultaba tan familiar, tan cercano.

Traté de disimular las ganas que tenía de salir corriendo y le pregunté si quería que me quedase acompañándolo o si prefería descansar. Tomándome la cara con sus gruesas manos me miró y me dijo: ¿descansar? ¿Estás loca? Justicia, verdad, eso es lo que quiero y para eso tengo que investigar y descubir quién mató a mi padre. En ese momento lo miré y pude ver que sus ojos estaban desorbitados, llenos de ese profundo brillo que me enternecían tanto como me asustaban. Me quedé.

Pensábamos dirigirnos al escritorio de Miguel cuando sentimos un ruido parecido al de un choque, así que de inmediato salimos a ver de qué se trataba. Nos percatamos que fuera de casa un auto impactó a otro por la parte trasera quebrándole un foco. Nada grave si no fuese porque el vehículo chocado resultó ser el mismo que hace quizás no más de una hora había recogido al sospechoso cuando estábamos tomando el café. Salimos corriendo para alcanzarlos. Ahí estaban,  hombre y mujer nos miraron. Noté que se decían cosas, más bien se gritaban. Para desgracia nuestra, lograron arrancar. Pese a mi desesperación, tomé mi teléfono para fotografiar la patente y a ellos, entonces apreté el botón de la cámara tantas veces como me fue posible.

Sabíamos que era imposible atraparlos así que no hicimos esfuerzo en perseguirlos. Cuando entramos nuevamente, justo cuando cerré la puerta, José se detuvo y me preguntó mirándome del mismo modo con que lo había hecho hacía un momento: ¿Y… me crees ahora? A esos tipos los atraparé, lo prometo por la memoria de mi papá y por la de todos aquellos a quienes mi viejo ayudó durante años.

No le dije nada. Sobraban las palabras. Sólo lo seguí hacia la oficina de Miguel, sabiendo que ahí se estaba originando el punto de partida para nuestra gran guerra, porque en eso se había convertido todo esto, en guerra.

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