Marraqueta.

Una antigüedad del recuerdo. Recopilando antes de volver a la carga.

marraqueta

Marraqueta

I.

¿Televisión Nacional? No lo sé bien, el punto está en que nuestro presidente estaba hablándole a su pueblo mientras yo escuchaba el sonido de los tambores de mi hermano, provenientes del subterráneo. Creí notar que murmuraba algo mientras llevaba el ritmo en la batería. Pensé en que sería una grabación. Año nuevo. Me dije a mí misma: “Una bonita manera de despedirse”. Imaginé luego la sangre o el cadáver sin rastros de líquido alguno. Seguí mirando al presidente que hablaba algo de un proyecto educacional y de los “dineros nítidos”. Apagué la tele para concentrarme en mi marraqueta con queso.

Nada de sangre ni despedidas. Todo estaba en su lugar como nunca. Darían luego las doce cero cero del nuevo año y sólo una copa quebrada se saldría del contexto perfectamente pensado. Las viejas con olor a bronceador corrían por las calles maletas en mano, pensando que ese acto las llevaría a viajar durante alguno(s) de los nuevos 365 días. Yo, muy por el contrario, pensaba vivir un estanco; ya estaba bueno de escapar por lugares extranjeros. Ahora vería qué podía producir mi cabeza y la ciudad de Santiago. Si bien es verdad que amo el sur apasionadamente, casi obsesivamente, es también cierto que cada uno de nosotros puede ser su territorio preferido de vez en cuando. Al menos lo deberían intentar. Puede ser una buena experiencia. En serio.

Una amiga decía que me gustaba irme de viaje por el infierno; sin embargo, yo siempre anduve por espacios neutros, libres de conflictos. Nunca me arrepentí de hacerlo. Y cuando salga de estas páginas, lo seguiré haciendo. Eso lo aseguran mis dedos sobre las teclas. Son los mejores compañeros que me pueden ayudar a alcanzar esa meta.

II.

Antonia toma un papel y escribe: “¿Televisión Nacional?…”, teniendo en mente su marraqueta. Se acabaron para ella los viajes y los contratos de seguridad a largo plazo. Ahora, tiene que salvarse ella misma y espera que esas palabras la guíen por buenos senderos. Partir de cero otra vez. La desconcentra el ruido que hace su hermano tocando batería. Se levanta y va hacia la puerta que da al subterráneo. Cuando el de su sangre se cansa de tocar, ella aprovecha el momento y le grita: “Hey, nada de grabaciones, de despedidas ni de rojo abundante en Año Nuevo, ¿entendido?” Él sale de su ocupación y le regala una sonrisa: “¿De qué hablas, loca?”, le dice riendo. Ella se aleja aplaudiendo.

Le gusta que le crean sus historias paralelas.

Porque, en todo caso, ella misma podría ser una.

La autora pide las disculpas pertinentes al caso si es que, a pesar de las contingencias, se han sentido dolidos, ya que parte de este manuscrito lo creó postrada y quizá, quién sabe, algún fluido que no solía estar en ese lugar interfirió en el funcionamiento normal de sus neuronas. Seguiremos, pues, sin locuras y con las historias paralelas. Todo a partir, recuerda Antonia, del deseo por una marraqueta con queso.

Su abuela había muerto hacía unos cuatro años atrás y ella no usaba hablar de ella. O mejor dicho, en este caso en concreto, escribir sobre. En sueños sólo lograba la presencia de su abuelo también difunto. Suponía que le era más fácil recordar la figura pseudo cinematográfica de él, tal vez porque antes no lograba descifrar el arte que existía en los días que la había visto justo antes de morir. Un día en efecto. Antonia había llevado un libro a la clínica por dos razones: uno, porque la evasión era uno de sus efectos y la podían sacar de cualquier situación incómoda y, segundo, porque tenía prueba al otro día. Nada serio en todo caso. Finalmente, el libro le ayudó. Entró a la pieza y ahí estaba la anciana en un estado realmente penoso. Antonia le besó la frente y le habló una cuantas palabras. Lo único que recuerda de esa conversación es que en algún minuto su abuela le empezó a preguntar acerca de lo que pensaba hacer con su futuro académico. Luego de la respuesta de su nieta, ella le contestó: “Sí, si tú vas a ser una artista”. Ella se quedó pensando y asintió sin mucha seguridad con la cabeza. Luego se sentó a su lado y se puso a leer. Poco se pudo concentrar con el ruido de las máquinas que la mantenían con vida. Posterior a eso, casi nulas veces pudo tolerar la música electrónica: ésta era para su persona como exposiciones con fetos muertos. La sequía. El Apocalipsis abofetéandole la cara, recordándole a cada instante: “Hola, amiguita, no te puedes escapar”. A veces eso la hacía reír, otras no.

“No te voy a dejar”, le había prometido Pedro, un amigo que nunca más había vuelto a ver. Las secuencias imborrables de ausencias la hacían pensar en una máquina amable (sin dolores ni ruidos) que lograran reunir a todos los lejanos y cortar conexiones con aquellos indeseables. Ése, ese aparatito sí que sería bienvenido en su reino. Sí. De hecho, ella no le negaba a su conciencia la existencia imborrable de la pieza que quedaba cerca del lavadero. “Experimentos”, se decía a sí misma, “Qué haría yo sin mi cabeza que no se contenta con lo obvio”. Latente estaban la mayoría de las cosas; sin embargo, Antonia sabía y siempre aclaraba, incluso, que uno encontraba ciertos instantes en que era de necesidad absoluta “entrar a picar”, examinar, indagar, exorcizar, cortar, pegar, copiar y extirpar. Una cosa que la sacaba de su cabales, era que su madre se acercara a la puerta del cuarto famoso: en esas circunstancias difícilmente recordaba que aquella era su progenitora y se portaba como una mujer poseída por toda una legión de ángeles caídos. “¿Malos olores?”, le gritaba desde dentro, “Soy limpia y prolija, no me vengas con esas idioteces, además, lo que pase aquí dentro es de simple incumbencia mía y de nadie más en absoluto ¿entendido? Ahora, lárgate a tus piezas con agradables olores a flores artificiales. Gracias”. Y se iba la mujer. Así cada vez que se repetía la escena y Antonia aprovechaba su herencia literata para inventar un nuevo monólogo que ahuyentaba las suspicacias.

Cada una de las partes de su invento de metal, tenía un nombre; una de ellas se llamaba Pedro, en honor a todas las posibilidades de Pedros que existían en nuestro planeta: perdedores, medios genios, exitosos o, inclusive, donjuanes. En honor a lo que no había sido, a las separaciones y por el futuro próspero de su amigo.

Supe de una vez que se quebró el brazo forcejeando con algo junto a la máquina. Si no hubiera necesitado abusar de los movimientos que le permitía el espacio, seguramente no se habría molestado en arreglar el desperfecto físico… quizá como un acto de autocontrol, algo así como aprender a obviar el dolor… En definitiva, se rindió ante esas posibilidades y tomó el camino común, el que su madre hubiera querido.

Los animales también solían acompañarla, el problema estaba en que casi nunca salían de aquel sitio y eso le empezaba a molestar a sus padres desde el momento en que los vecinos habían empezado a llamar a casa preguntando por sus mascotas perdidas.

Había una pieza en la casa, en el segundo piso, que estaba desocupada. El caso era que estaba sin terminar. Eran exactamente veintidós años los que llevaba de ese modo. Seguramente todos hubieran preferido que se ubicara allí con todas sus extravagancias, pero ella se negaba argumentando que no le gustaba estar en lugares a medias, sin identidad, por lo que permanecía en su cueva con una sonrisa que a veces parecía mueca.

No le gustaban las sorpresas mal intencionadas. Lo repetía siempre.

Cierta tarde un tormentoso ex novio llegó a verla. Su mamá le dijo a dicho hombre que, para variar, se encontraba en el subterráneo. Que viera si Antonia se dignaba a abrirle la puerta. Unos pasos hacia abajo, toc, toc, toc. Al percatarse de quién era, la heroína contestó:

  • No confío en tu nombre, ése, es de traicioneros. Conozco a varias mujeres que pueden afirmar mi teoría. Sería mejor que fueras al registro civil, de otra manera tu destino va a ser obvio.

A lo que recibió por respuesta:

  • Mira, cabra chica, no estoy para tus juegos ahora. Ábreme.
  • Por favor.
  • Por favor.

Sin muchas ganas, Antonia dio vuelta la manilla de la puerta, y así fue cómo el hombre en cuestión fue el único en conocer su secreto antes de tiempo. No se escuchó nada durante hora y media, mas cuando su visita se alargaba a más de dos horas, la madre de Antonia pensó oír algo así como un llanto, aunque la verdad es que no se preocupó demasiado. Después, comenzaron gritos, cosa que a la ex suegra le recordó la igualmente ex relación tormentosa. Eso sí la asustó un poco. Por eso se decidió a acercarse a la pieza para escuchar.

  • ¡Egoísta! , eres un monstruo, Antonia. – Alcanzó a oír que le decía el hombre.
  • Sí, sí, todo lo que digas… pero ándate rápido de esta casa, no vuelvas nunca y llévate tu caja; si quieres tírala por ahí, quémala o lo que sea, porque a mí no me interesa. Y no, no soy un monstruo, o por lo menos esa no es la definición correcta. Mal intento. Acuérdate que algunos solían decirme Ma…
  • No me interesa. Realmente eres una mierda y quiero que eso te quede claro. Un mierda…
  • Sí, está claro. Soy rápida.

La madre de Antonia imaginó la cara que debería estar poniendo su hija, con los ojos bien abiertos y la mirada fría, técnica. Pensar eso le ocasionó un dolor en la mitad del pecho, así es que subió las escaleras y se fue a recostar. Sabía que la tormenta ya había pasado.

Pero el diálogo continuaba y él le terminaba por decir:

  • ¡Estás loca!… me da pena ver todo esto. Y veo sigues escribiendo estupideces. Ja, si supieras que no vas a llegar a ninguna parte, que estás perdiendo el tiempo.
  • Es cosa mía. El tiempo no lo pierdo porque es imposible; extraña afirmación la tuya. Y, mira, justamente, estaba escribiendo el final de este cuento, de tu historia. Lo último, antes de que salgas de esta casa y no vuelvas a pisar mi propiedad, va a ser saber tu final.
  • Hey, relájate, ya empezaste con tus instintos psicópatas, me voy…
  • Oye si no te voy a asesinar ni nada parecido, por el momento, no. Sólo quiero leerte tu final… y el mío… para qué estamos con dobleces…

El hombre se quedó tranquilo, ella tomó un papel recién impreso, lo miró a los ojos, casi como lo hacía cuando estaban juntos, y comenzó leyendo:

“…Me propuse ponerme a caminar sin mirar atrás, aunque me congeló la voz de Casandra que me preguntaba si lo amaba y que si así sucedía me podía quedar con él. “No lo amo”, le dije “Ya no sé qué amo”. Me hizo mirarla a los ojos y me susurró al oído: “Entonces deja de tomar papeles que no te pertenecen; vive de lo que es tuyo y no de lo que algún día lo fue”. La lluvia. Cada vez más fuerte y violenta. Supuse que eso era lo que algunos llamaban purificación. “¿Sabes?”, le respondí “Tu hijo hace un momento estaba muerto. Ahora ves que no es más que plena vida. Yo hace tiempo ando buscando algo como eso y no creo haber encontrado cosa tan llena de vitalidad y sin contradicciones. Quizás la lluvia sea lo menos parecido a la muerte. Tal vez.”. La mujer me regaló su última sonrisa y agregó: “Puedes irte”. Recordé a mi abuelo y me puse a caminar.”.

El tipo la quedó mirando como si no hubiera entendido ni una sola palabra. Miró su reloj y le dijo a Antonia que debía irse.

  • ¿Y no me vas a decir nada al respecto? – le preguntó ella.
  • Creo que ya estás lo suficientemente trastocada como para que yo te esté dando opiniones acerca de tus patologías. Lo único que puedo agregar es que no tienes vuelta atrás y que, como decía antes, no cabe duda de que eres una bazofia.
  • No has entendido nada.
  • Lo que pasa es que tú no te sabes comunicar. Siempre ha sido tu problema.
  • El verdadero obstáculo es que tú nunca has sabido leerme, no pones atención…
  • ¿Que no te sé leer?
  • A ver, un ejercicio, deletréame.
  • ¿Deletrearte? ¡Ya estás hablando estupideces!. Me voy de aquí…
  • No, espera, lo que pasa es que ya no sabes jugar. Te llegó el disfraz de joven adulto y ahora no sabes salirte de tu rol.
  • Sí, sí, sí. Ahora sácale la llave a la puerta por favor que quiero salir.
  • Bueno, está bien, en todo caso no te necesito para nada aquí dentro. Pero, lo último, déjame pedirte que te lleves los zapatos rojos.
  • ¿Para qué, crees que a mí me gusta vestirme de mina?
  • No, es simplemente que no los necesito. En realidad, no les tengo ningún cariño, me traen malos recuerdos y, como sé que tú no te vas a volver a aparecer por acá, me da un alivio saber que no los volveré a ver.
  • Mírate, lo dices así, fría, sin escrúpulos, matando, olvidando por capricho… me das pena… pero te odio tanto que no te tengo compasión.
  • ¿Me odias? ¿Y qué haces acá entonces?
  • Intentaba salvarte, eres una de las pocas personas que siento conocer tanto y pensaba que me ibas a escuchar, pero veo que tu intención de que desaparezca no tiene vuelta atrás.
  • Bueno, toma la bolsa con los zapatos – le dijo abriéndole la puerta-, te puedes ir.
  • Y no te quiero volver a ver nunca más.
  • Yo tampoco.
  • Estás maldita, mujer.
  • Es una posibilidad- le dijo cerrando la puerta tras de él.

III.

Tengo frío. Bajo mis pies, diarios esparcidos sobre el suelo. Los piso. Cruje. Y el congelamiento y la idea de que este hombre se acaba de ir. Que no vuelva más, Dios, que no vuelva. Soy mi territorio preferido, gran descubrimiento. Eso me relaja. Pero la incertidumbre está ahí, no me permite cerrar bien los párpados. Algo hay que hacer: ¿Mirar, acaso, lo que está escrito en el diario? Relájate, relájate. Mi territorio preferido, recuerda, yo soy, yo. Página C 11: “La (necesaria) vigencia del arte sagrado”. El paréntesis me ilumina: se acabó la historia. La máquina está lista y esta vez si que no voy a dar paso atrás. No. Voy a buscar un cuchillo a la cocina y final del cuento. Así de fácil. Sin llantos ni quejas. “Medea, Medea, Medea”, me repito. Máquina sin corazón. No, no, no. Nunca me quedó bien esa etiqueta. Renuncio. Pasos hacia arriba. La cocina y mi madre. Me mira con suspicacia. “No pasa nada, mamá”, le digo, “Un cuchillo. Sólo busco un cuchillo”. Cierro el cajón. “¿Y qué quería ese niño?”, me pregunta. “No sé”, le respondo. Abro la puerta para bajar hacia mi paz, pero me detiene algo. Parezco en pausa. Doy vuelta la cabeza y me percato de que se acerca mi papá. Algo hablan con mi madre. Vuelvo en mí. “Padres míos”, le digo, “los quiero mucho”. Me alegra el hecho que mi mamá esté distraída, así es que aprovecho la oportunidad para bajar rápidamente. Adentro de la pieza huele bien. Me siento a gusto. El dolor en la garganta ya va a pasar, lo sé, no podría ser de otra forma. Miro con orgullo mi máquina. La prendo y veo que todo empieza a suceder según lo dispuesto. “Todo es bueno”, me digo recordando algo que no sé bien de dónde lo saqué. Dejo el cuchillo sobre una mesa. Diez segundos, quince, veinte. Perfecto. Cuarenta, cincuenta, sesenta. Voilà. “Brindo por mi máquina, por lo que viene y por dejar de pensar”, digo alzando mis manos, “Donne ch´ avete intelleto de amore…”, agrego tomando posesión de las palabras pertenecientes al gran poeta. Agarro el cubierto afilado entre mis manos y corto la marraqueta con queso que acabo de calentar en mi nuevo invento casero. Se escucha la voz de mi madre que me grita preocupada: “¡¿Qué era ese ruido, Antonia, qué está pasando?!”. Abro la puerta y le pido que entre. “Tranquila, mamá, era mi microondas personal”. Se queda mirando sin saber cómo reaccionar. Finalmente, me toma la mano y me dice: “Y ¿en qué estabas pensando todo este tiempo, hija? ¿qué clase de trauma te produce ese tipo que te hace inventar estas locuras?”. La miro. Le sonrío. Me dan ganas de rascarme la cabeza, pero me abstengo.

IV.

Sin despegarse de la mano de su progenitora, Antonia le contestó: “Ninguno en absoluto. Y no pensaba en nada, excepto en mi marraqueta con queso”. Luego, le regaló una de aquellas sonrisas que parecían mueca; sin embargo, esta vez fue más plena. Y los ojos, los ojos permanecieron en su lugar, no se desorbitaron, aunque denotaban ganas de jugar. Tendrían tiempo para aquello luego, sin lugar a dudas.

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