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¿Cómo es ser una mujer ideal?

RETRATO-MUJER

¿Cómo es ser una mujer ideal? ¿No será que tenemos que preguntarnos primero respecto a qué? Nos sumergimos hoy en un mar de imágenes fragmentadas que nos promueven cómo deberíamos ser las mujeres. Un retoque por aquí y otro por acá, gracias a Dios que Photoshop existe y sigamos adelante.

Vamos chequeando: Cuerpo trabajado, carrera en desarrollo, siempre subiendo obviamente, hijo(s) para completar el esquema “plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo”. Así es la mujer, como se dice una y otra vez hoy en día, “empoderada”. Y de empoderados parece ser el reino de los cielos: Mujeres, estudiantes, trabajadores, niños, animales, hombres… ¿En qué momento se empezó a tratar todo acerca de ponerle el pie encima al otro?

Trato de seleccionar a una mujer que sea ejemplo de vida a los ojos de Dios, pero se me vienen tantas a la cabeza que se agolpan y no sé por cuál decidirme. Puedo nombrar algunas de mis favoritas: Santa Teresita de Lisieux, la mismísima Virgen María, Santa Teresa de los Andes, Santa Teresa de Ávila, Santa Clara de Asís, Santa Hildegarda, Santa Faustina, la escritora Flannery O´connor… pero temo que al quedarme con una sola pierda una de esas tantas cualidades que las adornan.

Sospecho también que si tratara de describir a la mujer ideal enumerando las cualidades de cada una, a modo de hacer una mujer modelo de laboratorio, el resultado sería yo imitando a Mary Shelley cuando creó Frankestein. No quisiera ser injusta ni crear un engendro. Tampoco soy dada a las artes manuales, por lo que aseguro que no podría urdir una buena criatura. Lo que sí puedo hacer es compartir las luces que a mi me guían para entender esto de la feminidad a los ojos de Dios.

Cuando dicto clases de Literatura siempre les he hablado a mis alumnos sobre el camino del héroe, inspirándome especialmente en la obra “El viaje del escritor” de Christopher Vogler. En ella se nos describe el periplo estándar de todo héroe que se puede ver en películas y obras de distinto formato. Y cómo podemos observar al protagonista (no tiene por qué ser una héroe de capa, puede ser incluso un animal o un simple mortal) pasar de su mundo ordinario al ficticio, recibir la llamada a la aventura, rechazarla muchas veces por sentirse incapaz y luego aceptar y pasar a todas las etapas posteriores que lo llevan, de alguna y otra manera, a terminar la hazaña fortalecido y triunfador.

Esta fórmula es la que a nosotros, espectadores y lectores, lograría atraparnos. Es también la que supuestamente permitiría que una obra “funcione”, es decir, tenga éxito. Sospechando que cualquiera de nosotras puede ser uno de estos héroes llamados a la empresa más descabellada que pueda existir, nos situamos en el planeta Tierra siendo mujeres, madres, hermanas, tías, abuelas, etcétera, sorprendidas por una vocación, un llamado a la aventura, que a veces llega como convidado de piedra.

Este llamado a la aventura nos saca de nuestro mundo común y corriente y nos invita a recorrer caminos que nunca han sido transitados, porque son todos distintos y vírgenes. Son caminos que se pueden describir de boca a boca, de generación a generación, pero las rutas y los itinerarios van mutando misteriosamente. ¿Escalofriante? Muchas veces. Ante este escenario es normal haber querido quedarse en la comodidad del mundo común. Pero algo nos hace dar el paso de querer llevar a cabo la empresa desquiciada. Y ese algo es lo que cada una tiene que descubrir.

Cuando escribo estas líneas no puedo dejar de pensar en mujeres de mi vida: Mi madre, mi hermana, mi suegra, cuñadas, mis abuelas, mis amigas. Cada una de ellas tiene historias particulares y podría escribir una novela con sus historias. Todas notables con sus sellos. ¡Qué difícil les fue tejer esa trama que las constituye! Pero creo que a ninguna de ellas les gustaría que hablara de sus intimidades, por lo que eso de “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” tampoco va a funcionar. En todo caso, de algún u otro modo, querámoslo o no, uno siempre termina escribiendo desde uno mismo, y esto también significa acerca de su entorno.

Me perdonará J.R.R. Tolkien al utilizar una frase de la película basada en su obra “El Hobbit”, que corresponde al momento en que la hechicera elfa Galadriel le pregunta a Gandalf por qué ha elegido al hobbit Bilbo Bolsón para ir a una aventura que parece ser mucho para él. Gandalf le responde: “Yo he descubierto que son las cosas pequeñas de las acciones diarias de las personas ordinarias lo que mantiene a raya a la oscuridad. Actos simples de amabilidad y amor.”

Creo que todos somos un poco Bilbos, con nuestros apegos, comodidades, baja estatura física y moral, pero tenemos vocación de aventura. Santa Teresa de Ávila lo intuyó de manera hermosa al hablar de nuestros castillos interiores, de las moradas, del laberinto al que nos tendremos que enfrentar, porque no todas estamos llamadas a la vida activa, vaya qué necesidad tenemos de la vida contemplativa que nos sostiene como Iglesia en base a sus oraciones y ayuda espiritual.

Cada cual en su llamada, que decíamos puede ser muy disparatada, pero seguramente al final nos hará sentido, como si se tratara de un plan trazado desde la eternidad para el bien de todos, encandilándonos en la meta con la felicidad. Qué necesidad de hacernos conscientes del tiempo que nos queda para poder ser armonía en un mundo chiflado.

Somos combinación de sonidos acordes en la alegría y contenemos en los momentos oscuros. Como cualquier orquesta contamos con varias familias de instrumentos musicales: laicas, consagradas, religiosas, casadas, solteras, etcétera. La obra que será ejecutada depende de todas, de cada una individualmente.

¿Cómo saber cuál instrumento será cada una? ¿Qué le toca a cada una? San Ignacio de Loyola hablaba del “discernimiento de espíritus” en relación a este tema. Saber cuál es la voluntad de Dios y dónde tengo que estar en la Tierra signifca tener en cuenta para qué fuimos creados los humanos, nuestros fines que, como asegura San Ignacio, son alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar (nuestra) ánima.

Entendemos con esto que no hay fórmulas, que tenemos que partir de nuestra libertad, porque Dios nunca nos va a obligar. Pero lo que sí sabemos es que si hacemos un consciente discernimiento, sea lo que sea que decidamos, tendremos que aventurarnos por un camino que nos realizará como personas y que nos completará en el Amor.

Un camino que no siempre será cuantificable y de producción visible, no siempre seremos aplaudidas por el mundo. ¡Si llega el éxito, excelente! Aunque algunas veces el mundo dejará espacio para nuestros talentos, habrá también veces en que sentiremos que nos están poniendo a prueba, pero una prueba dulce porque, tomando en cuenta a dónde nos dirigimos, sabemos que tenemos el triunfo asegurado.

Gabriela Mistral lo dejó por escrito con maestría: “Tengo un día. Si lo sé aprovechar, tengo un tesoro”. Y es justo en este día rutinario cuando podemos estar recibiendo nuestra llamada a la aventura. Con capa o sin ella. Empoderadas en la aventura, por supuesto.

© 2017 – Magdalena Palacios Bianchi para el Centro de Estudios Católicos – CEC

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VII. 1985.

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Miguel Blanco llevaba de la mano a Ana, su señora, quien por ese tiempo andaba por los seis meses de gestación de la que sería su segunda hija. Tenían cita con el doctor, la ecografía de rigor. “Qué panza más linda”, no se cansaba de repetir Miguel, “qué belleza mis dos mujeres”. José los acompañaba y se sabía rey entre toda esa función. Lo ilusionaba mucho eso de tener una hermana y de ser llamado el mayor.

Cuando llegaron a la consulta del médico, Ana estaba algo preocupada e inquieta. Esa panza efectivamente tan linda le pesaba, estaba cansada y veía un buen trecho por venir en el embarazo. Con José todo había sido normal. En cambio, con su nueva hija se la había pasado vomitando desde el día en que supo que había concebido. A José le encantaba ir a ver en la que llamaba “tele rara” a su hermana. Escuchar su corazón era mágico. Sentía que la espiaba y a sus dos añitos sabía imitar perfectamente el sonido que hacía el corazón en el ecógrafo. Pero ese día el ruido fue distinto.

Ana se recostó. El médico puso el gel sobre su abdomen y lentamente pasó el instrumento que los ayudó a ver a la hija y hermana especialmente tranquila y serena. José ladeó su cabeza para ver mejor la imagen y saludó con su mano. El médico puso cara de preocupación y, habiéndose dado cuenta de esto, Miguel y su señora, también. Ana recordaría para siempre la sensación de no sentir su propio corazón por haber perdido el de su hija. “Pom pom crac”, juró escuchar José. Su hermana los había dejado prematuramente y sin explicación. Pom pom crac, mamá. Pom pom crac, papá.

Ese día fue un antes y un después. Desde esa fecha el juez Miguel Blanco supo que existía el Infierno y el Cielo. En ese orden. Eso, en parte, le dio el valor. Lo puso bravo. Aguerrido. Vivo. Temerario. No había tiempo que perder. No había mucho de qué hablar. Habían prioridades, sí, y sitios a los que había que tratar de llegar.

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IV. Ese jueves mientras regaba la orquídea.

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Resumiré en una corta frase, lo que a nosotros nos tardó cuatro horas entender y de por medio, muchas tazas de café.

Según Pedro, el antes nuestro sospechoso, Miguel fue asesinado luego que descubriera la verdad en torno a una investigación secreta que lo había mantenido absorto durante mucho tiempo. “Don Miguel sabía que si descubría la verdad de todo eso, moriría, pero no le importaba”, afirmó.

Todo lo demás que pueda decir de aquella conversación se define entre hipótesis, teorías, y recuerdos, pero nada nuevo que pudiera esclarecer en algo lo que nosotros ya sospechábamos.

Seis días pasaron desde que conocimos a los que se transformaron en nuestros colaboradores: Pedro y Jenny, su mujer, hasta ese jueves. Ese día, después de terminar un cuento que debía entregar a la editorial, estaba lista para irme a casa de José, como lo había hecho durante todo ese tiempo, cuando recibo un mensaje en mi teléfono que decía: “No vengas, no estoy en casa”. De inmediato le respondí: “¿Cómo vas, todo bien?”. “Claro que sí. Todo bajo control”, escribió al instante.

No quise insistir para que no sintiera la presión de tener que soportarme y luego decidiera que sería mejor que lo dejara solo en su búsqueda. No. Por ningún motivo me hubiese arriesgado a quedar marginada de todo esto, así que el mensajeo terminó en un, “Ok”.

Mi naturaleza de mujer hizo que de inmediato comenzara a pasarme mil y una películas por la mente. Historias como: que había descubierto la verdad y prefería no contarme. O que los asesinos lo habían secuestrado y estaban a punto de matarlo, no si antes torturarlo, por supuesto. O, por qué no, quizás tenía algún romance o relación con alguien y pese a que lo nuestro había acabado hacía mucho, era mejor que yo no supiera y así evitar malos entendidos. En fin, traté de ser más racional y en mi afán de olvidar todas esas tonterías, decidí regar las plantas. Mientras regaba la orquídea, me puse a pensar qué habría pasado con el teléfono de Miguel. Cómo era posible no haber pensado que tal vez ahí estaba la verdad, o por lo menos algo que pudiera ayudarnos a descubrirla. Llamé a José para decirle lo que se me había ocurrido, pero respondió la grabadora. Luego, le envié un mensaje de texto, diciéndole que necesitaba hablarle, pero no me respondió. Esperé creo que quince eternos minutos y sin pensarlo tomé mi cartera y llaves para ir a su casa.

Justo en la esquina antes de llegar, mientras me detenía en un disco pare, vi que había un par de luces de la casa que estaban encendidas y una moto frente de la puerta. No sé si fue por miedo o qué, pero decidí estacionar fuera de la casa de al lado. Dudé si tocaba o no el timbre, de todas maneras tenía las llaves que José me dio cuando todo esto comenzó. Decidí entrar.

No había puesto el segundo pie dentro la casa, cuando enseguida reconocí la risa de José y la de alguien más. Me extrañó pensar que pudiera estar de tal humor porque hacía mucho que no lo veía así. Sin dudarlo dos veces, casi medio gritando le dije: “¡José, José, permiso!”.

Creo que no tardó más de un segundo en aparecer. Su cara estaba desfigurada y sus ojos, como tantas otras veces, me asustaban.

“¿Qué haces aquí?”, me preguntó. Te pedí que no vinieras, dijo agresivo.

Por un momento, que juro solo duró un respiro, pensé que toda esta situación no era normal, algo pasaba, así que debía actuar con naturalidad.

Mirándolo a los ojos, dije lo primero que se me vino a la mente: “José, sabes que soy un desastre. Olvidé pagar la cuenta de la luz, así que no tendré electricidad hasta mañana”, le dije. “Y como tengo las llaves y pensé que no estarías, decidí venir. Pero si estás ocupado, me voy”, dije mirándolo con naturalidad.

Estaba muy inquieto: “Espérame en el living” me dijo. Dando media vuelta, retrocedió y agregó: “Quédate ahí hasta que yo venga”.Y se fue.

Eso es todo lo que recuerdo de ese jueves, o más bien de esa noche. De lo demás, no tengo idea.

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Las propuestas iniciales.

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Otro ejercicio interesante al momento de practicar la escritura creativa es utilizar ciertos juegos como los dados Rory’s Story Cubes. Estos nos permiten forzar la pluma hacia ciertas situaciones o personajes que no necesariamente estaban dentro de nuestros itinerarios. Practicamos así el método (sin dejar el goce de lado) y nos permitimos poner en pausa la pura inspiración. Este fue el segundo ejercicio que realizamos en el taller, basándonos en las historias que la mayoría ya tenía en mente. La idea era tirar el dado cuantas veces quisieran y así ir hilando nuevas ideas, personajes y situaciones que podrían componer lo que va a ser el gran cuento final. Creo que fue una experiencia motivadora para todos, incluyéndome. Lo que podrán encontrar acá son algunas de las propuestas que nos ayudaron a crear los Rory’s Story Cubes.

“Descubrió que la clave para el control del viento residía, principalmente, en el control de sus emociones. Si estaba alegre, soplaba una suave brisa y no había problemas; pero, si se enfurecía, se podía desatar un vendaval del que no tenía control. Por lo tanto, debía mantener un fuerte dominio sobre sus emociones de manera que no fueran ellas quienes mandaran, sino ella (nombre)”.
“La tristeza al saber la muerte de su mejor amiga la invadió. Sabía que no debía perder el control de ella misma, pero, francamente, no le importaba. La pena la consumía, pero ni una lágrima cayó de sus ojos. El viento desapareció; no fue como si dejara de soplar, sino que simplemente no estaba, se había formado un vacío en el aire. Vacío que la gente sentía ya que, repentinamente, les costaba respirar. Se ahogaban de la misma manera en que ella se ahogaba en su dolor”.
“Conocía el nombre de su asesino. Supo su nombre y todo se volvió negro. La ira tomó control de su cuerpo y dio forma al viento. Jamás nadie había visto tal vendaval. Los árboles eran arrancados de raíz, los tejados de las casas se desprendían y la gente debía aferrarse de donde podía (lo que no era mucho). Todo lo arrancado giraba alrededor de ella, al compás de su pelo también descontrolado. Nada ni nadie podía calmarla. El asesino no tenía escapatoria”.
“Sólo él podía calmarla. No podía acercarse mucho, pero ponía todo su esfuerzo en avanzar y hacerse oír por sobre el ruido. Él era el único que conocía su poder por asistir, desgraciadamente, a la primera manifestación de éste (no es buena idea hacerla enojar). Ya estaba cerca. Ya casi podía tocarla. La tomó de la mano y la giró. Sentía su ira y casi retrocedió. Sin embargo, la abrazó, le dio un beso en la frente y susurró: “tranquila…” El viento amainó bruscamente. Su pelo cayó con suavidad sobre su cara y lo miró. Y lloró”.
Trinidad Barriga Cruzat.
El dios del trueno.
Todo era más simple cuando los vikingos aún poblaban la tierra. Nuestro consistía, solamente, en proteger a los humanos de los gigantes. Pero luego llego el romano, el hombre civilizado que arraso con los bosques para construir sus ciudades.  Aquel hombre que aprisionaba los campos con adoquines para adornar su incapacidad de dar brote a un nuevo pensamiento. Para los hombres pasaron muchos años, y con el paso de estos fueron olvidándose de nosotros, ahora no somos más que una historia que se les cuenta a los niños. Ya no saben distinguir si venimos de Grecia o Britania. Somos sólo ficción. Mi nombre es Loki, dios del engaño y las travesuras. ¿Cómo pueden creer lo que voy a contar si soy el dios del engaño? Bueno, no lo hagan, soy un simple mensajero del legado de mi hermano y quiero traspasárselo a ustedes. Aún recuerdo la primera vez que vimos a Emer. Thor y yo queríamos visitar Midgar, pero Odín no lo permitía. Por esto decidimos escabullirnos por uno de mis pasadizos para salir de Asgard. El problema fue que, al no ser como el Bifrost, nos dejó en una zona que desconocíamos, una pequeña ciudad en la isla llamada Irlanda. El paisaje deslumbró nuestros ojos, la vegetación era impresionante, una manta verde cubría las colinas mientras lagrimas del cielo mojaban nuestros rostros. Sin embargo lo más hermoso era ella, una joven caminaba bordeando el río. De pronto la orilla se derrumbó y ella comenzó a caer, Thor se precipitó a rescatarla y logró sacarla del río antes de que se ahogara. ¡Por Frejya! Ella era preciosa.  Una cabellera negra azabache enmarcaba su cara, de nariz pequeña y tez blanca; labios brillantes, pero desgastados por el implacable clima de esa región; su silueta era sencilla y bien definida, de estatura pequeña. Lo más perfecto eran sus ojos, ojos de un verde escarlata que reflejaban a la perfección el color del paisaje. Thor la despertó suavemente, ¡que ganas de haber sido yo quien la rescató! Creo que fue amor a primera vista, mi hermano la conquisto con su caballerosidad y melena dorada, sus penetrantes ojos azules marcados por una estrella en la iris fueron los que le robaron el corazón a la mortal.
Carlos Rodríguez Hurtado.

  Cuando se murió mi bisabuela. Recuerdo pocas cosas, pisos de madera, en el patio un parrón, quizá, que ya no daba uvas, porque parece que todo en esa casa se iba muriendo. Tenía 5 años y  estaba con mi hermano Claudio, mi hermana Filomena y mis primos Jorge y Diego. Jugábamos debajo del parrón y yo vestía un trajecito de lo más ridículo, el traje sumado al calor de esa tarde de verano, hacía que me picara todo el cuerpo. De pronto nos llamaron adentro de la casa, para celebrar una misa por mi bisabuela. Siempre me llamaba la atención que hubiesen tantos señores, en estas cosas familiares,  que te demostraran tanto cariño sin que me conocieran realmente. Yo jamás había hecho nada por ellos y aun así me daban besos y me decían que estaba grande, que por lo demás, yo sabía que no era cierto. Muchos me dijeron que me habían conocido de guagua y eso me dio vergüenza, se supone que solo mi mama me debió de conocer de chico. El hecho de que gente extraña me hubiese visto quizá desnudo, aprovechándose de mi inconciencia de recién nacido me resultaba sumamente inquietante y hacia que me picara aún más el cuerpo. Durante la misa moleste a mi mamá sacándome los mocos, ella me pegaba en la mano cada vez que la metía en mi nariz. Este es un favor que le hago a veces a mí mama, porque después le cuenta a sus amigas que Alfonso esto, Alfonso lo otro y se ríen a carcajadas de las cosas que hace uno. Es para que haga cosas de mama y  se sienta orgullosa de ello. Después de la misa, nos llamaron a todos los primos porque nos tenían una sorpresa. En el segundo piso, lugar al que jamás habría tenido la osadía de subir solo, había una mesa. En esta mesa habían repartidos, cientos de cosas, lapiceras, relojes, cadenas, fotos, adornos, etc. La idea era que cuando contaran tres, cada uno sacara lo que le gustase. Como yo era pequeño, cuando comenzó la repartija no pude sacar nada, asique mi papá saco una cortapluma para mí y me la dio. En un principio no le di mucha importancia a la cortapluma.

J. Agustín Silva Alcalde.

  Cuando desperté vi algo raro en mi cama; yo no recuerdo haberme acostado en este lugar. Y esta camisa ¿Cuándo me la puse?  Me tiene los brazos entumidos. – ¡Ana!  ¡Ana ven aquí por favor!                                                                                                                                               – Silencio don Juan que va a despertar a los demás.                                                                                                                    – ¿Qué demás? ¿Quién es usted? ¿Dónde está Ana? ¡Ana!                                                                                                    – Cállese, que está en un hospital -le dice la enfermera en tono firme y casi susurrando.                                                                                                                                                                                        – ¿Quién es usted? ¿Por qué me hace callar?                                                                                                                               – Soy la enfermera que esta a cargo de usted, y le hago callar porque no se puede gritar en un hospital. ¿Por qué estaré en un hospital? ¿Habré tomado tanto anoche que  no me acuerdo de nada? pero ayer fue lunes, yo no tomo en días de semana. – ¡¿Qué está haciendo?!                                                                                                                                                                    – Le pongo una inyección para que se tranquilice. Eran las seis de la tarde, ya había pasado un mes desde que Juan está internado; Ana está en el pasillo, siempre atenta a lo que pasa, es que aún no puede creer lo que sucedió. -¿que pasó? hasta acá se escuchaban los gritos de Juan, ¿se va a mejorar?                                                                        -no creo, ya es quinta vez que se levanta pensando que está en su casa, no entiendo por qué no muestra mejoría, pero ya lo sabrá el medico con los exámenes.                                                                                         -espero que se mejore, no se qué haría sin él. “Más de lo que haría con él” pensaba la enfermera, riéndose por dentro pero mostrando compasión en el rostro. 2 de Febrero Cuando Ana miró dormir a  Juan se veía preocupada, en verdad necesitaba saber qué le pasaba a su marido; en treinta años de casados jamás había dado muestra de alguna enfermedad; ‘’ ¡es que él era muy sano, no es posible que de repente haya perdido así la cordura! ’’ Pensaba con angustia. -Ana, ¿Qué haces mirándome así?                                                                                                                                                            -¡Juan! ¡Estas despierto!                                                                                                                                                                               -¿En qué lo notaste?                                                                                                                                                                                      -sigues con el mismo humor de siempre.                                                                                                                                             -¿A qué te refieres?                                                                                                                                                                                    -¿No te acuerdas de nada?                                                                                                                                                                                  -claro que acuerdo de todo; ayer cenamos juntos como siempre, y luego de fumarme cigarrillo me acosté, y ahora me miras como si mil cosas hubieran pasado en una noche.                                                                                                                                                                                               – ¡Es que un mes entero ha pasado desde esa noche! -le dice con desesperación.                                                                                                            -¡como se te ocurre semejante cosa!  ¿Dices que he perdido un mes de mi vida sin saberlo?                                                          -¿es  que acaso no te das cuenta de donde estás? , esta no es la casa, en la noche de la que me hablabas, luego de cenar te desmayaste y llamé a la ambulancia para que te fueran a buscar, y ahora despiertas pensando que estas en la casa, y que solo a pasado una noche.                                                             -no es posible, y ¿Por Que me habrá pasado eso?                                                                                                                        -eso es lo que está averiguando el médico                                                                                                                                      -pues anda a ver  lo que sucede y después me cuentas. Ya son las doce y media de la tarde y Ana se encuentra con el médico para preguntarle acerca de los exámenes, prestando atención a cada detalle de lo que le dice.                                                                                           – ¿Que tiene mi esposo doctor?                                                                                                                                                                     -los exámenes no muestran algún daño cerebral, por algún motivo que desconozco no puede guardar los nuevos eventos en su memoria y por eso despierta siempre pensando que es el mismo día                                                                                                                                                                                               – ¿Qué podemos hacer?                                                                                                                                                                                        -lo más conveniente es que evaluemos cómo va evolucionando su situación, esperando que pueda retener en su memoria todo lo que ocurrió en el día y despertar al día siguiente con la capacidad de recordarlo.                                                                                                                                                                                                                   -iré a decirle lo que le ocurre, para que pueda hacer un esfuerzo para no olvidar las cosas que pasan.                                                                                                                                                                                                             -creo que lo más conveniente sería no decirle nada, para no  hacer trabajar más su mente y así no nos arriesgamos a un problema mayor.                                                                                                                                               -tiene razón…                                                                                                                                                                                                                 -y es mejor que usted vaya a distraerse a algún lado, para que no le afecte demasiado.                                                                                                                                                                                                   -sí, lo más conveniente seria irme unos días con mi hermana, para despejarme un poco. 3 de febrero                                                                                                                                                                                                                 ¿Qué hago aquí? Quizá qué porquería habré hecho. Mejor me voy antes de que me encuentren.  ¿Cómo podré irme sin que se den cuenta?, abriré la puerta para ver si hay alguien, ¿será esa mujer una enfermera? Aprovecharé que entró al baño para irme. Al salir a la calle, don Juan se sube a un taxi sin darse cuenta de que llevaba puesto el camisón del hospital. -Buenos días -Buen día, ¿A dónde lo llevo? -Lléveme a Av. Grecia por favor. -Bueno… ¿y ese camisón? Si parece que viene de una operación-le dice el taxista con tono burlesco. -Es que estaba en curaciones, pero me dio miedo y me arranqué así no más. Luego; cuando  Juan llegó a su casa, se dio cuenta de que no tenía las llaves para entrar, por lo que decidió entrar por la ventana que siempre permanecía abierta por la claustrofobia de Ana. Una vez  que logró entrar comenzó a vestirse, al  salir no sabía que hacer puesto que era ya muy tarde para ir a su puesto de trabajo, así que decidió ir a tomar un café en el restaurante   que le quedaba más cerca y al cual iba de vez en cuando. -Hola, me puede servir un café por favor. -¿Lo quiere con o sin crema? -Con crema por favor. ¿Y en que momento se dejó crecer el  pelo este otro?, si les sale de un día para otro, y uno que cada día va quedando más pelado. -Gracias ¿Por qué habré despertado en un hospital?, es muy raro. Al momento en que se tomó el café pidió la cuenta para irse a caminar por la calle. Ya eran las nueve de la noche cuando Juan decidió volver a su casa para dormir, en el momento en que se da cuenta que no sacó las llaves, y que tendría que entrar de nuevo por la ventana; estaba en eso cuando una patrulla que estaba pasando por el lugar se da cuenta de que estaba intentando entrar a la casa por la ventana, no tenía cómo justificarse, puesto que tampoco tenia sus documentos, así que lo llevaron detenido. 4 de Febrero Cuando don Juan despertó en el calabozo estaba desesperado,  no entendía como podía haber llegado hasta ahí mientras dormía. ¿En qué momento llegué aquí?,  me acuesto a dormir tranquilo con mi esposa y despierto con este pelafustán en una celda, quizá en que me habrá metido, y yo ni lo conozco. -¿Tu sabes por qué estoy acá? -según me contaste anoche por que te estabas metiendo a tu casa -dice burlándose el compañero de celda. ¿Éste está loco?, cómo me van a llevar preso por entrar a mi casa, y encima de todo que se lo dije anoche, ¿creerá que soy imbécil? claro que si le digo algo quizá qué cosa me hace. -¿y crees que estemos mucho tiempo aquí? -no, si aquí nos sueltan rápido, siempre es lo mismo, te hacen perder una noche, y después con suerte firmas una vez a la semana. – ¡Ya! Paren de cuchichear, se tienen que ir por falta de cargos, y espero no volver a pillarlos de nuevo. -entendido – respondieron al unísono. En el hospital todo era confusión, no podían entender cómo se les podía escapar una persona en ese estado, la enfermera que tenía a don Juan a su cargo estaba vuelta loca, ¿Cómo explicaría lo que pasó? ¿Cómo puede irse un paciente sin que nadie se diera cuenta? Don Juan, al no poder comprender lo que estaba sucediendo decidió ir a tomar algo por ahí; cualquier cosa servía para distraer su mente de esa interrogante que lo estaba matando. ¿Cómo fui a parar de mi cama a una comisaría?, de la cama al refrigerador puede ser, ya me ha pasado muchas veces, pero de la cama a la comisaría, ¡imposible!

Ismael Sánchez.

Cuatro personas aceptan voluntariamente viajar al fin del Universo para descubrir lo que allí se esconde. Es un viaje sin retorno y, por lo tanto, muy significativo y personal para los tripulantes, los cuales sufrirán las consecuencias de estar tan lejos de sus hogares y de la civilización.
Felipe Stark.
Dos niños, un hombre y una mujer entre diez y doce años, se juntan un día para ir a la casa abandonada que se encuentra en la esquina de su calle. El cuento transcurre en la inspección de esta casa a la que van y según las cosas que ven y se encuentran dentro de ella se imaginan lo que pudo haber pasado allí, las personas que la habitaron, las cosas que pudieron ocurrir…
Es un cuento principal dividido en dos relatos paralelos: lo que ocurre en la imaginación de los niños, cada uno por separado porque imaginan cosas diferentes, contado a modo de relato, no sólo imágenes estáticas.
Magdalena Navarro.
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Primer Festival de Cine Juan Pablo II

La primera edición del Festival del Cine Juan Pablo II, inspirado en los ideales del recordado Pontífice de utilizar el arte para promover la fe, se llevará a cabo  en Miami (Estados Unidos) durante el fin de semana del 30 de octubre al 1º de noviembre de 2009, anunciaron esta semana los organizadores de la novedosa iniciativa.

El Festival “tiene el compromiso de mostrar películas de alta calidad, hechas por cineastas de todo el mundo que ilustren la fuerza de la fe en los momentos de crisis de la persona humana y que enfaticen la belleza, la lucha y los triunfos de la vida diaria”, señalaron los organizadores. Laura Alvarado, Co-directora y Coordinadora del Evento, explicó además que “este festival, el festival de la gente, presentará películas que promuevan el amor, la dignidad humana, el respeto, el perdón, la compasión, y todos los momentos críticos y tribulaciones que ponen a prueba al cuerpo y espíritu del ser humano”.

“La diversidad cultural y religiosa que ofrece Miami es el campo más fértil para darle vida a este festival interreligioso. Con su belleza geográfica y su clima envidiable, Miami es el lugar ideal para reunir a los cineastas de la fe”, señala por su parte Rafael Anrrich, Co-Director del Festival y Director de Comunicaciones.

El Festival Internacional de Cine Juan Pablo II está aceptando el envío de películas en las categorías de largometrajes, cortometrajes y documentales hasta el 15 de agosto.

Todos las películas serán juzgadas de acuerdo a la expresión artística de Juan Pablo II, quien sostenía que “…a través de su creatividad artística, el hombre se asemeja más que nunca a la `imagen de Dios”.

Más información: www.jp2filmfestival.com

FUENTE: aciprensa en http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=26344

Nadie mejor que vosotros, artistas, geniales constructores de belleza, puede intuir algo del pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos. Un eco de aquel sentimiento se ha reflejado infinitas veces en la mirada con que vosotros, al igual que los artistas de todos los tiempos, atraídos por el asombro del ancestral poder de los sonidos y de las palabras, de los colores y de las formas, habéis admirado la obra de vuestra inspiración, descubriendo en ella como la resonancia de aquel misterio de la creación a la que Dios, único creador de todas las cosas, ha querido en cierto modo asociaros. (Juan Pablo II, Carta a los artistas, 1999)

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Siete Almas: poca alma para tanto número

Me atrevería a decir que Siete Almas es el ejemplo concreto de una película con demasiada teoría detrás. Una muestra que nos asegura que nos quedamos impotentes cuando tenemos que llevar a algo tan práctico como el cine un sinfín de ideas que tenemos ansiosas de explicar, o por qué no, de adoctrinar al mundo. Dejando de lado el hecho de que Will Smith ha crecido mucho como actor y que el papel que desarrolla en esta obra lo hace de magistral manera, no podemos dejar de observar la cinta como un todo y, por eso, criticarla. ¿Qué pasa con Siete Almas? De partida pretende ser una historia acerca de la redención, de la entrega, caridad, de una insospechada donación al prójimo; sin embargo, deja un gusto amargo y varios cabos sueltos. La película no es lo que pretende ser. O su mensaje es demasiado intrincado o lo que se estaba pensando en primera instancia estaba mal formulado. Quizás se quedaron en las buenas intensiones y faltó un par de personas con menos academicismo y más sentido común en el grupo de producción. Me duele sospechar que esta cinta está teñida de cienciología, religión que se ha colado irreparablemente en Hollywood y sus principales exponentes. Si es así, me es coherente el desarrollo de esta cinta. Prefiero no hablar más sobre ella ni referirme a la trama para así no generar una lectura demasiado personal que pueda nublar una sincera apreciación estética por parte del que quiera verla. Urge revisar Siete Almas con una mirada crítica. Que nadie nos diga qué debemos pensar o cómo solucinar las cosas. Eso dejémoselo a los libros de auto ayuda, no al cine. Éste no nos regala ninguna fórmula mágica y sólo debe cautivarnos por su plenitud intrínseca. El arte, recordemos, no es esclavo de nadie, sólo de la Belleza.

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Jueves

Boissevain for Womens Suffrage, 1913. Library of Congress, Prints and Photographs Collections.

Boissevain for Women's Suffrage, 1913. Library of Congress, Prints and Photographs Collections.

Para Carlota el mundo era un redondo y perfecto jueves. A veces la vida tenía sus fenómenos extraños, que últimamente sucedían cada vez más seguido, pero todo estaba en orden en ese pequeño, ritual y único jueves. Claro que el día de Júpiter tenía vueltos locos a todos los familiares que vivían con ella. Ningún psiquiatra había podido explicar por qué esta anciana mujer estaba segura que, fuese el día que fuese en que le preguntaban en qué fecha estaban, ella decía que no sabía el número, pero que sin duda era jueves. Claro, demencia senil decía el neurólogo, ahí está, pensaban los familiares, ahora entendemos todo. Con razón.
Carlota añoraba su casa de casada en donde tenía todas sus cositas. Se preguntaba si esta Navidad podría pasarla allá, recordando cómo su difunto esposo se ponía cada vez más dulce en su agonía. Recién a esa edad le había empezado a gustar la idea de estar casada, aunque su esposo estuviera gravemente enfermo, todo cobraba sentido. El día en que Carlos, su marido, expiró, le había preguntado por lo menos diez veces qué día era. Carlota se había enojado y le había dicho que hasta cuándo le preguntaba lo mismo. Para que se dejara de repeticiones, le había puesto una hoja escrita al frente de él en donde se leía con color rojo: “Hoy es jueves”. Ese mismo día Carlos abrió los ojos, ya sin fuerza, preocupado, angustiado por el hecho de que su Carlota lo podría olvidar. Lo último que leyó antes de morir fue que ese día era el cuarto de la semana. Era un jueves común y corriente que nadie recordaría sin esfuerzo, excepto ella.

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