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And death shall have no dominion

Ellos compartían cierta imagen: una sala a media luz, una mesa central con un par de vasos, un sofá. Un ambiente casi británico como los que se asomaban cuando podían atisbar ciertas casas de preferencia personal. En parte, la fina selección de sus lugares idílicos: la sombra generosa, el sol a veces necesario, esa oscura mesa central que está de acuerdo con cada cosa que dice la música de la radio fetiche. Los vasos, reflejando con limpieza la luz que podrían recibir, mostrando lo mucho que han sostenido. El piso un tanto desnivelado que parece tragarse el sofá verde. Sofá voraz, glotón. A veces, libros sobre la mesa, otras, vasos sobre los libros.
Incluso en las imaginaciones ellos podían sentir el ruido que produciría la calle, sonido que adormecería, en parte, la radio. En fin, la imagen (en rigor) de la paz, anunciadora de que todo estaba bien, de que estaban en el lugar correcto y que no había motivo alguno para cambiar de rumbo.

Fotos: Postal del Día / Edición: A.Chamy | Foto propiedad de El Mercurio 07/06/2008

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Insectos

Déjame que te escriba acerca de esos bichos infestos. De la Iglesia que se caía con el terremoto y nadie corría, yo que tomo de un brazo a mi amiga Francisca y le digo «Ponte debajo de este dintel, acá vas a estar segura. Eso siempre me decía mi papá cuando yo era chica». Y que no, el dintel tenía vidrios, corre hacia afuera Fran. Ponte debajo de este inmenso árbol. Acaba de llover, caen algunas gotas, pero mira qué lindo se ve el sol entre las ramas del árbol. Déjame contarte que me caían pequeñas gotas en la cara. Todo era más claro y fresco afuera. Déjame contarte que no me acordaba que a la niña le habían tenido que sacar el corazón cuando su mamá se había embarazado. Luego de ver hacia el lado veía a mi amiga Francisca con un ex pololo con terminación de ángel -el, no muñones de ala ni nada de eso. Ironía. Un beso. Uno simple, pero complejo. Uno llorando sangre. Uno inocente. Uno abierto. Uno ácido. Uno cálido. Uno asesino de vida. Uno. Uno que me trajo a la cabeza que te había dejado adentro de la Iglesia y que poco me había importado. Mierda, lo dejé adentro con la novia ebria, con la novia blanca de alcohol, pintarrajeada como payaso recibiendo a su hombre. Pero yo no puedo volver. Estoy afuera con este árbol inmenso llenándome de agua, de hombres. Tengo los brazos abiertos como sus ramas y el sol me ciega. No me puedo quitar su abrazo o no quiero. Pero ¿por qué te dejé adentro? Es que no me acuerdo en qué momento. Déjame contarte que cuando estaba afuera con el árbol podría decir que sentía la historia del hombre que se casa con la polite, el hielo, el hielo, la gelidez, porque trata de olvidarse de la que le dice y qué vamos a hacer, la literatura no te va a dar para casarnos. No te va a dar. Bla. Y qué es eso. Yo sé que el dintel no va a dar para soportar la estructura, que van a salpicar vidrios, que van a enterrarse en carne fresca, en las amigas de la novia que vienen llegando de la despedida de soltera, en los ancianos, en los niños y que yo no me quedé adentro porque -quién sabe por qué- quería salvarme y salvar a mi amiga. No sé de qué. No sé bien de qué. Déjame hablarte de los insectos infestos que sentía en mi estómago, los que dicen que no es bueno sentirlos cuando uno se propone algo serio. Déjame hablarte de los bichitos que emergían de la tierra y me entraban en el vestido mientras yo me daba cuenta que la ceremonia se estaba derrumbando. Ahora te busco bajo la tierra. Ahora ya no te quiero buscar. Ahora quiero que seas otro y que hayan insectos, cabeza, dintel y vidrios que atraviesen carne fresca.

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Sácame de este texto

Dice que está bien. Tú dices que estás bien y piensas que ella debe de estar realmente bien y que tú estás realmente bien. Su mirada es bellísima, como si viera por primera vez las escenas que deseó toda su vida. Después llega el aliento a podrido, los ojos huecos aunque ella diga (mientras tú permaneces callado, como en una película muda) que el infierno no puede ser el mundo donde vive. ¡Corten este texto de mierda!, grita. El caleidoscopio adopta la apariencia de soledad. Crac, hace tu corazón.

Tres

(Prosa del otoño en Gerona)



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