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Como hojas

La bruja Eme

Con “Como hojas” le doy la bienvenida en este espacio a Javiera Corvalán Azpiazu, gran regalo que les comparto. Que sean muchos más textos, así de bellos, en El Diario Mapa.

 

A propósito del día de la mujer, y de la mujer; de las flores y de las hojas; de lo valioso y de

lo perfecto; y de las arrugas…

Las que nacimos en el siglo pasado crecimos escuchando, de la televisión, de la publicidad

y de las revistas, que las mujeres tenemos que maquillarnos mucho, pesar cuarenta kilos y

vestirnos a la moda; pensar pocas ideas, hablar muchas tonteras, coquetearles a los partidos de

buena billetera, y no entender ni opinar de política, “porque esas son cosas de hombre”; hacer

dietas, gastar la plata en silicona y crema para las arrugas, y tener cuerpos esculturales para un día

tener la dicha de que a algún hombre le interese llevarnos de llavero/adorno/trofeo por el resto

de la vida, o al menos por algún tiempo de ella (¿lo que dure la juventud del cuerpo, quizás?).

Nacimos, en fin, escuchando que, para ser valiosas y perfectas, las mujeres debemos ser modelos,

promotoras, porristas, caras bonitas… flores. Sí, flores. Ojalá rosadas.

No recuerdo que me haya emocionado mucho la idea. Sobre todo porque desde chica que

me gustan más las hojas que las flores, y más el verde que el rosado (la influencia de los pinos

verdes de Viña, tal vez).

Pasaron los años, y a las que nacieron en este siglo no les fue mejor: crecieron escuchando

que, para ser valiosas y perfectas, las mujeres tenemos que ser… hombres.

Ya habrá tiempo para que conversemos sobre por qué es mejor que una mujer sea mujer

en vez de que sea hombre (es un tanto curioso que esa afirmación hoy exija una demostración).

Por esta vez detengámonos en lo que nos dijeron a las de los noventa, y atrevámonos a

contradecirlo, aunque sea a través de palabras medio poéticas, medio botánicas: Y es que quizás

tenga más sentido que una mujer no sea como una flor, sino como una hoja…

En las flores hay, claro está, mucha belleza. Pero ésa es, por así decirlo, una belleza fácil:

sus colores son vistosos y sus pétalos, suaves; sus olores se perciben a kilómetros. No es de

extrañar, pues, que hagamos con las flores toda clase de adornos y las pongamos en nuestros

centros de mesa. Y es que las flores son universalmente atractivas.

La belleza de la hoja es, en cambio, una belleza difícil. Difícil para la hoja y difícil para quien

la contempla. El afortunado que la enfrenta debe poner mucha atención para apreciar sus colores

(verdes, violetas, burdeos, amarillos… naranjos infinitos); y debe aproximarse mucho a ella para

descubrir su olor. Notará además que su textura, sobre todo la de la hoja de otoño, no es

resbaladiza como la de una flor, sino desafiante. ¡Pero irremediablemente frágil a la vez! Y el ojo

que se detenga con tiempo y paciencia a mirarla, podrá conocer incluso sus venas; y verá correr

por ellas una historia de heridas, noblezas y dolores; y una savia que es riqueza.

Por esa belleza difícil de las hojas es que no ponemos hojas en los centros de mesa. No

queremos hacerlo. Y las hojas tampoco quieren ocupar ese lugar. No se sienten cómodas siendo el

centro de atención. Y menos se sienten cómodas siendo usadas como un adorno o un accesorio.

Una hoja prefiere caer sigilosa en mayo, para reconfortar y dar sentido al paso insípido de

transeúntes grises; y para curar el alma del que se atreva a amarla.

Por esa belleza difícil de las hojas es también que es más fácil enamorarse de una flor que

de una hoja. Lo que pocos saben es que sólo de una hoja es posible enamorarse para siempre.

Sucede que una flor, tarde o temprano, aburre. Su olor parece, de pronto, demasiado

intenso, casi hostigoso. Su color, por el contrario, se vuelve desaliñado y palidece con el paso de

las horas, días, meses. Sus pétalos se marchitan y sus tallos se quiebran. La belleza de una flor es

verdadera. Pero efímera…

Sucede que en una hoja hay un secreto. Y su secreto la hará ser siempre nueva. Porque la

belleza de la hoja es su misterio: ése que cautivará un día y para siempre al peregrino que vaya

atento. Sólo al que vaya muy atento…

Sucede que una flor crece con el corazón en la mano, ofreciendo su belleza a un gran

público anónimo y desprevenido; y que una hoja crece cultivando un corazón profundo que solo

podrá descubrir el espectador audaz.

Sucede que el atuendo de una flor es su vanidad; y que el atuendo de una hoja es su

sencillez.

Así, sucede que una flor con arrugas es una flor marchita, y que una hoja con arrugas es

una hoja perfecta.

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Marraqueta.

Una antigüedad del recuerdo. Recopilando antes de volver a la carga.

marraqueta

Marraqueta

I.

¿Televisión Nacional? No lo sé bien, el punto está en que nuestro presidente estaba hablándole a su pueblo mientras yo escuchaba el sonido de los tambores de mi hermano, provenientes del subterráneo. Creí notar que murmuraba algo mientras llevaba el ritmo en la batería. Pensé en que sería una grabación. Año nuevo. Me dije a mí misma: “Una bonita manera de despedirse”. Imaginé luego la sangre o el cadáver sin rastros de líquido alguno. Seguí mirando al presidente que hablaba algo de un proyecto educacional y de los “dineros nítidos”. Apagué la tele para concentrarme en mi marraqueta con queso.

Nada de sangre ni despedidas. Todo estaba en su lugar como nunca. Darían luego las doce cero cero del nuevo año y sólo una copa quebrada se saldría del contexto perfectamente pensado. Las viejas con olor a bronceador corrían por las calles maletas en mano, pensando que ese acto las llevaría a viajar durante alguno(s) de los nuevos 365 días. Yo, muy por el contrario, pensaba vivir un estanco; ya estaba bueno de escapar por lugares extranjeros. Ahora vería qué podía producir mi cabeza y la ciudad de Santiago. Si bien es verdad que amo el sur apasionadamente, casi obsesivamente, es también cierto que cada uno de nosotros puede ser su territorio preferido de vez en cuando. Al menos lo deberían intentar. Puede ser una buena experiencia. En serio.

Una amiga decía que me gustaba irme de viaje por el infierno; sin embargo, yo siempre anduve por espacios neutros, libres de conflictos. Nunca me arrepentí de hacerlo. Y cuando salga de estas páginas, lo seguiré haciendo. Eso lo aseguran mis dedos sobre las teclas. Son los mejores compañeros que me pueden ayudar a alcanzar esa meta.

II.

Antonia toma un papel y escribe: “¿Televisión Nacional?…”, teniendo en mente su marraqueta. Se acabaron para ella los viajes y los contratos de seguridad a largo plazo. Ahora, tiene que salvarse ella misma y espera que esas palabras la guíen por buenos senderos. Partir de cero otra vez. La desconcentra el ruido que hace su hermano tocando batería. Se levanta y va hacia la puerta que da al subterráneo. Cuando el de su sangre se cansa de tocar, ella aprovecha el momento y le grita: “Hey, nada de grabaciones, de despedidas ni de rojo abundante en Año Nuevo, ¿entendido?” Él sale de su ocupación y le regala una sonrisa: “¿De qué hablas, loca?”, le dice riendo. Ella se aleja aplaudiendo.

Le gusta que le crean sus historias paralelas.

Porque, en todo caso, ella misma podría ser una.

La autora pide las disculpas pertinentes al caso si es que, a pesar de las contingencias, se han sentido dolidos, ya que parte de este manuscrito lo creó postrada y quizá, quién sabe, algún fluido que no solía estar en ese lugar interfirió en el funcionamiento normal de sus neuronas. Seguiremos, pues, sin locuras y con las historias paralelas. Todo a partir, recuerda Antonia, del deseo por una marraqueta con queso.

Su abuela había muerto hacía unos cuatro años atrás y ella no usaba hablar de ella. O mejor dicho, en este caso en concreto, escribir sobre. En sueños sólo lograba la presencia de su abuelo también difunto. Suponía que le era más fácil recordar la figura pseudo cinematográfica de él, tal vez porque antes no lograba descifrar el arte que existía en los días que la había visto justo antes de morir. Un día en efecto. Antonia había llevado un libro a la clínica por dos razones: uno, porque la evasión era uno de sus efectos y la podían sacar de cualquier situación incómoda y, segundo, porque tenía prueba al otro día. Nada serio en todo caso. Finalmente, el libro le ayudó. Entró a la pieza y ahí estaba la anciana en un estado realmente penoso. Antonia le besó la frente y le habló una cuantas palabras. Lo único que recuerda de esa conversación es que en algún minuto su abuela le empezó a preguntar acerca de lo que pensaba hacer con su futuro académico. Luego de la respuesta de su nieta, ella le contestó: “Sí, si tú vas a ser una artista”. Ella se quedó pensando y asintió sin mucha seguridad con la cabeza. Luego se sentó a su lado y se puso a leer. Poco se pudo concentrar con el ruido de las máquinas que la mantenían con vida. Posterior a eso, casi nulas veces pudo tolerar la música electrónica: ésta era para su persona como exposiciones con fetos muertos. La sequía. El Apocalipsis abofetéandole la cara, recordándole a cada instante: “Hola, amiguita, no te puedes escapar”. A veces eso la hacía reír, otras no.

“No te voy a dejar”, le había prometido Pedro, un amigo que nunca más había vuelto a ver. Las secuencias imborrables de ausencias la hacían pensar en una máquina amable (sin dolores ni ruidos) que lograran reunir a todos los lejanos y cortar conexiones con aquellos indeseables. Ése, ese aparatito sí que sería bienvenido en su reino. Sí. De hecho, ella no le negaba a su conciencia la existencia imborrable de la pieza que quedaba cerca del lavadero. “Experimentos”, se decía a sí misma, “Qué haría yo sin mi cabeza que no se contenta con lo obvio”. Latente estaban la mayoría de las cosas; sin embargo, Antonia sabía y siempre aclaraba, incluso, que uno encontraba ciertos instantes en que era de necesidad absoluta “entrar a picar”, examinar, indagar, exorcizar, cortar, pegar, copiar y extirpar. Una cosa que la sacaba de su cabales, era que su madre se acercara a la puerta del cuarto famoso: en esas circunstancias difícilmente recordaba que aquella era su progenitora y se portaba como una mujer poseída por toda una legión de ángeles caídos. “¿Malos olores?”, le gritaba desde dentro, “Soy limpia y prolija, no me vengas con esas idioteces, además, lo que pase aquí dentro es de simple incumbencia mía y de nadie más en absoluto ¿entendido? Ahora, lárgate a tus piezas con agradables olores a flores artificiales. Gracias”. Y se iba la mujer. Así cada vez que se repetía la escena y Antonia aprovechaba su herencia literata para inventar un nuevo monólogo que ahuyentaba las suspicacias.

Cada una de las partes de su invento de metal, tenía un nombre; una de ellas se llamaba Pedro, en honor a todas las posibilidades de Pedros que existían en nuestro planeta: perdedores, medios genios, exitosos o, inclusive, donjuanes. En honor a lo que no había sido, a las separaciones y por el futuro próspero de su amigo.

Supe de una vez que se quebró el brazo forcejeando con algo junto a la máquina. Si no hubiera necesitado abusar de los movimientos que le permitía el espacio, seguramente no se habría molestado en arreglar el desperfecto físico… quizá como un acto de autocontrol, algo así como aprender a obviar el dolor… En definitiva, se rindió ante esas posibilidades y tomó el camino común, el que su madre hubiera querido.

Los animales también solían acompañarla, el problema estaba en que casi nunca salían de aquel sitio y eso le empezaba a molestar a sus padres desde el momento en que los vecinos habían empezado a llamar a casa preguntando por sus mascotas perdidas.

Había una pieza en la casa, en el segundo piso, que estaba desocupada. El caso era que estaba sin terminar. Eran exactamente veintidós años los que llevaba de ese modo. Seguramente todos hubieran preferido que se ubicara allí con todas sus extravagancias, pero ella se negaba argumentando que no le gustaba estar en lugares a medias, sin identidad, por lo que permanecía en su cueva con una sonrisa que a veces parecía mueca.

No le gustaban las sorpresas mal intencionadas. Lo repetía siempre.

Cierta tarde un tormentoso ex novio llegó a verla. Su mamá le dijo a dicho hombre que, para variar, se encontraba en el subterráneo. Que viera si Antonia se dignaba a abrirle la puerta. Unos pasos hacia abajo, toc, toc, toc. Al percatarse de quién era, la heroína contestó:

  • No confío en tu nombre, ése, es de traicioneros. Conozco a varias mujeres que pueden afirmar mi teoría. Sería mejor que fueras al registro civil, de otra manera tu destino va a ser obvio.

A lo que recibió por respuesta:

  • Mira, cabra chica, no estoy para tus juegos ahora. Ábreme.
  • Por favor.
  • Por favor.

Sin muchas ganas, Antonia dio vuelta la manilla de la puerta, y así fue cómo el hombre en cuestión fue el único en conocer su secreto antes de tiempo. No se escuchó nada durante hora y media, mas cuando su visita se alargaba a más de dos horas, la madre de Antonia pensó oír algo así como un llanto, aunque la verdad es que no se preocupó demasiado. Después, comenzaron gritos, cosa que a la ex suegra le recordó la igualmente ex relación tormentosa. Eso sí la asustó un poco. Por eso se decidió a acercarse a la pieza para escuchar.

  • ¡Egoísta! , eres un monstruo, Antonia. – Alcanzó a oír que le decía el hombre.
  • Sí, sí, todo lo que digas… pero ándate rápido de esta casa, no vuelvas nunca y llévate tu caja; si quieres tírala por ahí, quémala o lo que sea, porque a mí no me interesa. Y no, no soy un monstruo, o por lo menos esa no es la definición correcta. Mal intento. Acuérdate que algunos solían decirme Ma…
  • No me interesa. Realmente eres una mierda y quiero que eso te quede claro. Un mierda…
  • Sí, está claro. Soy rápida.

La madre de Antonia imaginó la cara que debería estar poniendo su hija, con los ojos bien abiertos y la mirada fría, técnica. Pensar eso le ocasionó un dolor en la mitad del pecho, así es que subió las escaleras y se fue a recostar. Sabía que la tormenta ya había pasado.

Pero el diálogo continuaba y él le terminaba por decir:

  • ¡Estás loca!… me da pena ver todo esto. Y veo sigues escribiendo estupideces. Ja, si supieras que no vas a llegar a ninguna parte, que estás perdiendo el tiempo.
  • Es cosa mía. El tiempo no lo pierdo porque es imposible; extraña afirmación la tuya. Y, mira, justamente, estaba escribiendo el final de este cuento, de tu historia. Lo último, antes de que salgas de esta casa y no vuelvas a pisar mi propiedad, va a ser saber tu final.
  • Hey, relájate, ya empezaste con tus instintos psicópatas, me voy…
  • Oye si no te voy a asesinar ni nada parecido, por el momento, no. Sólo quiero leerte tu final… y el mío… para qué estamos con dobleces…

El hombre se quedó tranquilo, ella tomó un papel recién impreso, lo miró a los ojos, casi como lo hacía cuando estaban juntos, y comenzó leyendo:

“…Me propuse ponerme a caminar sin mirar atrás, aunque me congeló la voz de Casandra que me preguntaba si lo amaba y que si así sucedía me podía quedar con él. “No lo amo”, le dije “Ya no sé qué amo”. Me hizo mirarla a los ojos y me susurró al oído: “Entonces deja de tomar papeles que no te pertenecen; vive de lo que es tuyo y no de lo que algún día lo fue”. La lluvia. Cada vez más fuerte y violenta. Supuse que eso era lo que algunos llamaban purificación. “¿Sabes?”, le respondí “Tu hijo hace un momento estaba muerto. Ahora ves que no es más que plena vida. Yo hace tiempo ando buscando algo como eso y no creo haber encontrado cosa tan llena de vitalidad y sin contradicciones. Quizás la lluvia sea lo menos parecido a la muerte. Tal vez.”. La mujer me regaló su última sonrisa y agregó: “Puedes irte”. Recordé a mi abuelo y me puse a caminar.”.

El tipo la quedó mirando como si no hubiera entendido ni una sola palabra. Miró su reloj y le dijo a Antonia que debía irse.

  • ¿Y no me vas a decir nada al respecto? – le preguntó ella.
  • Creo que ya estás lo suficientemente trastocada como para que yo te esté dando opiniones acerca de tus patologías. Lo único que puedo agregar es que no tienes vuelta atrás y que, como decía antes, no cabe duda de que eres una bazofia.
  • No has entendido nada.
  • Lo que pasa es que tú no te sabes comunicar. Siempre ha sido tu problema.
  • El verdadero obstáculo es que tú nunca has sabido leerme, no pones atención…
  • ¿Que no te sé leer?
  • A ver, un ejercicio, deletréame.
  • ¿Deletrearte? ¡Ya estás hablando estupideces!. Me voy de aquí…
  • No, espera, lo que pasa es que ya no sabes jugar. Te llegó el disfraz de joven adulto y ahora no sabes salirte de tu rol.
  • Sí, sí, sí. Ahora sácale la llave a la puerta por favor que quiero salir.
  • Bueno, está bien, en todo caso no te necesito para nada aquí dentro. Pero, lo último, déjame pedirte que te lleves los zapatos rojos.
  • ¿Para qué, crees que a mí me gusta vestirme de mina?
  • No, es simplemente que no los necesito. En realidad, no les tengo ningún cariño, me traen malos recuerdos y, como sé que tú no te vas a volver a aparecer por acá, me da un alivio saber que no los volveré a ver.
  • Mírate, lo dices así, fría, sin escrúpulos, matando, olvidando por capricho… me das pena… pero te odio tanto que no te tengo compasión.
  • ¿Me odias? ¿Y qué haces acá entonces?
  • Intentaba salvarte, eres una de las pocas personas que siento conocer tanto y pensaba que me ibas a escuchar, pero veo que tu intención de que desaparezca no tiene vuelta atrás.
  • Bueno, toma la bolsa con los zapatos – le dijo abriéndole la puerta-, te puedes ir.
  • Y no te quiero volver a ver nunca más.
  • Yo tampoco.
  • Estás maldita, mujer.
  • Es una posibilidad- le dijo cerrando la puerta tras de él.

III.

Tengo frío. Bajo mis pies, diarios esparcidos sobre el suelo. Los piso. Cruje. Y el congelamiento y la idea de que este hombre se acaba de ir. Que no vuelva más, Dios, que no vuelva. Soy mi territorio preferido, gran descubrimiento. Eso me relaja. Pero la incertidumbre está ahí, no me permite cerrar bien los párpados. Algo hay que hacer: ¿Mirar, acaso, lo que está escrito en el diario? Relájate, relájate. Mi territorio preferido, recuerda, yo soy, yo. Página C 11: “La (necesaria) vigencia del arte sagrado”. El paréntesis me ilumina: se acabó la historia. La máquina está lista y esta vez si que no voy a dar paso atrás. No. Voy a buscar un cuchillo a la cocina y final del cuento. Así de fácil. Sin llantos ni quejas. “Medea, Medea, Medea”, me repito. Máquina sin corazón. No, no, no. Nunca me quedó bien esa etiqueta. Renuncio. Pasos hacia arriba. La cocina y mi madre. Me mira con suspicacia. “No pasa nada, mamá”, le digo, “Un cuchillo. Sólo busco un cuchillo”. Cierro el cajón. “¿Y qué quería ese niño?”, me pregunta. “No sé”, le respondo. Abro la puerta para bajar hacia mi paz, pero me detiene algo. Parezco en pausa. Doy vuelta la cabeza y me percato de que se acerca mi papá. Algo hablan con mi madre. Vuelvo en mí. “Padres míos”, le digo, “los quiero mucho”. Me alegra el hecho que mi mamá esté distraída, así es que aprovecho la oportunidad para bajar rápidamente. Adentro de la pieza huele bien. Me siento a gusto. El dolor en la garganta ya va a pasar, lo sé, no podría ser de otra forma. Miro con orgullo mi máquina. La prendo y veo que todo empieza a suceder según lo dispuesto. “Todo es bueno”, me digo recordando algo que no sé bien de dónde lo saqué. Dejo el cuchillo sobre una mesa. Diez segundos, quince, veinte. Perfecto. Cuarenta, cincuenta, sesenta. Voilà. “Brindo por mi máquina, por lo que viene y por dejar de pensar”, digo alzando mis manos, “Donne ch´ avete intelleto de amore…”, agrego tomando posesión de las palabras pertenecientes al gran poeta. Agarro el cubierto afilado entre mis manos y corto la marraqueta con queso que acabo de calentar en mi nuevo invento casero. Se escucha la voz de mi madre que me grita preocupada: “¡¿Qué era ese ruido, Antonia, qué está pasando?!”. Abro la puerta y le pido que entre. “Tranquila, mamá, era mi microondas personal”. Se queda mirando sin saber cómo reaccionar. Finalmente, me toma la mano y me dice: “Y ¿en qué estabas pensando todo este tiempo, hija? ¿qué clase de trauma te produce ese tipo que te hace inventar estas locuras?”. La miro. Le sonrío. Me dan ganas de rascarme la cabeza, pero me abstengo.

IV.

Sin despegarse de la mano de su progenitora, Antonia le contestó: “Ninguno en absoluto. Y no pensaba en nada, excepto en mi marraqueta con queso”. Luego, le regaló una de aquellas sonrisas que parecían mueca; sin embargo, esta vez fue más plena. Y los ojos, los ojos permanecieron en su lugar, no se desorbitaron, aunque denotaban ganas de jugar. Tendrían tiempo para aquello luego, sin lugar a dudas.

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El sentido de la distancia.

man-walking

Recibí esta respuesta de José dos horas después que yo le enviara a él la carta que ustedes

ya leyeron.  Decía así:

“El día antes de su muerte, mi papá estaba leyendo un ensayo que había escrito un

alumno de filosofía de la Universidad de Chile. Se lo envió por email, Francisco, amigo

suyo que daba  la cátedra sobre el nihilismo en ese lugar.  Lo que trataba de explicar el

autor era que los seres humanos buscan ante todo asimilarse al resto porque de otra

manera no podrían soportar sentirse diferentes. Eso, según sus propias palabras, los

inquietarían de sobremanera porque en ese tipo de personas no existe el sentido de la

distancia, ese sentido que solo pocos deciden vivirlo y con el cual muchos experimentan

el horror verdadero de vivir en un mundo común en cuanto a formas, pero tan distinto en

el fondo”.

“Nada de lo que me dijo me hizo mayor sentido. Conversamos, comimos juntos, en fin,

todo fue como siempre. Excepto por una pregunta que me hizo a propósito de lo que leía

y de la vida que tenemos versus la que queremos tener. – Bueno José- ¿y tú tienes

sentido de distancia o vives la vida que te impone el sistema?   Mi respuesta no viene al

asunto, solo te hablo de esto para que entiendas qué pasaba por la mente de mi papá. Me

dijo que él había descubierto el sentido de la distancia demasiado tarde, pero que cuando

lo hizo, lo liberó de sí mismo y que era feliz de tener una nueva visión de su existencia,

más personal. – Soy feliz, José, feliz- me dijo. De ningún modo eso me llamó la atención

porque siempre pensé haber tenido un padre inmensamente feliz, pleno, tú lo sabes,

verdad?”

“El día después vino toda la tragedia. Su muerte, funeral, su ausencia y con eso vinieron

millones de preguntas sobre qué pasó en verdad con él”.  fuiste testigo presencial de todo

lo que te cuento, mejor voy al grano de una vez”.

“Pasaron los días como te acordarás, pero nada me daba una pista real de lo que había

pasado. Un día, jueves creo que era, recibí un mensaje de texto de Francisco, el profesor

de la Chile. Me preguntaba si nos podíamos juntar para hablar de mi papá. Le dije que

claro, que si quería nos juntáramos a tomar un café, pero me dijo que prefería venir a mi

casa. Vino a eso de las siete de la tarde. Mi mamá no estaba, así que fue mucho mejor

para los dos. Esto pasó el mismo día que llegaste de sorpresa a mi casa porque según tú

no tenías electricidad hasta la mañana siguiente, ¿te acuerdas? Ese fue el día que

Francisco, un desconocido para mí, pero que resultó ser el confidente de mi papá, me

aconsejó que dejara de buscar asesinos porque no existían, que mi papá se suicidó, que no

hubo terceros en su muerte y que lo hizo simplemente porque había considerado que era

tiempo de dejar de existir. ¿Puedes creerlo? Mi papá, el ser más noble e intachable de la

vida había decidido que su hora aquí junto a nosotros había llegado a su fin y que lo hacía

conscientemente”.

“Al comienzo no le creí ni media palabra a ese hombre, pero después que me mostrara

los emails que se habían intercambiado no lo dudé más,  no podía hacerlo”.

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X. Tres amigos.

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Ese día mientras tomaba el té en casa de Ana le pedí permiso para manipular una matryoshka que tenía en el mueble color caoba en el living. José se la había traído desde un viaje que hizo junto a Miguel a Moscú cuando recién habíamos entrado a la universidad. Me acuerdo como si fuese ayer. Todavía olían a madera y pintura, buena mezcla esa. En esa ocasión a mi también me regaló la misma, claro que en versión pequeña, lo cual me causó unos celos que ahora me avergüenzan, sobre todo porque yo la quería demasiado y no se justificaba que por algo tan absurdo yo hubiese tenido ese tipo de sentimientos. En fin, esa muñeca tenía pintadas unas flores rojas con pintas blancas en un fondo negro esmaltado y lo que más me enternecía, eran las manos que sostenían el ramillete porque parecían de una niña, regordetas y de uñas cortas.

–       Cuando me vaya a encontrar con Miguel, te la quedarás, me dijo. Así tendrás el juego con la que tienes-. Al instante sentí un pudor que me hizo enrojecer.

–       Por favor Ana, nada de hablar esas cosas, le dije con un nudo en la garganta.

Camino a mi departamento encendí la radio del auto y justo estaban tocando True Love Will Find You in the End, esa canción la tenía dentro de mis favoritas, pero últimamente la había dejado de lado así que me hizo bien escucharla porque me relajaba. Cuando terminó llamé a José con el pretexto de contarle que la habían tocado en Duna y como no me contestó le envié un whatsapp que decía ” Escuchando nuestra canción”. No me respondió, pero como ya no me extrañaba su actitud me olvidé por completo y continué manejando hasta mi casa.

 Estaba por bajarme del auto, ya en el estacionamiento, cuando llamé a Marco, de quien tampoco recibí respuesta, por el contrario, me escribió un mensaje que decía “Cine”, así de simple… nada raro en él.

 Pasaron dos horas y me llamó. Hablamos de todo menos de nuestro amigo. La verdad es que evité hacerlo para no parecer obsesiva con el tema, entre bromas y risas, decidimos que nos juntaríamos al otro día en un restaurante de sushi que a nosotros nos encantaba, el Rose Sushi. Creo que es lo más parecido a estar en Japón, tanto por la calidad en todo lo que preparan como por la calma que se siente al estar ahí. Todo es de una pulcritud y maestría sin igual. Simétrico tal vez.

 Llegué antes de lo acordado como pocas veces lo había hecho. Saludé al dueño, un señor de unos setenta años que junto a su mujer, bastante menor que él, y su hijo, se encargan de todo. El lugar es diminuto, no tiene más que cuatro mesas con cuatro sillas cada una y una pequeña terraza con tres mesas de cuatro sillas también. Como de costumbre me senté mirando hacia una pared y pedí lo de siempre. Marco me había llamado para que ordenara lo mismo que quería yo, claro que en mayor cantidad, mucha más. No me extrañó porque hacía bastante tiempo que estaba pasado en kilos, me atrevo a decir que por lo menos diez más. Era un gordo atractivo eso sí.

 Cuando entré preparaban algo para una mujer de pelo negro ondulado, quien a juzgar por su actitud, sobre todo la ropa que llevaba, me atrevería a decir que no era chilena. Esperaba sentada, leyendo no tengo idea qué, en cambio yo parecía inspectora tratando de encontrar algo que estuviera fuera de lugar, pero nada, incluso en un momento en que el chef estornudó, enseguida miré para ver qué hacía y como no podía ser de otra manera, de inmediato fue hacia el pequeño lavamanos y se lavó las manos y cara con fuerza además del cuchillo que estaba usando.

 Habían pasado veinte minutos desde que me había sentado cuando vi que llegaba no sólo Marco, sino José, los dos tranquilos y casi sonrientes.

 –       Perdón por hacerte esperar Mila, te conocemos y podemos ver tu cara de lata.- dijo Marco al saludarme.

–       No, para nada, estoy más flexible.- le respondí disimulando mi impresión por la compañía de José, quien en tono casi dulce me dijo:

–       No pude evitar sumarme pese a no ser convidado.

–       No se puede invitar a quien no responde llamadas ni mensajes.- le dije.

Justo en ese momento nos trajeron el sushi así que no me dijo nada. Como en los viejos tiempos, nos quedamos sentados alrededor de dos horas, hablando de todo menos de Miguel y menos de lo que pasó conmigo ese día en su casa. Era mejor hacer creer como si nada hubiera pasado.

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IX. La viuda.

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¿Quién amaba más que a nadie en el mundo a José? Su mamá. Claro, qué madre no ama a su hijo. Pero este caso me atrevo a decir que era excepcional. Me acuerdo de casos como el de la mamá del poeta Huidobro, que de tanto repetirle que él era un rey, nuestro Vicente se calzó la corona y se convirtió en el soberano de los narcisistas. Lo cito porque la relación de Ana con José siempre me recordaba un poco al vate. Cuando pololeábamos debemos habernos peleado un centenar de veces por mamonerías de José. No voy a entrar en detalles, pero es que lo que le dijo o no le dijo su mamá, pero es que mi mamá hizo tal cosa u otra, lo que pensó, lo que le hubiera gustado que le hubiera regalado su papá para el aniversario. Uf, a veces parecía una extensión de Ana. Cosa seria. En fin, con estos antecedentes se comprenderá que la primera persona con la que quería hablar luego de mi sospecha, era ella, la progenitora. A quien, dicho sea de paso, yo quería mucho… pese a los encuentros y desencuentros del pasado. Luego de haberle mandado un par de mensajes a José para asegurarme que no estaría en su casa, llamé por teléfono al hogar del juez Blanco y me contestó la persona que comentaba, su viuda. Aún con voz de pesar, pero resignada, me saludó con cariño. Le dije que tenía ganas de ir a verla. Me dijo pero claro, ven, qué estás esperando, esta es tu casa. Esa misma tarde partí. Sin darme cuenta estaba tocando la puerta. Me abrió ella. Me pareció que había perdido algunos kilos. Estaba impecable, el pelo semi cano a medio tomar, un vestido largo, los ojos grandes pardos delineados. Su cara preciosa, todavía con rasgos de niña; toda fina, toda grácil, ligera, como si parte de ella ya estuviera –físicamente digo- con su marido.  Con un abrazo más fuerte de lo común me invitó a pasar. Nos sentamos en el mismo living donde supuestamente me había quedado dormida. Me ofreció un té, asentí, nos trajeron té. Hablamos. De cómo eran las cosas después de la pérdida de su marido, de mi vida, de mis proyectos, de los suyos. Hasta que llegamos al tema José. Después de un silencio incómodo, noté cómo Ana se incorporaba en su asiento, me miraba y decía:

–       Hay algo que tengo ganas de preguntarte.

–       Dígame.

–       Y te lo voy a preguntar porque te tengo confianza, porque ya eres como una hija para mí.

–       Dígame Ana, usted sabe que me puede preguntar lo que quiera.

–       Mira, estoy preocupada por José. Yo sé que ya es un hombre grande y que no tengo nada en qué meterme, pero me tiene preocupada. No sé en qué anda metido. Anda raro, casi no me habla, sale a horas extrañas, me evade, en fin… quería saber si tú sabes algo. A mi no me da buena espina.

–       Ay, Ana. No sé. Aunque usted no lo crea venía a preguntarle más o menos lo mismo. El otro día tuve un episodio un poco extraño con él y quería preguntarle si usted sabía de algo.

–       ¿Por qué? ¿qué pasó?

–       En resumen, llegué a la casa de improviso y él se estaba riendo con alguien. Me pareció, creo, que era una mujer. No la vi. Me dijo que lo esperara en el living, que no me moviera de ahí. De ahí en adelante no recuerdo nada, solo sé que desperté en mi casa confundidísima. Le pregunté a él qué había pasado y me dijo que nada, que me había quedado dormida, y que lo atribuye a unas pastillas que me recetó el psiquiatra.

–       Qué cosa más rara…

–       Imagínese mi desconcierto… ¿usted no se acordará de alguien que haya estado acá con José? ¿alguien que le haya llamado la atención?

–       La verdad es que no he estado mucho en casa desde que murió Miguel, pero ahora que me lo dices, hubo un día en particular que contesté por lo menos tres llamadas de una misma chiquilla a José.

–       ¿No se acuerda cómo se llamaba?

–       La verdad, no, lo que sí… ahora que hago memoria… me dijo que era amiga de Pedro… o Marco… como para hacerse reconocer. Y me acuerdo también que cuando se lo mencioné a José, le hizo sentido.

Amiga de Pedro. O Marco. Dos opciones. Podría ser Pedro, el revelador, o Marco, amigo de toda la vida de José, y mío. Amigos de la universidad. Mi próximo paso a “entrevistar”, entonces, opción dos, Marco. Por confianza. Al famoso Pedro todavía lo tenía en el purgatorio de los sospechosos; con este otro, en cambio, había una complicidad de pasado, lo podría manejar. Al menos en teoría.

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VIII. Entre dudas, Carménère y chocolates

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Luego del incidente en la casa de José, me tomé el viernes libre para descansar tres días seguidos y reflexionar sobre qué podía estar pasando.

Lo que más me atormentaba era pensar en la idea de que José, mi José querido, me haya mentido sobre lo que pasó ese día en su casa, culpando a los remedios que supuestamente llevaba tomando por largo tiempo como los responsables de haber perdido la conciencia ese jueves. Trataba de buscar excusas que pudieran darme una respuesta que justificase por qué pasó lo que pasó, pero nada aparecía. Había sin embargo algo me molestaba todavía más. Tardé horas en permitir que mi mente uniera las ideas que habían en ella y ni siquiera de ese modo era posible dar el vamos para desbloquear eso que hacía que cada vez que osara en pensar en ello me inundara una sensación de dolor en el estómago mezclado con una desesperante ansiedad.

Cuando finalmente mi mente se liberó del peso de la culpa por pensar algo tan malo de alguien, sobre todo de él, justo en ese momento y como para seguir aplazando ese hecho, me paré del sofá, fui hasta la cocina, saqué una copa grande desde el mueble rojo con vidrios bicelados y la cubrí creo que hasta un tercio de su capacidad de un delicioso Carménère. Como de otra manera no podía ser, fui hasta mi dormitorio y desde el último cajón de mi armario tomé una caja de chocolates. Ambos mis debilidades, o más bien una de tantas. Me senté en la terraza de mi departamento que miraba hacia la cordillera, panorámica que en los meses de invierno me deleita, pero como ya había anochecido y tampoco era invierno, las luces de Santiago captaban atención. Con la copa en la mano y saboreando la mezcla del vino y el cacao di el vamos a mi conciencia y fue por primera vez desde que había recibido los mensajes de José, que me puse a pensar en qué podría tener que ver él con la muerte de Miguel.

– Para. No seas ridícula, me dije al instante. Sentí remordimiento por pensar en algo tan horrible, atroz. Mientras eso pasaba, notaba cómo mi mano temblaba y sin medirme seguí poniendo más chocolates en mi boca como si por eso pudiera redimir mi falta.

¿Cómo era posible que semejante atrocidad se me cruzara por la mente?
Lo que había pasado a propósito de la excusa que me dio José luego del incidente de los antidepresivos no tenía por qué guardar relación con lo sucedido al juez. Pero al mismo tiempo, ¿por qué se había comportado tan extraño el día anterior? Me afligía pensar que la mentira estaba ya perpetuada, eso era algo irreversible.

Me puse a pensar en que José jamás se había caracterizado por ser alguien falso ni mucho menos problemático o peligroso. Nunca. Por el contrario, siempre fue un líder innato y positivo capaz de influir dentro del grupo donde estuviese. Así como por toda su vida lo había hecho su padre. Ese era el amigo y ex- pololo que conocía desde tantos años, no podía ser de otra manera. ¿Pero qué era eso que lo obligaba a actuar de tal modo que permitía que mi mente fuese capaz de maquinar semejante idea?

Si toda evidencia es necesaria a la hora de condenar a alguien por un delito y yo carecía de prueba alguna para hacerlo, por lo menos en lo referente a la posible implicancia de José con la muerte de Miguel, decidí que lo más justo y sano era darle el beneficio de la duda, por lo menos hasta que se comprobara lo contrario. Claro que a esas alturas ya no quería comprobar nada. Me asustaba saber cualquier cosa. Pensé que quizás era hora de olvidar todo y seguir con mi vida, juro que era mi intención que eso pasara.

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VII. 1985.

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Miguel Blanco llevaba de la mano a Ana, su señora, quien por ese tiempo andaba por los seis meses de gestación de la que sería su segunda hija. Tenían cita con el doctor, la ecografía de rigor. “Qué panza más linda”, no se cansaba de repetir Miguel, “qué belleza mis dos mujeres”. José los acompañaba y se sabía rey entre toda esa función. Lo ilusionaba mucho eso de tener una hermana y de ser llamado el mayor.

Cuando llegaron a la consulta del médico, Ana estaba algo preocupada e inquieta. Esa panza efectivamente tan linda le pesaba, estaba cansada y veía un buen trecho por venir en el embarazo. Con José todo había sido normal. En cambio, con su nueva hija se la había pasado vomitando desde el día en que supo que había concebido. A José le encantaba ir a ver en la que llamaba “tele rara” a su hermana. Escuchar su corazón era mágico. Sentía que la espiaba y a sus dos añitos sabía imitar perfectamente el sonido que hacía el corazón en el ecógrafo. Pero ese día el ruido fue distinto.

Ana se recostó. El médico puso el gel sobre su abdomen y lentamente pasó el instrumento que los ayudó a ver a la hija y hermana especialmente tranquila y serena. José ladeó su cabeza para ver mejor la imagen y saludó con su mano. El médico puso cara de preocupación y, habiéndose dado cuenta de esto, Miguel y su señora, también. Ana recordaría para siempre la sensación de no sentir su propio corazón por haber perdido el de su hija. “Pom pom crac”, juró escuchar José. Su hermana los había dejado prematuramente y sin explicación. Pom pom crac, mamá. Pom pom crac, papá.

Ese día fue un antes y un después. Desde esa fecha el juez Miguel Blanco supo que existía el Infierno y el Cielo. En ese orden. Eso, en parte, le dio el valor. Lo puso bravo. Aguerrido. Vivo. Temerario. No había tiempo que perder. No había mucho de qué hablar. Habían prioridades, sí, y sitios a los que había que tratar de llegar.

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