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Desodorante para olores adolescentes.

Recuerdo –a veces vagamente- los días de colegio cuando ya había entrado a la tan temida era de los teen. El exceso de ego o quizás compañeras algo hechas en serie y por eso no muy recreativas, me hacían abrazarme a la música. No digamos que era tan original, lo mío era Nirvana y Blind Melon específicamente. Genial, justamente había elegido a dos bandas cuyos líderes eran los más desiquilibrados. Yo juraba que Shannon Hoon era una especie de enviado que de vez en cuando se encargaba de enviar sus mensajes espirituales a sus seguidores. Y bien, la diversión no me duró mucho. Todos sabemos cómo terminó la cosa: Cobain se suicidó de un escopetazo, Hoon se fue de sobredosis. Ahora me da vergüenza extrema recordar cómo lloré esas dos veces, como si esas dos personas hubiesen tenido alguna relevancia en criarme, como si me hubiesen protegido de todo lo que me atormentaba.

Desde hace un tiempo que vengo escuchando a Pearl Jam, que en mi época adolescente eran demasiado poco agresivos para mi postura. Los miraba en menos, eran muy suavecitos para lo que yo necesitaba. Esta especie de pusilanimidad que les confería no me dejaba disfrutar de lo que pudiesen crear. Pero ahora no quiero hablar de música, o sí en parte, lo que me interesa expresar es que he estado reflexionando entorno a la figura del héroe contemporáneo. Y he llegado a la conlusión que ni Cobain ni Hoon lo son, tampoco son mártires como muchos proclaman, el verdadero ejemplo de héroe acá es Eddie Vedder, un sobreviviente. Un hombre constante, perseverante, que no se quedó en la nube de lo que él podría llegar a ser algún día. La verdadera guerra es instalarse en medio del escenario y caminar derecho, hasta donde se permita que lleguemos, no salirnos por un camino más fácil o decir “corten” antes de que el director lo haya anunciado. Definitivamente no son artísticos los sesos repartidos en el suelo ni el vómito a propósito de una intoxicación. Es irreversible dejar a un hijo sin padre o a una mujer sola en la tarea de criar. Ésa no es una muerte bella, ni aquí ni en Grecia tantos tantos años atrás. Un muerte bella es haber avanzado con un traje más o menos parecido toda la vida, haber lidiado con cada una de las cargas y felicidades que iban saliendo al paso, no haber escapado de la guerra, sin embargo ser un sobreviviente, haber despedido a muchos con el alma desgarrada y, luego, morir un día cualquiera que no elegimos rodeados de nuestros queridos, los que (peleas más o menos) nos llevaron un poco más allá de nuestro ego.

Este desodorante ambiental pide a gritos que los destacados sean los que se les ha acabado la paciencia y han vuelto a recobrarla. Los que se cansan, paran, y después vuelven a comenzar. Los que en el fondo saben y entienden que no debiera existir “basta”.

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(H)emos dicho

Míranos: músicos que a los treinta y tantos seguimos vivos, artistas con patas de gallo y billetes debajo de los colchones. Justamente nosotros, los que sobrevivimos al grunge, a todo tipo de drogas. Nos recortamos el pelo y, a veces, cuando la ocasión lo amerita, nos afeitamos, nos depilamos, nos compramos un vestido nuevo, olemos bien y te palmoteamos la espalda. No morimos a finales de los noventa en alguna gira porque estábamos estudiando y creíamos que había que ser buena gente. Vimos morir a Kurt Cobain. Lo lloramos encerrados en el baño para que nuestros padres no nos encontrasen patéticos. Fuimos testigos de la muerte de Shannon Hoon: lo olvidamos bailando No rain en las fiestas adolescentes. Éramos, para algunos, los nerds, los rechazados; para otros teníamos estilo y éramos cool, alternativos. ¿Y nosotros? Nosotros nos cagábamos en todos mientras sonreíamos evitando hablar demasiado. Hoy nos bañamos en un éxito de bajo perfil. Nos sentimos sabios pues hemos triunfado a nuestro modo. Nos dan alergia los Emos y su pusilanimidad. Acá el que es cabrón sobrevive, no los lloricones. Eso lo deberían saber. Que alguien les haga escuchar The Cure, que patinen en caca, hemos Emos dicho.

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