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Como hojas

La bruja Eme

Con “Como hojas” le doy la bienvenida en este espacio a Javiera Corvalán Azpiazu, gran regalo que les comparto. Que sean muchos más textos, así de bellos, en El Diario Mapa.

 

A propósito del día de la mujer, y de la mujer; de las flores y de las hojas; de lo valioso y de

lo perfecto; y de las arrugas…

Las que nacimos en el siglo pasado crecimos escuchando, de la televisión, de la publicidad

y de las revistas, que las mujeres tenemos que maquillarnos mucho, pesar cuarenta kilos y

vestirnos a la moda; pensar pocas ideas, hablar muchas tonteras, coquetearles a los partidos de

buena billetera, y no entender ni opinar de política, “porque esas son cosas de hombre”; hacer

dietas, gastar la plata en silicona y crema para las arrugas, y tener cuerpos esculturales para un día

tener la dicha de que a algún hombre le interese llevarnos de llavero/adorno/trofeo por el resto

de la vida, o al menos por algún tiempo de ella (¿lo que dure la juventud del cuerpo, quizás?).

Nacimos, en fin, escuchando que, para ser valiosas y perfectas, las mujeres debemos ser modelos,

promotoras, porristas, caras bonitas… flores. Sí, flores. Ojalá rosadas.

No recuerdo que me haya emocionado mucho la idea. Sobre todo porque desde chica que

me gustan más las hojas que las flores, y más el verde que el rosado (la influencia de los pinos

verdes de Viña, tal vez).

Pasaron los años, y a las que nacieron en este siglo no les fue mejor: crecieron escuchando

que, para ser valiosas y perfectas, las mujeres tenemos que ser… hombres.

Ya habrá tiempo para que conversemos sobre por qué es mejor que una mujer sea mujer

en vez de que sea hombre (es un tanto curioso que esa afirmación hoy exija una demostración).

Por esta vez detengámonos en lo que nos dijeron a las de los noventa, y atrevámonos a

contradecirlo, aunque sea a través de palabras medio poéticas, medio botánicas: Y es que quizás

tenga más sentido que una mujer no sea como una flor, sino como una hoja…

En las flores hay, claro está, mucha belleza. Pero ésa es, por así decirlo, una belleza fácil:

sus colores son vistosos y sus pétalos, suaves; sus olores se perciben a kilómetros. No es de

extrañar, pues, que hagamos con las flores toda clase de adornos y las pongamos en nuestros

centros de mesa. Y es que las flores son universalmente atractivas.

La belleza de la hoja es, en cambio, una belleza difícil. Difícil para la hoja y difícil para quien

la contempla. El afortunado que la enfrenta debe poner mucha atención para apreciar sus colores

(verdes, violetas, burdeos, amarillos… naranjos infinitos); y debe aproximarse mucho a ella para

descubrir su olor. Notará además que su textura, sobre todo la de la hoja de otoño, no es

resbaladiza como la de una flor, sino desafiante. ¡Pero irremediablemente frágil a la vez! Y el ojo

que se detenga con tiempo y paciencia a mirarla, podrá conocer incluso sus venas; y verá correr

por ellas una historia de heridas, noblezas y dolores; y una savia que es riqueza.

Por esa belleza difícil de las hojas es que no ponemos hojas en los centros de mesa. No

queremos hacerlo. Y las hojas tampoco quieren ocupar ese lugar. No se sienten cómodas siendo el

centro de atención. Y menos se sienten cómodas siendo usadas como un adorno o un accesorio.

Una hoja prefiere caer sigilosa en mayo, para reconfortar y dar sentido al paso insípido de

transeúntes grises; y para curar el alma del que se atreva a amarla.

Por esa belleza difícil de las hojas es también que es más fácil enamorarse de una flor que

de una hoja. Lo que pocos saben es que sólo de una hoja es posible enamorarse para siempre.

Sucede que una flor, tarde o temprano, aburre. Su olor parece, de pronto, demasiado

intenso, casi hostigoso. Su color, por el contrario, se vuelve desaliñado y palidece con el paso de

las horas, días, meses. Sus pétalos se marchitan y sus tallos se quiebran. La belleza de una flor es

verdadera. Pero efímera…

Sucede que en una hoja hay un secreto. Y su secreto la hará ser siempre nueva. Porque la

belleza de la hoja es su misterio: ése que cautivará un día y para siempre al peregrino que vaya

atento. Sólo al que vaya muy atento…

Sucede que una flor crece con el corazón en la mano, ofreciendo su belleza a un gran

público anónimo y desprevenido; y que una hoja crece cultivando un corazón profundo que solo

podrá descubrir el espectador audaz.

Sucede que el atuendo de una flor es su vanidad; y que el atuendo de una hoja es su

sencillez.

Así, sucede que una flor con arrugas es una flor marchita, y que una hoja con arrugas es

una hoja perfecta.

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X. Tres amigos.

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Ese día mientras tomaba el té en casa de Ana le pedí permiso para manipular una matryoshka que tenía en el mueble color caoba en el living. José se la había traído desde un viaje que hizo junto a Miguel a Moscú cuando recién habíamos entrado a la universidad. Me acuerdo como si fuese ayer. Todavía olían a madera y pintura, buena mezcla esa. En esa ocasión a mi también me regaló la misma, claro que en versión pequeña, lo cual me causó unos celos que ahora me avergüenzan, sobre todo porque yo la quería demasiado y no se justificaba que por algo tan absurdo yo hubiese tenido ese tipo de sentimientos. En fin, esa muñeca tenía pintadas unas flores rojas con pintas blancas en un fondo negro esmaltado y lo que más me enternecía, eran las manos que sostenían el ramillete porque parecían de una niña, regordetas y de uñas cortas.

–       Cuando me vaya a encontrar con Miguel, te la quedarás, me dijo. Así tendrás el juego con la que tienes-. Al instante sentí un pudor que me hizo enrojecer.

–       Por favor Ana, nada de hablar esas cosas, le dije con un nudo en la garganta.

Camino a mi departamento encendí la radio del auto y justo estaban tocando True Love Will Find You in the End, esa canción la tenía dentro de mis favoritas, pero últimamente la había dejado de lado así que me hizo bien escucharla porque me relajaba. Cuando terminó llamé a José con el pretexto de contarle que la habían tocado en Duna y como no me contestó le envié un whatsapp que decía ” Escuchando nuestra canción”. No me respondió, pero como ya no me extrañaba su actitud me olvidé por completo y continué manejando hasta mi casa.

 Estaba por bajarme del auto, ya en el estacionamiento, cuando llamé a Marco, de quien tampoco recibí respuesta, por el contrario, me escribió un mensaje que decía “Cine”, así de simple… nada raro en él.

 Pasaron dos horas y me llamó. Hablamos de todo menos de nuestro amigo. La verdad es que evité hacerlo para no parecer obsesiva con el tema, entre bromas y risas, decidimos que nos juntaríamos al otro día en un restaurante de sushi que a nosotros nos encantaba, el Rose Sushi. Creo que es lo más parecido a estar en Japón, tanto por la calidad en todo lo que preparan como por la calma que se siente al estar ahí. Todo es de una pulcritud y maestría sin igual. Simétrico tal vez.

 Llegué antes de lo acordado como pocas veces lo había hecho. Saludé al dueño, un señor de unos setenta años que junto a su mujer, bastante menor que él, y su hijo, se encargan de todo. El lugar es diminuto, no tiene más que cuatro mesas con cuatro sillas cada una y una pequeña terraza con tres mesas de cuatro sillas también. Como de costumbre me senté mirando hacia una pared y pedí lo de siempre. Marco me había llamado para que ordenara lo mismo que quería yo, claro que en mayor cantidad, mucha más. No me extrañó porque hacía bastante tiempo que estaba pasado en kilos, me atrevo a decir que por lo menos diez más. Era un gordo atractivo eso sí.

 Cuando entré preparaban algo para una mujer de pelo negro ondulado, quien a juzgar por su actitud, sobre todo la ropa que llevaba, me atrevería a decir que no era chilena. Esperaba sentada, leyendo no tengo idea qué, en cambio yo parecía inspectora tratando de encontrar algo que estuviera fuera de lugar, pero nada, incluso en un momento en que el chef estornudó, enseguida miré para ver qué hacía y como no podía ser de otra manera, de inmediato fue hacia el pequeño lavamanos y se lavó las manos y cara con fuerza además del cuchillo que estaba usando.

 Habían pasado veinte minutos desde que me había sentado cuando vi que llegaba no sólo Marco, sino José, los dos tranquilos y casi sonrientes.

 –       Perdón por hacerte esperar Mila, te conocemos y podemos ver tu cara de lata.- dijo Marco al saludarme.

–       No, para nada, estoy más flexible.- le respondí disimulando mi impresión por la compañía de José, quien en tono casi dulce me dijo:

–       No pude evitar sumarme pese a no ser convidado.

–       No se puede invitar a quien no responde llamadas ni mensajes.- le dije.

Justo en ese momento nos trajeron el sushi así que no me dijo nada. Como en los viejos tiempos, nos quedamos sentados alrededor de dos horas, hablando de todo menos de Miguel y menos de lo que pasó conmigo ese día en su casa. Era mejor hacer creer como si nada hubiera pasado.

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V. WhatsApp?!

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Yo: ¿José, estás por ahí? (12:28)

José: Cami, ¡hola! Dime. (12:32)

Yo: Oye me gustaría saber qué pasó ayer jueves. No me acuerdo mucho. La verdad es que desperté acá en mi casa y lo último que recuerdo es haber estado allá contigo y que me dijiste que te esperara, que no saliera del living o algo así. (12:34)

José: Llámame mejor. (12:35)

Yo: No puedo. O no quiero. No sé, Quiero saber. (12:40)

José: Llámame. (12:41)

Yo: No. (12:45)

José: ¿Estamos Jugando? (12:46)

Yo: Hace tiempo que no po. Y esto no tiene nada que ver. Por favor respóndeme. (12:47)

José: Como quieras. Nada, no pasó nada. Tú viniste, sí, te dije que me esperaras en el living. Te llevé una copa de vino para hacer más amigable la demora. Al parecer fue muy larga porque te quedaste dormida. (13:00)

Yo: ¿Y desperté acá en mi casa? (13.01)

José: Yo sé que te llevé una frazada al living, me fui a acostar y cuando me desperté hoy ya te habías ido. Como eres hiperquinética no me llamó la atención que hubieras salido corriendo a empezar el día de laburo. (13.02)

Yo: No es gracioso. (13:03)

José: No digo que sea gracioso. (13:04)

Yo: Por la mierda, no me acuerdo nada después de que me dijiste que no saliera de ahí. (13:05)

José: ¿Sigues yendo al doctor ese? (13:06)

Yo: ¿Cuál doctor ese? ¿el psiquiatra? (13:07)

José: Sí. (13:07)

Yo: ¿Qué tiene que ver? (13:08)

José: Dile entonces que te baje la dosis. (13:09)

Yo: ¿La dosis de qué? Qué fácil es que te pongas pesado, por Dios. (13:10)

José: Te lo digo en serio. Te debe haber hecho mal algún remedio. Eso pasa. Por eso no te acuerdas. Sin ir más lejos a mi vieja le recetaban algo que no me acuerdo cómo se llamaba y la hacía olvidar de repente más de la mitad del día. ¿Te acuerdas cómo se ponía de repente cuando estábamos en la u? (13:15)

Yo: Sí. Puede ser. Me acuerdo. (13:20)

José: ¿Viste? Quédate tranquila. (13:21)

Yo: Oye… ¿qué habrá sido del célula de tu papá? (13:22)

Yo: Celular, no célula. Perdón. Maldita autocorrección. (13:22)

José: Ése es el problema de estas cosas. Que se creen que pueden predecir todo. (13:23)

Yo: ¿Qué cosa? ¿el celular? (13:23)

José: No po. La autocorrección del whatsApp. (13:24)

Yo: Ah, no te había entendido. (13:25)

José: Sobre el celular, ni idea. Pensé que lo había incautado la Policía de Investigaciones, pero el caso es que está desaparecido. Seguro que el que esté involucrado en esto tiene que ver con que haya sido eliminado del mapa. (13:26)

Yo: Mmmmm… (13:26)

José: Y tú pensaste al igual que yo que ahí íbamos a encontrar la clave. (13:27)

Yo: Obvio (13:28)

José: ¿Vas a venir? (13:29)

Yo: ¿Hoy? (13:32)

José: ¿O mañana? (13:33)

Yo: Prefiero que no hasta que sepa bien qué pasó ayer. (13:34)

José: Quizá si vienes recuerdes mejor. (13:35)

Yo: Mañana. Voy mañana. Te dejo ahora. (13.38)

José: Ok. (13:39)

Yo: ¡Hablamos! (13:40)

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IV. Ese jueves mientras regaba la orquídea.

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Resumiré en una corta frase, lo que a nosotros nos tardó cuatro horas entender y de por medio, muchas tazas de café.

Según Pedro, el antes nuestro sospechoso, Miguel fue asesinado luego que descubriera la verdad en torno a una investigación secreta que lo había mantenido absorto durante mucho tiempo. “Don Miguel sabía que si descubría la verdad de todo eso, moriría, pero no le importaba”, afirmó.

Todo lo demás que pueda decir de aquella conversación se define entre hipótesis, teorías, y recuerdos, pero nada nuevo que pudiera esclarecer en algo lo que nosotros ya sospechábamos.

Seis días pasaron desde que conocimos a los que se transformaron en nuestros colaboradores: Pedro y Jenny, su mujer, hasta ese jueves. Ese día, después de terminar un cuento que debía entregar a la editorial, estaba lista para irme a casa de José, como lo había hecho durante todo ese tiempo, cuando recibo un mensaje en mi teléfono que decía: “No vengas, no estoy en casa”. De inmediato le respondí: “¿Cómo vas, todo bien?”. “Claro que sí. Todo bajo control”, escribió al instante.

No quise insistir para que no sintiera la presión de tener que soportarme y luego decidiera que sería mejor que lo dejara solo en su búsqueda. No. Por ningún motivo me hubiese arriesgado a quedar marginada de todo esto, así que el mensajeo terminó en un, “Ok”.

Mi naturaleza de mujer hizo que de inmediato comenzara a pasarme mil y una películas por la mente. Historias como: que había descubierto la verdad y prefería no contarme. O que los asesinos lo habían secuestrado y estaban a punto de matarlo, no si antes torturarlo, por supuesto. O, por qué no, quizás tenía algún romance o relación con alguien y pese a que lo nuestro había acabado hacía mucho, era mejor que yo no supiera y así evitar malos entendidos. En fin, traté de ser más racional y en mi afán de olvidar todas esas tonterías, decidí regar las plantas. Mientras regaba la orquídea, me puse a pensar qué habría pasado con el teléfono de Miguel. Cómo era posible no haber pensado que tal vez ahí estaba la verdad, o por lo menos algo que pudiera ayudarnos a descubrirla. Llamé a José para decirle lo que se me había ocurrido, pero respondió la grabadora. Luego, le envié un mensaje de texto, diciéndole que necesitaba hablarle, pero no me respondió. Esperé creo que quince eternos minutos y sin pensarlo tomé mi cartera y llaves para ir a su casa.

Justo en la esquina antes de llegar, mientras me detenía en un disco pare, vi que había un par de luces de la casa que estaban encendidas y una moto frente de la puerta. No sé si fue por miedo o qué, pero decidí estacionar fuera de la casa de al lado. Dudé si tocaba o no el timbre, de todas maneras tenía las llaves que José me dio cuando todo esto comenzó. Decidí entrar.

No había puesto el segundo pie dentro la casa, cuando enseguida reconocí la risa de José y la de alguien más. Me extrañó pensar que pudiera estar de tal humor porque hacía mucho que no lo veía así. Sin dudarlo dos veces, casi medio gritando le dije: “¡José, José, permiso!”.

Creo que no tardó más de un segundo en aparecer. Su cara estaba desfigurada y sus ojos, como tantas otras veces, me asustaban.

“¿Qué haces aquí?”, me preguntó. Te pedí que no vinieras, dijo agresivo.

Por un momento, que juro solo duró un respiro, pensé que toda esta situación no era normal, algo pasaba, así que debía actuar con naturalidad.

Mirándolo a los ojos, dije lo primero que se me vino a la mente: “José, sabes que soy un desastre. Olvidé pagar la cuenta de la luz, así que no tendré electricidad hasta mañana”, le dije. “Y como tengo las llaves y pensé que no estarías, decidí venir. Pero si estás ocupado, me voy”, dije mirándolo con naturalidad.

Estaba muy inquieto: “Espérame en el living” me dijo. Dando media vuelta, retrocedió y agregó: “Quédate ahí hasta que yo venga”.Y se fue.

Eso es todo lo que recuerdo de ese jueves, o más bien de esa noche. De lo demás, no tengo idea.

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III. La puerta.

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Llegamos a la oficina, fiel cómplice del que ya no estaba entre nosotros, y nos sentamos en silencio. Miré las paredes repletas de fotos. Me llamó la atención una en particular donde se podía apreciar a nuestro querido Miguel con todo su garbo de juez, ocupación que había llenado su vida en todo sentido. Fuerte, pero cansado, firme, pero agotado. Tenía los mismos ojos de José… esa misma mirada. Sumida en tales pensamientos (y proponiéndome ir a la cocina a buscar un café) escuché el timbre. Como era la menos afectada dentro de los habitantes de la casa, fui a ver quién era sin titubear. Miré por el ojo de la puerta. No lo podía creer. Era el hombre misterioso, el mismo que había dejado abatido en la angustia a mi amigo. Venía con la mujer del auto. Fui  buscar a José.

 

–       Tienes que ver esto- le dije apuntándole la puerta.

 

José palideció y abrió la puerta.

 

-Yo…- dijo el famoso hombre tratando de mirarlo a los ojos.

– Nosotros- lo interrumpió la mujer- bueno, él tiene algo importante que decirle. Vamos, dile.

– ¿Ustedes me han estado siguiendo?- preguntó José.

– Dile- dijo la mujer.

– Mujer sé prudente, por Dios santo- contestó el hombre.

– Es que no puedes estar jugando con esto. Habla ahora. Mira, este chiquillo está sufriendo. Su papá acaba de morir. Dile, habla, entrégale las palabras que puedan calmar un poco su angustia. ¡Un poco de humanidad, por favor!

– Si me dejaras hacer las cosas a mi sería todo tanto más fácil- le contestó el hombre.

– ¡Ah, verdad que te ha resultado todo! ¡Ja! Vuelve a armar tu vida primero mejor será.

– Discúlpela… está un poco alterada- le dijo el hombre a José.

– Me interesa que me explique, señor- contestó mi amigo.

– Yo conocía a tu papá. El juez Miguel Blanco fue uno de los mejores hombres que he conocido.

– Al punto, al punto, vamos, vamos- dijo la mujer haciendo un gesto de ofuscación.

– Yo conocía a tu papá- reiteró cerrando los ojos- uno de los mejores. Lo apreciaba, lo quería. Y hay cosas que tú debes saber en honor a la verdad.

– ¿Esto tiene que ver con el supuesto suicidio?

– Todos sabemos que don Miguel no se suicidó. Primero, están sus principios, su religión. Después, su corazón de guerrero, su fuerza. Imposible. Eso del suicidio no se lo traga nadie. Aquí hay algo más. Y es mi deber que sepas. Que la familia sepa. No importa qué es lo que pueda pasar conmigo después. Estoy dispuesto a aceptar el reto.- dijo emocionándose, al borde de las lágrimas.

– Íbamos a tomarnos un café- dijo José mirándome cómplice- ¿nos acompañan y hablamos? No es tema para discutirlo en la puerta de la casa.

Por primera vez, desde que había muerto Miguel, el famoso juez Miguel Blanco,  pude atisbar un dejo de paz en José. El ya no tan enigmático hombre de la puerta le daba las llaves para la esperanza.

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I. El pánico.

Y bien, después de mucho volvemos con un nuevo proyeto: la que escribe junto a Camila Rodríguez, nuestra enviada especial en Canadá, crearemos en conjunto una pequeña novela por entrega. ¿Cómo será la metodología? Simple, cada semana publicaremos un capítulo. Así, el ejercicio escritural consistirá en seguir la historia con lo que la otra haya tejido recién. Sin ponernos de acuerdo en nada, elaborando según lo que dicte la inspiración.

Debo decir entonces que le doy la bienvenida al capítulo nº 1. Amén.

 

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I. El pánico.

“Si alguien se llegara a enterar, no podría resistir el pánico”, habría escrito Miguel antes de suicidarse. Eso me estaba contando José, su hijo, cuando se le derramó el café. Sus manos temblaban y miraba a alguien que pasaba por fuera del restaurante. “Creo…”, me susurró, “creo… o estoy casi seguro, cada vez más, creo, tú sabes, y yo… que puede no haberse tratado de un suicidio. Conoces todo lo que sabía mi papá, sus investigaciones, sus luchas, sus peleas, pero esto último… esto nadie lo sabe, incluso yo no creo estar seguro de qué se trata.”

No sé por qué me molestaba el suelo sucio y el mozo en su intento de limpiar el café. A veces las cosas se deberían dejar así, pensé, aunque en este caso era mejor llegar al fondo del asunto.

José miraba hacia la calle. Se le empañaban los ojos cada tanto y tomaba aire para volver a retomar la palabra. Yo conocía a su familia desde muy pequeña y si había algo que podía dar fe acerca de  su papá era que la integridad lo definía por completo. Un pan de Dios y un justiciero. Por eso mismo no me llamaba la atención que tuviese tantos problemas y enemigos a lo largo de su vida y por ende el cuento del asesinato me hacía bastante sentido. Yo miraba a mi amigo y me limitaba a escuchar, a sentir y tratar de contenerlo, pero qué tanto podía hacer cuando no había pasado más de una semana desde que Miguel había dejado de estar entre nosotros. Ahora era un pañuelo. Nada más que eso. Después podía ser, quizá, un arma.

El pánico. O algo parecido al el horror de “El corazón de las tinieblas”, el mal profundo en el corazón del hombre, nuestra naturaleza bañada en barro y ríos de sangre. El café en el suelo y el olor a desinfectante en el trapo del mozo. “Mata el 99,9 de gérmenes y bacterias”. Por Dios qué importante era ese 1%. Ahí estaba la clave. En eso justamente estaba pensado mientras me hablaba cuando José se levantó de golpe de su silla y salió corriendo. Me fijé que había dejado su bolso del computador, así que lo tomé rápidamente y lo seguí. Iba tras de un personaje que había estado mirando desde el inicio de nuestra reunión. El tipo corría sin mucho éxito porque era cojo por lo que no me alarmé y me aseguré que José lo alcanzaría más temprano que tarde. Pero cuando llegó a la esquina de la calle un auto frenó y se llevó al susodicho. Alcancé a ver a una mujer de unos 40 ó 50 años que manejaba. ¿Su cara? Podría decir que me sonaba familiar, correspondía al prototipo de mujer chilena. En fin, si saliera en el diccionario una definición de “chilena” una foto de ella podría ayudar de mucho. No sé si me doy a entender. Bueno, a los hechos: José retrocedió abrumado y fue hacia mi. Me abrazó y en un hilo de voz me dijo: “Lo vi en el funeral de mi papá. Ahí estaba. Nadie supo decirme quién era y ahora, cuando se dio cuenta que lo estaba observando y quería preguntarle, salió corriendo.”

Lo fui a dejar a su casa, regalándole palabras en el camino que intentaran calmar su incertidumbre. Trataba de convencerlo que se trataba de una coincidencia, que quizá el tipo se había asustado por cómo se había aproximado, bla, bla, bla. Cosas que ni me las tragaba yo en verdad, todo tratando de calmar su angustia. Lo cierto es que sabía que José iba a llegar a su casa a pensar en lo sucedido y trataría de averiguar lo más posible sobre el caso. Y sinceramente lo mismo hubiese hecho yo.  ¿Qué podía hacer para ayudarlo? Quizás no demasiado, pero algo tenía en mente.

 

 

 

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La fábrica de los cuentos.

La fábrica de los cuentos.

La fábrica de los cuentos abre sus puertas.

Queridos alumnos:

¡Es aquí donde deben dejar sus comentarios! Sí, con sus historias completas, sinopsis o parte de ellas. Como gusteis. Todo con el fin de aprovechar esta última semana y poder comentar, corregir y editar lo que sea necesario. Son bienvenidos todos los lectores que paseen por esta página que quieran dejar sus palabras de aliento. ¡Ánimo y adelante!

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Las propuestas iniciales.

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Otro ejercicio interesante al momento de practicar la escritura creativa es utilizar ciertos juegos como los dados Rory’s Story Cubes. Estos nos permiten forzar la pluma hacia ciertas situaciones o personajes que no necesariamente estaban dentro de nuestros itinerarios. Practicamos así el método (sin dejar el goce de lado) y nos permitimos poner en pausa la pura inspiración. Este fue el segundo ejercicio que realizamos en el taller, basándonos en las historias que la mayoría ya tenía en mente. La idea era tirar el dado cuantas veces quisieran y así ir hilando nuevas ideas, personajes y situaciones que podrían componer lo que va a ser el gran cuento final. Creo que fue una experiencia motivadora para todos, incluyéndome. Lo que podrán encontrar acá son algunas de las propuestas que nos ayudaron a crear los Rory’s Story Cubes.

“Descubrió que la clave para el control del viento residía, principalmente, en el control de sus emociones. Si estaba alegre, soplaba una suave brisa y no había problemas; pero, si se enfurecía, se podía desatar un vendaval del que no tenía control. Por lo tanto, debía mantener un fuerte dominio sobre sus emociones de manera que no fueran ellas quienes mandaran, sino ella (nombre)”.
“La tristeza al saber la muerte de su mejor amiga la invadió. Sabía que no debía perder el control de ella misma, pero, francamente, no le importaba. La pena la consumía, pero ni una lágrima cayó de sus ojos. El viento desapareció; no fue como si dejara de soplar, sino que simplemente no estaba, se había formado un vacío en el aire. Vacío que la gente sentía ya que, repentinamente, les costaba respirar. Se ahogaban de la misma manera en que ella se ahogaba en su dolor”.
“Conocía el nombre de su asesino. Supo su nombre y todo se volvió negro. La ira tomó control de su cuerpo y dio forma al viento. Jamás nadie había visto tal vendaval. Los árboles eran arrancados de raíz, los tejados de las casas se desprendían y la gente debía aferrarse de donde podía (lo que no era mucho). Todo lo arrancado giraba alrededor de ella, al compás de su pelo también descontrolado. Nada ni nadie podía calmarla. El asesino no tenía escapatoria”.
“Sólo él podía calmarla. No podía acercarse mucho, pero ponía todo su esfuerzo en avanzar y hacerse oír por sobre el ruido. Él era el único que conocía su poder por asistir, desgraciadamente, a la primera manifestación de éste (no es buena idea hacerla enojar). Ya estaba cerca. Ya casi podía tocarla. La tomó de la mano y la giró. Sentía su ira y casi retrocedió. Sin embargo, la abrazó, le dio un beso en la frente y susurró: “tranquila…” El viento amainó bruscamente. Su pelo cayó con suavidad sobre su cara y lo miró. Y lloró”.
Trinidad Barriga Cruzat.
El dios del trueno.
Todo era más simple cuando los vikingos aún poblaban la tierra. Nuestro consistía, solamente, en proteger a los humanos de los gigantes. Pero luego llego el romano, el hombre civilizado que arraso con los bosques para construir sus ciudades.  Aquel hombre que aprisionaba los campos con adoquines para adornar su incapacidad de dar brote a un nuevo pensamiento. Para los hombres pasaron muchos años, y con el paso de estos fueron olvidándose de nosotros, ahora no somos más que una historia que se les cuenta a los niños. Ya no saben distinguir si venimos de Grecia o Britania. Somos sólo ficción. Mi nombre es Loki, dios del engaño y las travesuras. ¿Cómo pueden creer lo que voy a contar si soy el dios del engaño? Bueno, no lo hagan, soy un simple mensajero del legado de mi hermano y quiero traspasárselo a ustedes. Aún recuerdo la primera vez que vimos a Emer. Thor y yo queríamos visitar Midgar, pero Odín no lo permitía. Por esto decidimos escabullirnos por uno de mis pasadizos para salir de Asgard. El problema fue que, al no ser como el Bifrost, nos dejó en una zona que desconocíamos, una pequeña ciudad en la isla llamada Irlanda. El paisaje deslumbró nuestros ojos, la vegetación era impresionante, una manta verde cubría las colinas mientras lagrimas del cielo mojaban nuestros rostros. Sin embargo lo más hermoso era ella, una joven caminaba bordeando el río. De pronto la orilla se derrumbó y ella comenzó a caer, Thor se precipitó a rescatarla y logró sacarla del río antes de que se ahogara. ¡Por Frejya! Ella era preciosa.  Una cabellera negra azabache enmarcaba su cara, de nariz pequeña y tez blanca; labios brillantes, pero desgastados por el implacable clima de esa región; su silueta era sencilla y bien definida, de estatura pequeña. Lo más perfecto eran sus ojos, ojos de un verde escarlata que reflejaban a la perfección el color del paisaje. Thor la despertó suavemente, ¡que ganas de haber sido yo quien la rescató! Creo que fue amor a primera vista, mi hermano la conquisto con su caballerosidad y melena dorada, sus penetrantes ojos azules marcados por una estrella en la iris fueron los que le robaron el corazón a la mortal.
Carlos Rodríguez Hurtado.

  Cuando se murió mi bisabuela. Recuerdo pocas cosas, pisos de madera, en el patio un parrón, quizá, que ya no daba uvas, porque parece que todo en esa casa se iba muriendo. Tenía 5 años y  estaba con mi hermano Claudio, mi hermana Filomena y mis primos Jorge y Diego. Jugábamos debajo del parrón y yo vestía un trajecito de lo más ridículo, el traje sumado al calor de esa tarde de verano, hacía que me picara todo el cuerpo. De pronto nos llamaron adentro de la casa, para celebrar una misa por mi bisabuela. Siempre me llamaba la atención que hubiesen tantos señores, en estas cosas familiares,  que te demostraran tanto cariño sin que me conocieran realmente. Yo jamás había hecho nada por ellos y aun así me daban besos y me decían que estaba grande, que por lo demás, yo sabía que no era cierto. Muchos me dijeron que me habían conocido de guagua y eso me dio vergüenza, se supone que solo mi mama me debió de conocer de chico. El hecho de que gente extraña me hubiese visto quizá desnudo, aprovechándose de mi inconciencia de recién nacido me resultaba sumamente inquietante y hacia que me picara aún más el cuerpo. Durante la misa moleste a mi mamá sacándome los mocos, ella me pegaba en la mano cada vez que la metía en mi nariz. Este es un favor que le hago a veces a mí mama, porque después le cuenta a sus amigas que Alfonso esto, Alfonso lo otro y se ríen a carcajadas de las cosas que hace uno. Es para que haga cosas de mama y  se sienta orgullosa de ello. Después de la misa, nos llamaron a todos los primos porque nos tenían una sorpresa. En el segundo piso, lugar al que jamás habría tenido la osadía de subir solo, había una mesa. En esta mesa habían repartidos, cientos de cosas, lapiceras, relojes, cadenas, fotos, adornos, etc. La idea era que cuando contaran tres, cada uno sacara lo que le gustase. Como yo era pequeño, cuando comenzó la repartija no pude sacar nada, asique mi papá saco una cortapluma para mí y me la dio. En un principio no le di mucha importancia a la cortapluma.

J. Agustín Silva Alcalde.

  Cuando desperté vi algo raro en mi cama; yo no recuerdo haberme acostado en este lugar. Y esta camisa ¿Cuándo me la puse?  Me tiene los brazos entumidos. – ¡Ana!  ¡Ana ven aquí por favor!                                                                                                                                               – Silencio don Juan que va a despertar a los demás.                                                                                                                    – ¿Qué demás? ¿Quién es usted? ¿Dónde está Ana? ¡Ana!                                                                                                    – Cállese, que está en un hospital -le dice la enfermera en tono firme y casi susurrando.                                                                                                                                                                                        – ¿Quién es usted? ¿Por qué me hace callar?                                                                                                                               – Soy la enfermera que esta a cargo de usted, y le hago callar porque no se puede gritar en un hospital. ¿Por qué estaré en un hospital? ¿Habré tomado tanto anoche que  no me acuerdo de nada? pero ayer fue lunes, yo no tomo en días de semana. – ¡¿Qué está haciendo?!                                                                                                                                                                    – Le pongo una inyección para que se tranquilice. Eran las seis de la tarde, ya había pasado un mes desde que Juan está internado; Ana está en el pasillo, siempre atenta a lo que pasa, es que aún no puede creer lo que sucedió. -¿que pasó? hasta acá se escuchaban los gritos de Juan, ¿se va a mejorar?                                                                        -no creo, ya es quinta vez que se levanta pensando que está en su casa, no entiendo por qué no muestra mejoría, pero ya lo sabrá el medico con los exámenes.                                                                                         -espero que se mejore, no se qué haría sin él. “Más de lo que haría con él” pensaba la enfermera, riéndose por dentro pero mostrando compasión en el rostro. 2 de Febrero Cuando Ana miró dormir a  Juan se veía preocupada, en verdad necesitaba saber qué le pasaba a su marido; en treinta años de casados jamás había dado muestra de alguna enfermedad; ‘’ ¡es que él era muy sano, no es posible que de repente haya perdido así la cordura! ’’ Pensaba con angustia. -Ana, ¿Qué haces mirándome así?                                                                                                                                                            -¡Juan! ¡Estas despierto!                                                                                                                                                                               -¿En qué lo notaste?                                                                                                                                                                                      -sigues con el mismo humor de siempre.                                                                                                                                             -¿A qué te refieres?                                                                                                                                                                                    -¿No te acuerdas de nada?                                                                                                                                                                                  -claro que acuerdo de todo; ayer cenamos juntos como siempre, y luego de fumarme cigarrillo me acosté, y ahora me miras como si mil cosas hubieran pasado en una noche.                                                                                                                                                                                               – ¡Es que un mes entero ha pasado desde esa noche! -le dice con desesperación.                                                                                                            -¡como se te ocurre semejante cosa!  ¿Dices que he perdido un mes de mi vida sin saberlo?                                                          -¿es  que acaso no te das cuenta de donde estás? , esta no es la casa, en la noche de la que me hablabas, luego de cenar te desmayaste y llamé a la ambulancia para que te fueran a buscar, y ahora despiertas pensando que estas en la casa, y que solo a pasado una noche.                                                             -no es posible, y ¿Por Que me habrá pasado eso?                                                                                                                        -eso es lo que está averiguando el médico                                                                                                                                      -pues anda a ver  lo que sucede y después me cuentas. Ya son las doce y media de la tarde y Ana se encuentra con el médico para preguntarle acerca de los exámenes, prestando atención a cada detalle de lo que le dice.                                                                                           – ¿Que tiene mi esposo doctor?                                                                                                                                                                     -los exámenes no muestran algún daño cerebral, por algún motivo que desconozco no puede guardar los nuevos eventos en su memoria y por eso despierta siempre pensando que es el mismo día                                                                                                                                                                                               – ¿Qué podemos hacer?                                                                                                                                                                                        -lo más conveniente es que evaluemos cómo va evolucionando su situación, esperando que pueda retener en su memoria todo lo que ocurrió en el día y despertar al día siguiente con la capacidad de recordarlo.                                                                                                                                                                                                                   -iré a decirle lo que le ocurre, para que pueda hacer un esfuerzo para no olvidar las cosas que pasan.                                                                                                                                                                                                             -creo que lo más conveniente sería no decirle nada, para no  hacer trabajar más su mente y así no nos arriesgamos a un problema mayor.                                                                                                                                               -tiene razón…                                                                                                                                                                                                                 -y es mejor que usted vaya a distraerse a algún lado, para que no le afecte demasiado.                                                                                                                                                                                                   -sí, lo más conveniente seria irme unos días con mi hermana, para despejarme un poco. 3 de febrero                                                                                                                                                                                                                 ¿Qué hago aquí? Quizá qué porquería habré hecho. Mejor me voy antes de que me encuentren.  ¿Cómo podré irme sin que se den cuenta?, abriré la puerta para ver si hay alguien, ¿será esa mujer una enfermera? Aprovecharé que entró al baño para irme. Al salir a la calle, don Juan se sube a un taxi sin darse cuenta de que llevaba puesto el camisón del hospital. -Buenos días -Buen día, ¿A dónde lo llevo? -Lléveme a Av. Grecia por favor. -Bueno… ¿y ese camisón? Si parece que viene de una operación-le dice el taxista con tono burlesco. -Es que estaba en curaciones, pero me dio miedo y me arranqué así no más. Luego; cuando  Juan llegó a su casa, se dio cuenta de que no tenía las llaves para entrar, por lo que decidió entrar por la ventana que siempre permanecía abierta por la claustrofobia de Ana. Una vez  que logró entrar comenzó a vestirse, al  salir no sabía que hacer puesto que era ya muy tarde para ir a su puesto de trabajo, así que decidió ir a tomar un café en el restaurante   que le quedaba más cerca y al cual iba de vez en cuando. -Hola, me puede servir un café por favor. -¿Lo quiere con o sin crema? -Con crema por favor. ¿Y en que momento se dejó crecer el  pelo este otro?, si les sale de un día para otro, y uno que cada día va quedando más pelado. -Gracias ¿Por qué habré despertado en un hospital?, es muy raro. Al momento en que se tomó el café pidió la cuenta para irse a caminar por la calle. Ya eran las nueve de la noche cuando Juan decidió volver a su casa para dormir, en el momento en que se da cuenta que no sacó las llaves, y que tendría que entrar de nuevo por la ventana; estaba en eso cuando una patrulla que estaba pasando por el lugar se da cuenta de que estaba intentando entrar a la casa por la ventana, no tenía cómo justificarse, puesto que tampoco tenia sus documentos, así que lo llevaron detenido. 4 de Febrero Cuando don Juan despertó en el calabozo estaba desesperado,  no entendía como podía haber llegado hasta ahí mientras dormía. ¿En qué momento llegué aquí?,  me acuesto a dormir tranquilo con mi esposa y despierto con este pelafustán en una celda, quizá en que me habrá metido, y yo ni lo conozco. -¿Tu sabes por qué estoy acá? -según me contaste anoche por que te estabas metiendo a tu casa -dice burlándose el compañero de celda. ¿Éste está loco?, cómo me van a llevar preso por entrar a mi casa, y encima de todo que se lo dije anoche, ¿creerá que soy imbécil? claro que si le digo algo quizá qué cosa me hace. -¿y crees que estemos mucho tiempo aquí? -no, si aquí nos sueltan rápido, siempre es lo mismo, te hacen perder una noche, y después con suerte firmas una vez a la semana. – ¡Ya! Paren de cuchichear, se tienen que ir por falta de cargos, y espero no volver a pillarlos de nuevo. -entendido – respondieron al unísono. En el hospital todo era confusión, no podían entender cómo se les podía escapar una persona en ese estado, la enfermera que tenía a don Juan a su cargo estaba vuelta loca, ¿Cómo explicaría lo que pasó? ¿Cómo puede irse un paciente sin que nadie se diera cuenta? Don Juan, al no poder comprender lo que estaba sucediendo decidió ir a tomar algo por ahí; cualquier cosa servía para distraer su mente de esa interrogante que lo estaba matando. ¿Cómo fui a parar de mi cama a una comisaría?, de la cama al refrigerador puede ser, ya me ha pasado muchas veces, pero de la cama a la comisaría, ¡imposible!

Ismael Sánchez.

Cuatro personas aceptan voluntariamente viajar al fin del Universo para descubrir lo que allí se esconde. Es un viaje sin retorno y, por lo tanto, muy significativo y personal para los tripulantes, los cuales sufrirán las consecuencias de estar tan lejos de sus hogares y de la civilización.
Felipe Stark.
Dos niños, un hombre y una mujer entre diez y doce años, se juntan un día para ir a la casa abandonada que se encuentra en la esquina de su calle. El cuento transcurre en la inspección de esta casa a la que van y según las cosas que ven y se encuentran dentro de ella se imaginan lo que pudo haber pasado allí, las personas que la habitaron, las cosas que pudieron ocurrir…
Es un cuento principal dividido en dos relatos paralelos: lo que ocurre en la imaginación de los niños, cada uno por separado porque imaginan cosas diferentes, contado a modo de relato, no sólo imágenes estáticas.
Magdalena Navarro.
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Poi si tornò all´eterna fontana.

Con mucha impresión me he leído “Una pena observada” del autor C.S. Lewis. Digo impresión porque si hubiese estado soñando hubiera pensado que se trataba de un sueño dentro de un sueño. Al repasar las palabras, me parecía que él estuviese describiendo justamente todo lo que yo había pasado y pensado desde la muerte de mi (nuestra) hijita Sofía de 7 meses de gestación. Lewis lo escribe a propósito de la muerte de su señora, Helen Joy Gresham. Un ser humano tan intelectual para algunos, tan académico, tan profesor, tan usted y tan señor, se pone a escribir desde el corazón, desde el pathos mismo. De hecho según el prólogo del libro (que lo escribe su hijastro) el autor nunca pensó en publicar sus pensamientos acerca del suceso, sino que más bien eran hojas que intentaban pararlo más o menos estable dentro de ese terremoto emocional, palabras para desahogarse, para entender quizá. Es un libro corto, cosa que nos dice que la tristeza no es una serie de pasos, sino que uno decide “terminarla” cuando comprende que es un proceso con el que uno cargará por toda la vida.

No me avergüenza decirlo (en realidad ahora pocas cosas me deshonran): tuve que recurrir a un psiquiatra. Y, claro, medicamentos y todo lo que eso implica; ser un poco zombie, estar un poco frustrada, agregar pena a la tragedia. Pero Lewis escribe que sentía lo mismo que yo le conté al psiquiatra. Bueno, mucho más brillantemente y con el lenguaje propio, yo prácticamente ladraba y si luego el doctor agregaba la pregunta de a qué me dedicaba tenía que esconder la cabeza para responderle que hacía clases de literatura y lenguaje. Yo no sé si Lewis tuvo que pedir ayuda e ir a ver a un especialista, yo no sé si tomaba algo que ordenara sus neuronas (también desconozco si en esa época existía algo así), pero él describe lo mismo que yo al principio:

Nadie me dijo nunca que la pena se siente casi igual que el miedo. No tengo miedo, pero la sensación es la misma; esa agitación del estómago, esa inquietud, bostezos. Paso tragando saliva. (…) Me cuesta absorber lo que dicen los demás. O quizá no quiera escucharlos. Es tan sin interés. Pero deseo que los demás estén cerca. Me aterran los instantes en que la casa está vacía. Si tan sólo hablaran entre sí y no conmigo.

Yo también, como Lewis, pensé que era una tortura que me mandaba Dios, yo también tenía y tengo ese miedo que acecha en cada rincón, esa pena, ese morbo, esa condena de no tener buenas “fotos”  y recuerdos de ella. Pero igualmente pienso que su idea completa no es la que yo poseo, y que si me acerco a Dios me acerco a mi hija, pero que tengo que ordenarme: primero Dios, después Sofía. La amo, y cómo la amo, pero primero el Amor. Desde mis incompetencias puedo sospechar que Dios me mandó esto para desear el Cielo, pero con la trampa de que ese anhelo estuviera marcado por mi maternidad, de las ganas de volver a estar con Sofía. Pero ahora, ya pasado un poco el tiempo, veo que también quería decirme que ese era un regalo, pero ese regalo no se hizo solo, por lo tanto… ah, y cómo menciona Lewis eso de que su fe estaba hecha una casa de naipes, y que Dios quería destrozar ese hogar para que creciera en su credo: ¡cómo lo entiendo! Cuando murió Sofía me consolé diciendo: bueno, ella está en el Cielo, eso es seguro. Y algún día me reuniré con ella. Pero a los días me arrastraba pensando: ¿verdaderamente creo en el Cielo? ¿dónde está? ¿dónde está ahora mi hija? Y me di cuenta que tenía mucho camino por recorrer, que mi fe no era ni un cuarto de lo fuerte que yo pensaba que era. Ahora sólo me queda abrazarme, aunque sea colgando a la Misericordia de Dios, al manto de la Virgen, a todo aquel que me pueda hacer crecer en  la fe. Haciendo eso me acerco a Sofía. Perdón, haciendo eso me acerco a Dios, luego a mi Sofi.

Y… las coincidencias… que no son… Lewis nació un 29 de noviembre, fecha estimada del parto de Sofía. Ella partió a la fuente eterna el 12 de septiembre, día del Santo Nombre de María, día de su Mamá Perfecta a quien siempre le pedí ayuda y con la cual está ahora regaloneando. Ella sabe que mañana, 12 de diciembre, en que se conmemora la aparición de la Virgen de Guadalupe, estaremos todos unidos y rezando para que el Señor nos envíe un hermanito(a) y, lo más importante, que la Misericordia permita que todos nos reunamos en el Cielo y recuperemos el tiempo perdido.

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Recordando a Japimapa

ACTIVIDAD CULTURAL/ Fuente: DIARIO EL MERCURIO

Sábado 25 de Junio de 2005

¿Corrientes de escritura o escritura corriente?

Los blogs sirven para que sus dueños expresen lo que se les dé la gana y sus visitantes también. Eso incluye la literatura.

ANA MARÍA HURTADO

Ahora cualquiera tiene su blog. Es la tendencia y también la idea. Sin grandes descripciones personales ni fotografías, en ellos la gente se conoce por sus dichos y no por sus caras, sus voces o sus datos personales. ¿No era esa la gracia de internet? En ella todos somos iguales, y los detalles contingentes de los autores no deberían importar. Eso ya sería periodismo, y los blogs son una reacción contra el periodismo. Marx lo habría explicado bárbaro: una vez que se despliega toda la situación (léase el auge del capitalismo y la masificación de la tecnología en tanto influencias sobre la información que maneja el público), recién se dan las condiciones para las fisuras. Porque los blogs son fisuras, pequeños chorritos que se cuelan entre el enorme muro de contención sobre el cual pasa el gigantesco, avasallador (y mortal) chorro de informaciones: el oficial.

¡Qué panorama tentador para los aficionados a leer y escribir! Tener un sitio propio que hable de libros, comente y recomiende. En Chile aún son pocos, pero hace sólo unos meses eran aún menos.

Letras en la red

Paul Auster, Julio Cortázar, Truman Capote, Juan Emar y varios otros aparecen con sus fotos y comentarios (es cierto, algunos de ellos de asumida y descarada frivolidad) en http://japimapa.blog.com. Lo mantienen dos chicas, y una de ellas huele a arquitecto, dada su ciega devoción a Godofredo Iommi. De hecho, también se habla de Amereida. Es un espacio bien escrito, con una dosis calculada de acidez e ironía, y con comentarios personales pero bien informados sobre un espectro amplio de autores. También hay otras cosas, como una sección llamada “Yo recomiendo” (a la que le falta combustible) y reflexiones varias sobre temas de actualidad.

También muy bien escrito, http://www.6109.cl/distemper versa sobre la vida cotidiana de su autor (un hombre al que le gusta el queso), pero buceando hay sorpresas (quién sabe si de ficción o realidad) como la de que su autor sería sobrino de Roberto, el amor de María Carolina Geel, al cual la escritora asesinó en 1955, antes de publicar “Cárcel de mujeres” (por cierto, tras las rejas). Ahí está la historia y muchos comentarios. En http://periodismoglobal.blogspot.com/, el periodista Fernando Meza mantiene un sitio muy completo cuyo grueso son noticias -pero no las que destacan los medios- con sus respectivos comentarios. El autor cree en los cruces entre literatura y su profesión, destacando vivencias de otros profesionales alrededor del mundo, como las de Florence Aubenas, la periodista secuestrada en Irak recientemente liberada.

http://nomevenganconcuentos.blog.com/Escritores/ es un “trabajo y reflexión de los alumnos de Lenguaje y Comunicación de los colegios Padre Hurtado y Juanita de Los Andes”, según reza en su encabezado. Hay entradas para los escritores que los alumnos leen y una cantidad bien impresionante de comentarios y reflexiones de buena calidad sobre los mismos.

El sitio promete ir creciendo en variedad de autores a medida que el curso avance, pero la selección inicial ya está interesante: J.D. Salinger, Jack London, O. Henry, Patricia Highsmith…

http://www.pellin.blogspot.com/ también es un sitio dirigido a estudiantes de literatura, pero menos estructurado que el anterior (aunque aparentemente está orientado al mismo público). El énfasis acá está en la poesía, y hasta el estilo de las notas tiene intenciones huidobrianas. Altazorescas, para ser más precisos. Hay mucho sobre este poema, referencias a Paul Eluard, reflexiones sobre la novela corta, etc.

Y ficción

El fenómeno de los blogs es especialmente apto para ensayar la recepción del público cuando se quiere hacer de la literatura una profesión.

En ese caso, elegir algo para leer es como apostarse en una librería gigantesca, de esas donde no se sabe por dónde empezar, con el agravante de que ningún autor es conocido.

Un link recomendable es http://www.dmoz.cl/index.php?browse=/World/Espa%C3%B1ol/Artes/Literatura/Bit%C3%A1coras/. Desde ahí se pueden pinchar gran cantidad de portales de producción literaria y otros tantos de reflexión sobre escritura en general, en países hispanohablantes. Claro que al principio puede ser caótico (y lo es), pero en eso radica gran parte de la aventura. Uno podría preguntarse de qué sirve la libertad de información si hay tanto ruido que nadie escucha. La famosa libertad también se trunca cuando las elecciones posibles son demasiadas. Pero ser un “lector activo” (ya sea frente a la actualidad o a la ficción) requiere su tiempo. Es un trabajo de (re) y (com) pilación para armarse una historia diferente de la que viene contada en los diarios y revistas comerciales o formales. En ese sentido, los blogs -leerlos y también hacerlos- pueden marcar una diferencia. También tienen sus ventajas prácticas frente al papel: es gratis y no termina por ahí amontonado… pero también es cierto que no se puede llevar al baño, ni tampoco sirve para envolver pescado.

EN SUDAMÉRICA

EL PERUANO Iván Thays (“El viaje interior”) mantiene http://www.notasmoleskine.blogspot.com, donde recomienda y comenta profusamente autores, crónicas y revistas hispanoamericanas.

TAMBIÉN http://jorgeletralia.blogsome.com/ se dedica a la crítica y al comentario, de la pluma de Jorge Gómez Jiménez, editor de http://www.letralia.com y también escritor. Ambos con mucha información y links, incluyendo a sitios chilenos.

http://nomevenganconcuentos.blog.com/Escritores/
Comentarios sobre Salinger, Jack London o P. Highsmith.

http://www.pellin.blogspot.com/
Dirigido a estudiantes de literatura.


© El Mercurio S.A.P

Photograph: Public Domain

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