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Marraqueta.

Una antigüedad del recuerdo. Recopilando antes de volver a la carga.

marraqueta

Marraqueta

I.

¿Televisión Nacional? No lo sé bien, el punto está en que nuestro presidente estaba hablándole a su pueblo mientras yo escuchaba el sonido de los tambores de mi hermano, provenientes del subterráneo. Creí notar que murmuraba algo mientras llevaba el ritmo en la batería. Pensé en que sería una grabación. Año nuevo. Me dije a mí misma: “Una bonita manera de despedirse”. Imaginé luego la sangre o el cadáver sin rastros de líquido alguno. Seguí mirando al presidente que hablaba algo de un proyecto educacional y de los “dineros nítidos”. Apagué la tele para concentrarme en mi marraqueta con queso.

Nada de sangre ni despedidas. Todo estaba en su lugar como nunca. Darían luego las doce cero cero del nuevo año y sólo una copa quebrada se saldría del contexto perfectamente pensado. Las viejas con olor a bronceador corrían por las calles maletas en mano, pensando que ese acto las llevaría a viajar durante alguno(s) de los nuevos 365 días. Yo, muy por el contrario, pensaba vivir un estanco; ya estaba bueno de escapar por lugares extranjeros. Ahora vería qué podía producir mi cabeza y la ciudad de Santiago. Si bien es verdad que amo el sur apasionadamente, casi obsesivamente, es también cierto que cada uno de nosotros puede ser su territorio preferido de vez en cuando. Al menos lo deberían intentar. Puede ser una buena experiencia. En serio.

Una amiga decía que me gustaba irme de viaje por el infierno; sin embargo, yo siempre anduve por espacios neutros, libres de conflictos. Nunca me arrepentí de hacerlo. Y cuando salga de estas páginas, lo seguiré haciendo. Eso lo aseguran mis dedos sobre las teclas. Son los mejores compañeros que me pueden ayudar a alcanzar esa meta.

II.

Antonia toma un papel y escribe: “¿Televisión Nacional?…”, teniendo en mente su marraqueta. Se acabaron para ella los viajes y los contratos de seguridad a largo plazo. Ahora, tiene que salvarse ella misma y espera que esas palabras la guíen por buenos senderos. Partir de cero otra vez. La desconcentra el ruido que hace su hermano tocando batería. Se levanta y va hacia la puerta que da al subterráneo. Cuando el de su sangre se cansa de tocar, ella aprovecha el momento y le grita: “Hey, nada de grabaciones, de despedidas ni de rojo abundante en Año Nuevo, ¿entendido?” Él sale de su ocupación y le regala una sonrisa: “¿De qué hablas, loca?”, le dice riendo. Ella se aleja aplaudiendo.

Le gusta que le crean sus historias paralelas.

Porque, en todo caso, ella misma podría ser una.

La autora pide las disculpas pertinentes al caso si es que, a pesar de las contingencias, se han sentido dolidos, ya que parte de este manuscrito lo creó postrada y quizá, quién sabe, algún fluido que no solía estar en ese lugar interfirió en el funcionamiento normal de sus neuronas. Seguiremos, pues, sin locuras y con las historias paralelas. Todo a partir, recuerda Antonia, del deseo por una marraqueta con queso.

Su abuela había muerto hacía unos cuatro años atrás y ella no usaba hablar de ella. O mejor dicho, en este caso en concreto, escribir sobre. En sueños sólo lograba la presencia de su abuelo también difunto. Suponía que le era más fácil recordar la figura pseudo cinematográfica de él, tal vez porque antes no lograba descifrar el arte que existía en los días que la había visto justo antes de morir. Un día en efecto. Antonia había llevado un libro a la clínica por dos razones: uno, porque la evasión era uno de sus efectos y la podían sacar de cualquier situación incómoda y, segundo, porque tenía prueba al otro día. Nada serio en todo caso. Finalmente, el libro le ayudó. Entró a la pieza y ahí estaba la anciana en un estado realmente penoso. Antonia le besó la frente y le habló una cuantas palabras. Lo único que recuerda de esa conversación es que en algún minuto su abuela le empezó a preguntar acerca de lo que pensaba hacer con su futuro académico. Luego de la respuesta de su nieta, ella le contestó: “Sí, si tú vas a ser una artista”. Ella se quedó pensando y asintió sin mucha seguridad con la cabeza. Luego se sentó a su lado y se puso a leer. Poco se pudo concentrar con el ruido de las máquinas que la mantenían con vida. Posterior a eso, casi nulas veces pudo tolerar la música electrónica: ésta era para su persona como exposiciones con fetos muertos. La sequía. El Apocalipsis abofetéandole la cara, recordándole a cada instante: “Hola, amiguita, no te puedes escapar”. A veces eso la hacía reír, otras no.

“No te voy a dejar”, le había prometido Pedro, un amigo que nunca más había vuelto a ver. Las secuencias imborrables de ausencias la hacían pensar en una máquina amable (sin dolores ni ruidos) que lograran reunir a todos los lejanos y cortar conexiones con aquellos indeseables. Ése, ese aparatito sí que sería bienvenido en su reino. Sí. De hecho, ella no le negaba a su conciencia la existencia imborrable de la pieza que quedaba cerca del lavadero. “Experimentos”, se decía a sí misma, “Qué haría yo sin mi cabeza que no se contenta con lo obvio”. Latente estaban la mayoría de las cosas; sin embargo, Antonia sabía y siempre aclaraba, incluso, que uno encontraba ciertos instantes en que era de necesidad absoluta “entrar a picar”, examinar, indagar, exorcizar, cortar, pegar, copiar y extirpar. Una cosa que la sacaba de su cabales, era que su madre se acercara a la puerta del cuarto famoso: en esas circunstancias difícilmente recordaba que aquella era su progenitora y se portaba como una mujer poseída por toda una legión de ángeles caídos. “¿Malos olores?”, le gritaba desde dentro, “Soy limpia y prolija, no me vengas con esas idioteces, además, lo que pase aquí dentro es de simple incumbencia mía y de nadie más en absoluto ¿entendido? Ahora, lárgate a tus piezas con agradables olores a flores artificiales. Gracias”. Y se iba la mujer. Así cada vez que se repetía la escena y Antonia aprovechaba su herencia literata para inventar un nuevo monólogo que ahuyentaba las suspicacias.

Cada una de las partes de su invento de metal, tenía un nombre; una de ellas se llamaba Pedro, en honor a todas las posibilidades de Pedros que existían en nuestro planeta: perdedores, medios genios, exitosos o, inclusive, donjuanes. En honor a lo que no había sido, a las separaciones y por el futuro próspero de su amigo.

Supe de una vez que se quebró el brazo forcejeando con algo junto a la máquina. Si no hubiera necesitado abusar de los movimientos que le permitía el espacio, seguramente no se habría molestado en arreglar el desperfecto físico… quizá como un acto de autocontrol, algo así como aprender a obviar el dolor… En definitiva, se rindió ante esas posibilidades y tomó el camino común, el que su madre hubiera querido.

Los animales también solían acompañarla, el problema estaba en que casi nunca salían de aquel sitio y eso le empezaba a molestar a sus padres desde el momento en que los vecinos habían empezado a llamar a casa preguntando por sus mascotas perdidas.

Había una pieza en la casa, en el segundo piso, que estaba desocupada. El caso era que estaba sin terminar. Eran exactamente veintidós años los que llevaba de ese modo. Seguramente todos hubieran preferido que se ubicara allí con todas sus extravagancias, pero ella se negaba argumentando que no le gustaba estar en lugares a medias, sin identidad, por lo que permanecía en su cueva con una sonrisa que a veces parecía mueca.

No le gustaban las sorpresas mal intencionadas. Lo repetía siempre.

Cierta tarde un tormentoso ex novio llegó a verla. Su mamá le dijo a dicho hombre que, para variar, se encontraba en el subterráneo. Que viera si Antonia se dignaba a abrirle la puerta. Unos pasos hacia abajo, toc, toc, toc. Al percatarse de quién era, la heroína contestó:

  • No confío en tu nombre, ése, es de traicioneros. Conozco a varias mujeres que pueden afirmar mi teoría. Sería mejor que fueras al registro civil, de otra manera tu destino va a ser obvio.

A lo que recibió por respuesta:

  • Mira, cabra chica, no estoy para tus juegos ahora. Ábreme.
  • Por favor.
  • Por favor.

Sin muchas ganas, Antonia dio vuelta la manilla de la puerta, y así fue cómo el hombre en cuestión fue el único en conocer su secreto antes de tiempo. No se escuchó nada durante hora y media, mas cuando su visita se alargaba a más de dos horas, la madre de Antonia pensó oír algo así como un llanto, aunque la verdad es que no se preocupó demasiado. Después, comenzaron gritos, cosa que a la ex suegra le recordó la igualmente ex relación tormentosa. Eso sí la asustó un poco. Por eso se decidió a acercarse a la pieza para escuchar.

  • ¡Egoísta! , eres un monstruo, Antonia. – Alcanzó a oír que le decía el hombre.
  • Sí, sí, todo lo que digas… pero ándate rápido de esta casa, no vuelvas nunca y llévate tu caja; si quieres tírala por ahí, quémala o lo que sea, porque a mí no me interesa. Y no, no soy un monstruo, o por lo menos esa no es la definición correcta. Mal intento. Acuérdate que algunos solían decirme Ma…
  • No me interesa. Realmente eres una mierda y quiero que eso te quede claro. Un mierda…
  • Sí, está claro. Soy rápida.

La madre de Antonia imaginó la cara que debería estar poniendo su hija, con los ojos bien abiertos y la mirada fría, técnica. Pensar eso le ocasionó un dolor en la mitad del pecho, así es que subió las escaleras y se fue a recostar. Sabía que la tormenta ya había pasado.

Pero el diálogo continuaba y él le terminaba por decir:

  • ¡Estás loca!… me da pena ver todo esto. Y veo sigues escribiendo estupideces. Ja, si supieras que no vas a llegar a ninguna parte, que estás perdiendo el tiempo.
  • Es cosa mía. El tiempo no lo pierdo porque es imposible; extraña afirmación la tuya. Y, mira, justamente, estaba escribiendo el final de este cuento, de tu historia. Lo último, antes de que salgas de esta casa y no vuelvas a pisar mi propiedad, va a ser saber tu final.
  • Hey, relájate, ya empezaste con tus instintos psicópatas, me voy…
  • Oye si no te voy a asesinar ni nada parecido, por el momento, no. Sólo quiero leerte tu final… y el mío… para qué estamos con dobleces…

El hombre se quedó tranquilo, ella tomó un papel recién impreso, lo miró a los ojos, casi como lo hacía cuando estaban juntos, y comenzó leyendo:

“…Me propuse ponerme a caminar sin mirar atrás, aunque me congeló la voz de Casandra que me preguntaba si lo amaba y que si así sucedía me podía quedar con él. “No lo amo”, le dije “Ya no sé qué amo”. Me hizo mirarla a los ojos y me susurró al oído: “Entonces deja de tomar papeles que no te pertenecen; vive de lo que es tuyo y no de lo que algún día lo fue”. La lluvia. Cada vez más fuerte y violenta. Supuse que eso era lo que algunos llamaban purificación. “¿Sabes?”, le respondí “Tu hijo hace un momento estaba muerto. Ahora ves que no es más que plena vida. Yo hace tiempo ando buscando algo como eso y no creo haber encontrado cosa tan llena de vitalidad y sin contradicciones. Quizás la lluvia sea lo menos parecido a la muerte. Tal vez.”. La mujer me regaló su última sonrisa y agregó: “Puedes irte”. Recordé a mi abuelo y me puse a caminar.”.

El tipo la quedó mirando como si no hubiera entendido ni una sola palabra. Miró su reloj y le dijo a Antonia que debía irse.

  • ¿Y no me vas a decir nada al respecto? – le preguntó ella.
  • Creo que ya estás lo suficientemente trastocada como para que yo te esté dando opiniones acerca de tus patologías. Lo único que puedo agregar es que no tienes vuelta atrás y que, como decía antes, no cabe duda de que eres una bazofia.
  • No has entendido nada.
  • Lo que pasa es que tú no te sabes comunicar. Siempre ha sido tu problema.
  • El verdadero obstáculo es que tú nunca has sabido leerme, no pones atención…
  • ¿Que no te sé leer?
  • A ver, un ejercicio, deletréame.
  • ¿Deletrearte? ¡Ya estás hablando estupideces!. Me voy de aquí…
  • No, espera, lo que pasa es que ya no sabes jugar. Te llegó el disfraz de joven adulto y ahora no sabes salirte de tu rol.
  • Sí, sí, sí. Ahora sácale la llave a la puerta por favor que quiero salir.
  • Bueno, está bien, en todo caso no te necesito para nada aquí dentro. Pero, lo último, déjame pedirte que te lleves los zapatos rojos.
  • ¿Para qué, crees que a mí me gusta vestirme de mina?
  • No, es simplemente que no los necesito. En realidad, no les tengo ningún cariño, me traen malos recuerdos y, como sé que tú no te vas a volver a aparecer por acá, me da un alivio saber que no los volveré a ver.
  • Mírate, lo dices así, fría, sin escrúpulos, matando, olvidando por capricho… me das pena… pero te odio tanto que no te tengo compasión.
  • ¿Me odias? ¿Y qué haces acá entonces?
  • Intentaba salvarte, eres una de las pocas personas que siento conocer tanto y pensaba que me ibas a escuchar, pero veo que tu intención de que desaparezca no tiene vuelta atrás.
  • Bueno, toma la bolsa con los zapatos – le dijo abriéndole la puerta-, te puedes ir.
  • Y no te quiero volver a ver nunca más.
  • Yo tampoco.
  • Estás maldita, mujer.
  • Es una posibilidad- le dijo cerrando la puerta tras de él.

III.

Tengo frío. Bajo mis pies, diarios esparcidos sobre el suelo. Los piso. Cruje. Y el congelamiento y la idea de que este hombre se acaba de ir. Que no vuelva más, Dios, que no vuelva. Soy mi territorio preferido, gran descubrimiento. Eso me relaja. Pero la incertidumbre está ahí, no me permite cerrar bien los párpados. Algo hay que hacer: ¿Mirar, acaso, lo que está escrito en el diario? Relájate, relájate. Mi territorio preferido, recuerda, yo soy, yo. Página C 11: “La (necesaria) vigencia del arte sagrado”. El paréntesis me ilumina: se acabó la historia. La máquina está lista y esta vez si que no voy a dar paso atrás. No. Voy a buscar un cuchillo a la cocina y final del cuento. Así de fácil. Sin llantos ni quejas. “Medea, Medea, Medea”, me repito. Máquina sin corazón. No, no, no. Nunca me quedó bien esa etiqueta. Renuncio. Pasos hacia arriba. La cocina y mi madre. Me mira con suspicacia. “No pasa nada, mamá”, le digo, “Un cuchillo. Sólo busco un cuchillo”. Cierro el cajón. “¿Y qué quería ese niño?”, me pregunta. “No sé”, le respondo. Abro la puerta para bajar hacia mi paz, pero me detiene algo. Parezco en pausa. Doy vuelta la cabeza y me percato de que se acerca mi papá. Algo hablan con mi madre. Vuelvo en mí. “Padres míos”, le digo, “los quiero mucho”. Me alegra el hecho que mi mamá esté distraída, así es que aprovecho la oportunidad para bajar rápidamente. Adentro de la pieza huele bien. Me siento a gusto. El dolor en la garganta ya va a pasar, lo sé, no podría ser de otra forma. Miro con orgullo mi máquina. La prendo y veo que todo empieza a suceder según lo dispuesto. “Todo es bueno”, me digo recordando algo que no sé bien de dónde lo saqué. Dejo el cuchillo sobre una mesa. Diez segundos, quince, veinte. Perfecto. Cuarenta, cincuenta, sesenta. Voilà. “Brindo por mi máquina, por lo que viene y por dejar de pensar”, digo alzando mis manos, “Donne ch´ avete intelleto de amore…”, agrego tomando posesión de las palabras pertenecientes al gran poeta. Agarro el cubierto afilado entre mis manos y corto la marraqueta con queso que acabo de calentar en mi nuevo invento casero. Se escucha la voz de mi madre que me grita preocupada: “¡¿Qué era ese ruido, Antonia, qué está pasando?!”. Abro la puerta y le pido que entre. “Tranquila, mamá, era mi microondas personal”. Se queda mirando sin saber cómo reaccionar. Finalmente, me toma la mano y me dice: “Y ¿en qué estabas pensando todo este tiempo, hija? ¿qué clase de trauma te produce ese tipo que te hace inventar estas locuras?”. La miro. Le sonrío. Me dan ganas de rascarme la cabeza, pero me abstengo.

IV.

Sin despegarse de la mano de su progenitora, Antonia le contestó: “Ninguno en absoluto. Y no pensaba en nada, excepto en mi marraqueta con queso”. Luego, le regaló una de aquellas sonrisas que parecían mueca; sin embargo, esta vez fue más plena. Y los ojos, los ojos permanecieron en su lugar, no se desorbitaron, aunque denotaban ganas de jugar. Tendrían tiempo para aquello luego, sin lugar a dudas.

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Poi si tornò all´eterna fontana.

Con mucha impresión me he leído “Una pena observada” del autor C.S. Lewis. Digo impresión porque si hubiese estado soñando hubiera pensado que se trataba de un sueño dentro de un sueño. Al repasar las palabras, me parecía que él estuviese describiendo justamente todo lo que yo había pasado y pensado desde la muerte de mi (nuestra) hijita Sofía de 7 meses de gestación. Lewis lo escribe a propósito de la muerte de su señora, Helen Joy Gresham. Un ser humano tan intelectual para algunos, tan académico, tan profesor, tan usted y tan señor, se pone a escribir desde el corazón, desde el pathos mismo. De hecho según el prólogo del libro (que lo escribe su hijastro) el autor nunca pensó en publicar sus pensamientos acerca del suceso, sino que más bien eran hojas que intentaban pararlo más o menos estable dentro de ese terremoto emocional, palabras para desahogarse, para entender quizá. Es un libro corto, cosa que nos dice que la tristeza no es una serie de pasos, sino que uno decide “terminarla” cuando comprende que es un proceso con el que uno cargará por toda la vida.

No me avergüenza decirlo (en realidad ahora pocas cosas me deshonran): tuve que recurrir a un psiquiatra. Y, claro, medicamentos y todo lo que eso implica; ser un poco zombie, estar un poco frustrada, agregar pena a la tragedia. Pero Lewis escribe que sentía lo mismo que yo le conté al psiquiatra. Bueno, mucho más brillantemente y con el lenguaje propio, yo prácticamente ladraba y si luego el doctor agregaba la pregunta de a qué me dedicaba tenía que esconder la cabeza para responderle que hacía clases de literatura y lenguaje. Yo no sé si Lewis tuvo que pedir ayuda e ir a ver a un especialista, yo no sé si tomaba algo que ordenara sus neuronas (también desconozco si en esa época existía algo así), pero él describe lo mismo que yo al principio:

Nadie me dijo nunca que la pena se siente casi igual que el miedo. No tengo miedo, pero la sensación es la misma; esa agitación del estómago, esa inquietud, bostezos. Paso tragando saliva. (…) Me cuesta absorber lo que dicen los demás. O quizá no quiera escucharlos. Es tan sin interés. Pero deseo que los demás estén cerca. Me aterran los instantes en que la casa está vacía. Si tan sólo hablaran entre sí y no conmigo.

Yo también, como Lewis, pensé que era una tortura que me mandaba Dios, yo también tenía y tengo ese miedo que acecha en cada rincón, esa pena, ese morbo, esa condena de no tener buenas “fotos”  y recuerdos de ella. Pero igualmente pienso que su idea completa no es la que yo poseo, y que si me acerco a Dios me acerco a mi hija, pero que tengo que ordenarme: primero Dios, después Sofía. La amo, y cómo la amo, pero primero el Amor. Desde mis incompetencias puedo sospechar que Dios me mandó esto para desear el Cielo, pero con la trampa de que ese anhelo estuviera marcado por mi maternidad, de las ganas de volver a estar con Sofía. Pero ahora, ya pasado un poco el tiempo, veo que también quería decirme que ese era un regalo, pero ese regalo no se hizo solo, por lo tanto… ah, y cómo menciona Lewis eso de que su fe estaba hecha una casa de naipes, y que Dios quería destrozar ese hogar para que creciera en su credo: ¡cómo lo entiendo! Cuando murió Sofía me consolé diciendo: bueno, ella está en el Cielo, eso es seguro. Y algún día me reuniré con ella. Pero a los días me arrastraba pensando: ¿verdaderamente creo en el Cielo? ¿dónde está? ¿dónde está ahora mi hija? Y me di cuenta que tenía mucho camino por recorrer, que mi fe no era ni un cuarto de lo fuerte que yo pensaba que era. Ahora sólo me queda abrazarme, aunque sea colgando a la Misericordia de Dios, al manto de la Virgen, a todo aquel que me pueda hacer crecer en  la fe. Haciendo eso me acerco a Sofía. Perdón, haciendo eso me acerco a Dios, luego a mi Sofi.

Y… las coincidencias… que no son… Lewis nació un 29 de noviembre, fecha estimada del parto de Sofía. Ella partió a la fuente eterna el 12 de septiembre, día del Santo Nombre de María, día de su Mamá Perfecta a quien siempre le pedí ayuda y con la cual está ahora regaloneando. Ella sabe que mañana, 12 de diciembre, en que se conmemora la aparición de la Virgen de Guadalupe, estaremos todos unidos y rezando para que el Señor nos envíe un hermanito(a) y, lo más importante, que la Misericordia permita que todos nos reunamos en el Cielo y recuperemos el tiempo perdido.

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La bruja Eme

La bruja Eme era conocida en su tierra por ser una mujer fina, elegante, emperifollada hasta la punta del pelo y, por sobre todo, sabia. Ayudaba a la gente con sus trucos y les regalaba sacos con una nueva vida cuando estaban tristes. A pesar de que todos creían que las brujas eran malas, esta era bondadosa, sólo que había heredado de su mamá hechicera la vanidad, el pasarse todo el día con un lápiz en la boca tratando de pronunciar bien las palabras o peinándose su largo pelo que adornaba con polvos de primavera. Caminaba alrededor de su casa, bien parada, con un libro en la cabeza, mientras leía otro que sostenía con la mano derecha en alto. Le gustaba recitar poesías en voz alta y, de vez en cuando, cuando había cumplido con sus tareas de crear hechizos y ayudar a la gente del pueblo, escribía sus propios poemas. Y era feliz, sumamente feliz.

Todos los aldeanos disfrutaban yendo a su casa, especialmente los niños, porque siempre salían con alguna deliciosa receta preparada por la bruja Eme. Un día por ejemplo, llegó Carlos con su mascota y le dijo a la hechicera: “Hola querida maga. Necesito que me ayudes porque mi perrito está enfermo, anda cojo y triste.” Por lo que Eme invitó al niño a la cocina, lo dejó comiendo exquisitos platos, mientras ella curaba con su magia a la mascota de Carlos. Eso sí, para curar de buena gana a la gente o a sus animales, les pedía que le recitaran su poesías favorita y bien pronunciada. Si la expresaban mal les decía: “Bueno, veo que nos practicado lo suficiente. Vuelve a tu casa, estudia, párate frente al espejo para ejercitar y vuelves cuando estés preparado.” Claro que la bruja Eme siempre terminaba por ayudar a la gente porque en dos o tres días ellos llegaban de vuelta arregladitos, perfumados y hablando correctamente. Así Eme se llenaba de orgullo y se abanicaba mientras le recitaban su poesía favorita.

Pero un día de esos llegó un niño, Gabriel, a suplicarle por algo que nunca le habían pedido a la bruja Eme. Él conocía la fama de la hechicera y por eso se preocupó de llegar con un traje impecable, bien peinado y con un olor a jabón que podía sentir hasta el científico loco del pueblo que pasaba encerrado en su laboratorio. Tenía un pañuelo de seda rojo en el bolsillo de su traje por lo que la bruja, al verlo de lejos, pensó: “Éste debe tener problemas de amor, veamos cómo le puedo ayudar.” Pero no. No se trataba de penas del corazón. Eme lo hizo pasar al living y le dijo: “Antes de pedirme ayuda, debes recitar mi poema favorito.” Gabriel, con una sonrisa en la cara, comenzó a decir el poema, pero sucedía que no se le entendía nada de nada. La hechicera comenzó a ponerse nerviosa y viendo que la situación no mejoraba porque el niño decía una sarta de palabras raras sin rendirse y callar, comenzó a enojarse. Eso también era heredado de las brujitas malas, sus antepasados. Cuando Gabriel abría la boca y no decía nada comprensible, Eme se comenzaba a poner roja de ira y se le hinchaban las venas del cuello como sólo se le hinchan a las brujas. Viendo este espectáculo, Gabriel calló y se sentó en un sofá cercano con las manos entrelazadas, como rezando. Se sentía muy nervioso y esperaba que la mujer que estaba al frente de él lo entendiera. La hechicera esperó unos minutos para calmarse y no cometer alguna tontería y le dijo: “Niño, yo no puedo ayudarte. Tu sabías que yo le pido a los aldeanos que reciten mi poesía favorita para poder hacer hechizos que los mejoren, pero tú tienes un serio problema. Anda a tu casa, practica y vuelve si es que mejoras.” Cuando Eme vio que Gabriel se alejaba, cerró el portón de su casa y se dijo a sí misma: “Uf, nunca me había tocado un niño tan enredado para hablar. Por suerte que se fue porque faltaba poco para que me saliera fuego por la boca de lo enojada que estaba.” Sin embargo, el niño no demoró en regresar. Temprano al día siguiente estaba en la puerta de la maga, bien peinado, con olor a jabón y vestido elegantemente. Los ojos negros de Gabriel estaban ese día más lindos que nunca, grandes y llenos de esperanza, brillando de agradecimiento. La bruja lo recibió con paciencia y le dijo: “Bueno, veámos cómo lo haces hoy.” El niño se paró en la mitad del living y comenzó a recitar con muco orgullo, pero sucedía que esta vez tampoco se le entendía nada, le salían palabras entrecortadas y la bruja sentía que le habían cambiado su querida poesía. Eme aguantó sólo un minuto e hizo callar  a Gabriel porque ya estaba lo suficientemente enojada. Le dijo: “Por favor detente, no puedo soportar tu voz. Ándate de mi casa y no vuelvas, no hay caso contigo. Quizá cuando seas mayor te pueda ayudar. Quizá, pero por ahora no vuelvas. Adiós.” Y el niño se fue con una pena negra a su casa, tropezándose con cada piedra que se le cruzaba en el camino.

Ya habían pasado unas semanas desde ese encuentro, cuando la bruja Eme encontró una carta bajo la ranura de su puerta. Tarareaba una canción mientras intentaba abrir el sobre porque estaba muy bien sellado. Cuando logró abrirlo se encontró con las siguiente palabras:

Querida bruja Eme,

Quizá algún día, como usted dijo, cuando sea mayor, pueda curar esta sordera que tengo. Yo quería recitar su poesía favorita con todo mi corazón, pero ya vio que no fue posible porque escucho poquito y no puedo oír cuando hablo. Yo sé que usted es amiga de los humanos y no sigue las reglas malignas de las brujas de antes, por lo que le pido se acuerde de mi cuando haya crecido.

Muy agradecido,

Gabriel.

Luego de haber leído esto la bruja Eme se puso blanca. Había comprendido todo y tenía tanta pena que no se le ocurría otra cosa que ir a cocinar sopa de alegría. Habiendo pasado unas horas en la cocina tratando de buscar una solución a lo que había pasado, decidió consultar su libro de magia escrito por el Gran Mago. Pasó que no existía ningún hechizo en el libro que curara sorderas, problemas para escuchar. Las hojas del final indicaban que no había tal porque el Gran Mago prohibía los trucos para curara sorderas. “Mmmmm”, pensó Eme, “tiene que haber alguna forma de ayudar a Gabriel. Además yo no sigo las órdenes de los brujos malignos, así es que puedo inventar algo.” Y se fue a recorrer su casa a ver si encontraba algo. En su paseo se fue apenando cada vez más porque no encontraba nada y sintió que se encogía de tristeza. Viéndose sin la posibilidad de ayudar al niño, decidió tomar la última opción que tenía e irse de ese pueblo porque era la primera vez que le fallaba a alguien. Antes, pasó por la casa de Gabriel y le dejó una carta bajo su almohada. El niño, cuando estaba a punto de dormirse encontró el papel y leyó:

Querido Gabriel,

Espero me puedas perdonar por haberte tratado tan mal. Como último recurso te dejo las llaves de mi casa para que te vayas a vivir allá. Ahí vas a tener de todo y quizá algún día los miles de libros de mi biblioteca te ayuden a curarte, cosa que yo no supe hacer. Lee, amigo mío, y aprende lo que yo no supe saber.

Con mucho cariño,

La bruja Eme.

El niño se cambió de casa junto a sus papás  e instaló su cama en la mitad de la biblioteca. Ya en la mañana temprano tomaba algún libro y lo leía. A los diez días llevaba un montón de libros leídos. Pasó que el día once, al despertarse, tomó un libro grueso, más grande de lo normal y comenzó a hacer lo que hacía siempre. Esta vez, mientras leía, comenzó a escuchar las palabras que iba  leyendo. Incluso sentía susurros dentro de los cuentos. “Susurros”, pensó Gabriel, “Nunca había entendido bien lo que eran lo susurros, esas vocecitas tranquilas, suaves y amables, ese viento.” De repente creyó reconocer su propia voz en el libro a medida que leía y le encantó la idea. Era él, su voz estaba metida adentro de ese libro y él la podía escuchar cada vez que pronunciaba una palabra en su mente. Cuando hubo llegado a la mitad del libro, encontró en un papel suelto la poesía favorita de la bruja Eme y se propuso recitarla. Se paró arriba de su cama y habló. Se escuchó como no había podido hacerlo durante sus siete años de vida. Estaba curado, escuchaba hasta cómo crujía el mueble que sostenía los libros. Se puso tan feliz que fue rápido a decirle la noticia a su padres y, mientras corría, le agradecía como antes en su mente, sin voz, a la bruja Eme.

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Primer piso

Un edificio de veinte pisos se quema. Desde abajo veo cómo se quema la parte de arriba. Yo estoy en el primer piso, pero todavía me quedan cosas que hacer. Aún no puedo salir de la construcción. Como esos sueños donde uno corre más lento que nunca, mis movimientos son torpes y confusos. Creo, confío, en que la estructura de mi primer piso se mantenga firme pese al calor. Me echo rimel, crema, me pinto los ojos, me visto como si nada. ¿La tele funciona? No me acuerdo.

El otro día soñé también con el huracán de Argentina. Era todo un trompo maligno, lo vi con estos ojitos o lo que hay detrás de ellos. Metía mi mano dentro de él y la sacaba, asustada, al instante. Lo soñé el día anterior a que realmente sucediera. También ha habido otras cosas que en su momento escribí: en todo caso, sutiles, nada grandilocuente. Destellos.

Escuché sobre una mujer que tenía un quiste en el cerebro y predecía. Escuché también que cuando se lo sacaron dejó de hacerlo. Pobre pequeña.

Guardando la debida distancia del caso, temo que “eso” se vaya. Creo, confío, en que a momentos soy algo especial. Y que la magia se va a mantener.

Creo que el cosmos continúa y se teje hacia el infinito en mi cabeza.

No quiero escribir más por hoy, pero sé que si dejo de hacerlo, paso a ser un poco otra.

Me da miedo la locura. Los genes y la locura. Me da miedo el batido en definitiva. O el resultado de batido. También, siendo sincera, me fascina soñar con la consecuencia del batido.

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La zancadilla de Frank Beddor

No cabe duda que cuando los mediocres intentan hacer zancadillas a los buenos, da vergüenza ajena. Justamente eso sucede al revisar “La guerra de los espejos” del autor Frank Beddor publicado en Chile por Ediciones B. El mencionado autor asegura que el relato original de Alicia en el País de las Maravillas no es obra de Lewis Carroll, sino de Alice, la niña al que él supuestamente le contó la historia. Según Beddor, la pequeña contó al entonces sacerdote anglicano su experiencia como princesa de Corazones de Marvilia, un reino de prodigios, aunque corrupto, oscuro y en permanente estado de tensión militar. Luego de que Carroll hubiese publicado su obra, la niña le habría amonestado: “¡Ahora nadie me creerá! ¡Lo ha echado todo a perder! Es usted el hombre más cruel que he conocido, señor Dodgson”. Todo esto obviamente en boca de Frank Beddor.
El señor Beddor es para la literatura lo que Dan Brown es a la religión: un malintencionado que se aprovecha de una serie de aptitudes técnicas para contar una historia abiertamente falaz que intenta derribar a seres que ya tienen bien ganados sus puestos. Se trata de un sofista contemporáneo, eso es, un tecnicista que tiene un buen equipo de trabajo, al igual que todo aquel que se presume de bestseller, y que lleva a cabo la tarea de nutrir a la gente que lamentablemente no ha sido correctamente informada o bien no ha podido optar a una buena educación. Gente inocente, sin duda.
De todos modos la idea de esta crítica no es prohibir que se lea “La guerra de los espejos”, sino que al hacerlo se sepa que la historia introductoria que presenta Frank Beddor es una farsa, que Lewis Carroll sigue instalado en paz en su sitial, que tiene claros sus derechos de autor y que lo que leerá a continuación puede ser una historia que le entretenga porque para eso fue hecha en un principio. Una historia medida con cucharitas de café, una historia que obviamente es más fácil de entender que la obra de Carroll, un cuento fácil de digerir sin la necesidad de andar pensando tanto: bravo, bravo, unas palmaditas en su espalda.

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Penúltimo capítulo

Castor Americano (Castor canadensis)

Castor Americano (Castor canadensis)

Ya llevaban más kilómetros recorridos de los que a Mónica le hubiese gustado. Desde hace varias horas (más de las que le hubiera gustado a Rafael) se venía quejando de un dolor agudo en la espalda que ahora se venía a incrementar con el frío que había pasado en el transbordador hacia Tierra del Fuego. Ya no sabía qué posición adoptar en el auto, incluso a veces tenía que estirar la silla del copiloto al punto de que los pies de Diego quedaban comprimidos en la parte de atrás del jeep. El yerno no se quejaba e incluso exponía frases como: no se preocupe suegrita, todo sea por su bien. Yo soy joven y lo puedo soportar. Sin duda el hombre que toda madre querría para su hija. Fue justamente cuando Diego pronunciaba una de sus máximas cuando un castor perdido se cruzó en la carretera y Rafael, a pesar de aplicar el freno, lo chocó. Todavía confundido sin saber bien qué era lo que veían sus ojos, salió del auto y se paró al frente del jeep cuando inmediatamente vio que un castor se levantaba y se ponía en alerta presto a una embestida. Nunca habría pensado que una cosa tan tierna y absurda pudiera ponerse en posición de ataque ante un gigante como yo, pensó. Rió y miró al suelo tomándose la espalda para paliar un leve dolor en la zona lumbar, justo en el momento en que el animal aprovechó su distracción y le mordió el zapato, atravesando con sus paletas el cuero del calzado, alcanzando de manera no gentil dos de sus dedos que comenzaron a chorrear sangre.

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Antón P. Chéjov

La vida es una marcha hacia la cárcel. La verdadera literatura debe enseñar a escapar o prometer la libertad.

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