Primer piso

Un edificio de veinte pisos se quema. Desde abajo veo cómo se quema la parte de arriba. Yo estoy en el primer piso, pero todavía me quedan cosas que hacer. Aún no puedo salir de la construcción. Como esos sueños donde uno corre más lento que nunca, mis movimientos son torpes y confusos. Creo, confío, en que la estructura de mi primer piso se mantenga firme pese al calor. Me echo rimel, crema, me pinto los ojos, me visto como si nada. ¿La tele funciona? No me acuerdo.

El otro día soñé también con el huracán de Argentina. Era todo un trompo maligno, lo vi con estos ojitos o lo que hay detrás de ellos. Metía mi mano dentro de él y la sacaba, asustada, al instante. Lo soñé el día anterior a que realmente sucediera. También ha habido otras cosas que en su momento escribí: en todo caso, sutiles, nada grandilocuente. Destellos.

Escuché sobre una mujer que tenía un quiste en el cerebro y predecía. Escuché también que cuando se lo sacaron dejó de hacerlo. Pobre pequeña.

Guardando la debida distancia del caso, temo que “eso” se vaya. Creo, confío, en que a momentos soy algo especial. Y que la magia se va a mantener.

Creo que el cosmos continúa y se teje hacia el infinito en mi cabeza.

No quiero escribir más por hoy, pero sé que si dejo de hacerlo, paso a ser un poco otra.

Me da miedo la locura. Los genes y la locura. Me da miedo el batido en definitiva. O el resultado de batido. También, siendo sincera, me fascina soñar con la consecuencia del batido.

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