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Como hojas

La bruja Eme

Con “Como hojas” le doy la bienvenida en este espacio a Javiera Corvalán Azpiazu, gran regalo que les comparto. Que sean muchos más textos, así de bellos, en El Diario Mapa.

 

A propósito del día de la mujer, y de la mujer; de las flores y de las hojas; de lo valioso y de

lo perfecto; y de las arrugas…

Las que nacimos en el siglo pasado crecimos escuchando, de la televisión, de la publicidad

y de las revistas, que las mujeres tenemos que maquillarnos mucho, pesar cuarenta kilos y

vestirnos a la moda; pensar pocas ideas, hablar muchas tonteras, coquetearles a los partidos de

buena billetera, y no entender ni opinar de política, “porque esas son cosas de hombre”; hacer

dietas, gastar la plata en silicona y crema para las arrugas, y tener cuerpos esculturales para un día

tener la dicha de que a algún hombre le interese llevarnos de llavero/adorno/trofeo por el resto

de la vida, o al menos por algún tiempo de ella (¿lo que dure la juventud del cuerpo, quizás?).

Nacimos, en fin, escuchando que, para ser valiosas y perfectas, las mujeres debemos ser modelos,

promotoras, porristas, caras bonitas… flores. Sí, flores. Ojalá rosadas.

No recuerdo que me haya emocionado mucho la idea. Sobre todo porque desde chica que

me gustan más las hojas que las flores, y más el verde que el rosado (la influencia de los pinos

verdes de Viña, tal vez).

Pasaron los años, y a las que nacieron en este siglo no les fue mejor: crecieron escuchando

que, para ser valiosas y perfectas, las mujeres tenemos que ser… hombres.

Ya habrá tiempo para que conversemos sobre por qué es mejor que una mujer sea mujer

en vez de que sea hombre (es un tanto curioso que esa afirmación hoy exija una demostración).

Por esta vez detengámonos en lo que nos dijeron a las de los noventa, y atrevámonos a

contradecirlo, aunque sea a través de palabras medio poéticas, medio botánicas: Y es que quizás

tenga más sentido que una mujer no sea como una flor, sino como una hoja…

En las flores hay, claro está, mucha belleza. Pero ésa es, por así decirlo, una belleza fácil:

sus colores son vistosos y sus pétalos, suaves; sus olores se perciben a kilómetros. No es de

extrañar, pues, que hagamos con las flores toda clase de adornos y las pongamos en nuestros

centros de mesa. Y es que las flores son universalmente atractivas.

La belleza de la hoja es, en cambio, una belleza difícil. Difícil para la hoja y difícil para quien

la contempla. El afortunado que la enfrenta debe poner mucha atención para apreciar sus colores

(verdes, violetas, burdeos, amarillos… naranjos infinitos); y debe aproximarse mucho a ella para

descubrir su olor. Notará además que su textura, sobre todo la de la hoja de otoño, no es

resbaladiza como la de una flor, sino desafiante. ¡Pero irremediablemente frágil a la vez! Y el ojo

que se detenga con tiempo y paciencia a mirarla, podrá conocer incluso sus venas; y verá correr

por ellas una historia de heridas, noblezas y dolores; y una savia que es riqueza.

Por esa belleza difícil de las hojas es que no ponemos hojas en los centros de mesa. No

queremos hacerlo. Y las hojas tampoco quieren ocupar ese lugar. No se sienten cómodas siendo el

centro de atención. Y menos se sienten cómodas siendo usadas como un adorno o un accesorio.

Una hoja prefiere caer sigilosa en mayo, para reconfortar y dar sentido al paso insípido de

transeúntes grises; y para curar el alma del que se atreva a amarla.

Por esa belleza difícil de las hojas es también que es más fácil enamorarse de una flor que

de una hoja. Lo que pocos saben es que sólo de una hoja es posible enamorarse para siempre.

Sucede que una flor, tarde o temprano, aburre. Su olor parece, de pronto, demasiado

intenso, casi hostigoso. Su color, por el contrario, se vuelve desaliñado y palidece con el paso de

las horas, días, meses. Sus pétalos se marchitan y sus tallos se quiebran. La belleza de una flor es

verdadera. Pero efímera…

Sucede que en una hoja hay un secreto. Y su secreto la hará ser siempre nueva. Porque la

belleza de la hoja es su misterio: ése que cautivará un día y para siempre al peregrino que vaya

atento. Sólo al que vaya muy atento…

Sucede que una flor crece con el corazón en la mano, ofreciendo su belleza a un gran

público anónimo y desprevenido; y que una hoja crece cultivando un corazón profundo que solo

podrá descubrir el espectador audaz.

Sucede que el atuendo de una flor es su vanidad; y que el atuendo de una hoja es su

sencillez.

Así, sucede que una flor con arrugas es una flor marchita, y que una hoja con arrugas es

una hoja perfecta.

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La Real Academia de la Ñoña

  
Así es: soy una rebelde encubierta en el mundo académico. Y es que no me podría llamar así de ningún modo, aunque sepa cosas de las que ni yo misma sé que sabía. Pero ese es otro tema. Solo vivo con los ojos bien abiertos, demasiado quizá, y muy al sol. Me escapo de las ciudades porque olfateo que es cierto eso de que son irreales. Tan de polvo y tan soberbias, tan “necesarias”, tan inventadas y en un chasquido de dedos “paf”. Prefiero vivir sabiéndome con un pie en la tumba. Intentando agradecer siempre, desde mi pequeñez, olvidando hacerlo de vez en cuando y creyéndome diva en otras ocasiones. En fin, siendo humana, pero con la particularidad de saber ser invisible. Es una cualidad que poseemos todos los ñoños. Yo me acuerdo que en el colegio, cuando jugábamos a las naciones, quedaba hasta el final, nadie me quemaba, muchas veces ganaba, y ciertamente no por mis habilidades atléticas. Escapaba a toda costa de las clases de gimnasia, mi libreta estaba repleta de “justificativos” médicos para faltar . Doctora Cordero sería una palomilla blanca al lado mío. Tengo un delicioso hijo que a los 5 meses fue diagnosticado con hipotonía. Resonancia magnética, terapia kinesiológica y los horrores del abismo, y nada, simplemente era un asunto genético. Y yo creo que sin duda yo fui una hipotónica no diagnosticada. Pero esto nada tiene que ver con la capacidad que tenemos los ñoños, aunque debo decir que muchos ñoñitos deben ser hipotónicos. Yo quedaba hasta el final en las naciones porque sabía meterme adentro de mi coraza. Se debía simplemente a que sabía cómo hacerme invisible. Y hoy sé desaparecer cuando las críticas me parecen absurdas, cuando miro el mundo en que tengo que meter a la fuerza a mis hijos, en una educación artificial, llena de ojos ajenos hostigadores. Qué difícil es saber que se trata de arreglar una educación en la que no se sabe qué es lo que se tiene que arreglar, se habla de lucas, de cifras, de educación gratis, de derechos. Y Ok, en eso de la educación gratis creo que casi todos ya estamos de acuerdo, pero nadie habla de fines. Es todo tan simplista y racionalista. Y así, a combos, todos nos sacamos la madre, logramos una que otra cosa, y al final somos unos pobres collages con cierto conocimiento, especialistas en nuestros campos, expertos, campanas, pero llamando a nadie. Todos suenan y resuenan y a uno no queda más que taparse los oídos porque ya no hay más melodía, se trata solamente de campanas con pataletas. Triste panorama. Decía hoy el Papa Francisco que Es hora en que los padres y las madres regresen de su exilio, – porque se han auto-exiliado de la educación de los hijos -, y re-asuman plenamente su papel educativo. Qué razón tiene. Algunos tomarán sus palabras a su modo, seguro, siempre pasa. Los homeschoolers lo alabarán, los colegios católicos comenzarán a impartir la necesidad de protagonismo de los padres en sus programas, cada cual según su necesidad. “¿Qué dijo, Papa?” preguntarán algunos, “¿saco a mi hijo del colegio? Sabe que me pasó tal o cual cosa el otro día, el profesor le dijo no sé qué a mi hijo, ¿lo cambio? ¿lo dejo en la casa? ¿partimos todos a la punta del cerro y hacemos comunidad, hacemos una huertita?”. No sé, yo soy solo una ñoña, no sé responder preguntas tan trascendentales, si no, no estaría donde estoy. Lo que si sé es que es bueno que se plante la semilla del inconformismo en este sentido. Que dejar a un niño en un jardín infantil o colegio no sea un respiro de spa, que sea siempre duda, duda de si estamos haciendo lo correcto, de si se puede hacer mejor. Yo quisiera nunca descansar en este sentido, con los ojos bien abiertos, muy cerca del sol, que el día en que me adormezca sea el día en que me muera. ¿Cómo tener cierta paz? Pedir, rezar, rogar, pedir Luz. No sé funcionar de otra manera y no me avergüenza decirlo. No soy de fórmulas y no sé bien ni siquiera por qué estoy escribiendo esto, solo sé que en la mañana desperté con ganas de escribir porque soñé que estaba en la azotea de un edificio con mis hijos y de pronto comenzaba a caer una lluvia de estrellas fugacez.

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Marraqueta.

Una antigüedad del recuerdo. Recopilando antes de volver a la carga.

marraqueta

Marraqueta

I.

¿Televisión Nacional? No lo sé bien, el punto está en que nuestro presidente estaba hablándole a su pueblo mientras yo escuchaba el sonido de los tambores de mi hermano, provenientes del subterráneo. Creí notar que murmuraba algo mientras llevaba el ritmo en la batería. Pensé en que sería una grabación. Año nuevo. Me dije a mí misma: “Una bonita manera de despedirse”. Imaginé luego la sangre o el cadáver sin rastros de líquido alguno. Seguí mirando al presidente que hablaba algo de un proyecto educacional y de los “dineros nítidos”. Apagué la tele para concentrarme en mi marraqueta con queso.

Nada de sangre ni despedidas. Todo estaba en su lugar como nunca. Darían luego las doce cero cero del nuevo año y sólo una copa quebrada se saldría del contexto perfectamente pensado. Las viejas con olor a bronceador corrían por las calles maletas en mano, pensando que ese acto las llevaría a viajar durante alguno(s) de los nuevos 365 días. Yo, muy por el contrario, pensaba vivir un estanco; ya estaba bueno de escapar por lugares extranjeros. Ahora vería qué podía producir mi cabeza y la ciudad de Santiago. Si bien es verdad que amo el sur apasionadamente, casi obsesivamente, es también cierto que cada uno de nosotros puede ser su territorio preferido de vez en cuando. Al menos lo deberían intentar. Puede ser una buena experiencia. En serio.

Una amiga decía que me gustaba irme de viaje por el infierno; sin embargo, yo siempre anduve por espacios neutros, libres de conflictos. Nunca me arrepentí de hacerlo. Y cuando salga de estas páginas, lo seguiré haciendo. Eso lo aseguran mis dedos sobre las teclas. Son los mejores compañeros que me pueden ayudar a alcanzar esa meta.

II.

Antonia toma un papel y escribe: “¿Televisión Nacional?…”, teniendo en mente su marraqueta. Se acabaron para ella los viajes y los contratos de seguridad a largo plazo. Ahora, tiene que salvarse ella misma y espera que esas palabras la guíen por buenos senderos. Partir de cero otra vez. La desconcentra el ruido que hace su hermano tocando batería. Se levanta y va hacia la puerta que da al subterráneo. Cuando el de su sangre se cansa de tocar, ella aprovecha el momento y le grita: “Hey, nada de grabaciones, de despedidas ni de rojo abundante en Año Nuevo, ¿entendido?” Él sale de su ocupación y le regala una sonrisa: “¿De qué hablas, loca?”, le dice riendo. Ella se aleja aplaudiendo.

Le gusta que le crean sus historias paralelas.

Porque, en todo caso, ella misma podría ser una.

La autora pide las disculpas pertinentes al caso si es que, a pesar de las contingencias, se han sentido dolidos, ya que parte de este manuscrito lo creó postrada y quizá, quién sabe, algún fluido que no solía estar en ese lugar interfirió en el funcionamiento normal de sus neuronas. Seguiremos, pues, sin locuras y con las historias paralelas. Todo a partir, recuerda Antonia, del deseo por una marraqueta con queso.

Su abuela había muerto hacía unos cuatro años atrás y ella no usaba hablar de ella. O mejor dicho, en este caso en concreto, escribir sobre. En sueños sólo lograba la presencia de su abuelo también difunto. Suponía que le era más fácil recordar la figura pseudo cinematográfica de él, tal vez porque antes no lograba descifrar el arte que existía en los días que la había visto justo antes de morir. Un día en efecto. Antonia había llevado un libro a la clínica por dos razones: uno, porque la evasión era uno de sus efectos y la podían sacar de cualquier situación incómoda y, segundo, porque tenía prueba al otro día. Nada serio en todo caso. Finalmente, el libro le ayudó. Entró a la pieza y ahí estaba la anciana en un estado realmente penoso. Antonia le besó la frente y le habló una cuantas palabras. Lo único que recuerda de esa conversación es que en algún minuto su abuela le empezó a preguntar acerca de lo que pensaba hacer con su futuro académico. Luego de la respuesta de su nieta, ella le contestó: “Sí, si tú vas a ser una artista”. Ella se quedó pensando y asintió sin mucha seguridad con la cabeza. Luego se sentó a su lado y se puso a leer. Poco se pudo concentrar con el ruido de las máquinas que la mantenían con vida. Posterior a eso, casi nulas veces pudo tolerar la música electrónica: ésta era para su persona como exposiciones con fetos muertos. La sequía. El Apocalipsis abofetéandole la cara, recordándole a cada instante: “Hola, amiguita, no te puedes escapar”. A veces eso la hacía reír, otras no.

“No te voy a dejar”, le había prometido Pedro, un amigo que nunca más había vuelto a ver. Las secuencias imborrables de ausencias la hacían pensar en una máquina amable (sin dolores ni ruidos) que lograran reunir a todos los lejanos y cortar conexiones con aquellos indeseables. Ése, ese aparatito sí que sería bienvenido en su reino. Sí. De hecho, ella no le negaba a su conciencia la existencia imborrable de la pieza que quedaba cerca del lavadero. “Experimentos”, se decía a sí misma, “Qué haría yo sin mi cabeza que no se contenta con lo obvio”. Latente estaban la mayoría de las cosas; sin embargo, Antonia sabía y siempre aclaraba, incluso, que uno encontraba ciertos instantes en que era de necesidad absoluta “entrar a picar”, examinar, indagar, exorcizar, cortar, pegar, copiar y extirpar. Una cosa que la sacaba de su cabales, era que su madre se acercara a la puerta del cuarto famoso: en esas circunstancias difícilmente recordaba que aquella era su progenitora y se portaba como una mujer poseída por toda una legión de ángeles caídos. “¿Malos olores?”, le gritaba desde dentro, “Soy limpia y prolija, no me vengas con esas idioteces, además, lo que pase aquí dentro es de simple incumbencia mía y de nadie más en absoluto ¿entendido? Ahora, lárgate a tus piezas con agradables olores a flores artificiales. Gracias”. Y se iba la mujer. Así cada vez que se repetía la escena y Antonia aprovechaba su herencia literata para inventar un nuevo monólogo que ahuyentaba las suspicacias.

Cada una de las partes de su invento de metal, tenía un nombre; una de ellas se llamaba Pedro, en honor a todas las posibilidades de Pedros que existían en nuestro planeta: perdedores, medios genios, exitosos o, inclusive, donjuanes. En honor a lo que no había sido, a las separaciones y por el futuro próspero de su amigo.

Supe de una vez que se quebró el brazo forcejeando con algo junto a la máquina. Si no hubiera necesitado abusar de los movimientos que le permitía el espacio, seguramente no se habría molestado en arreglar el desperfecto físico… quizá como un acto de autocontrol, algo así como aprender a obviar el dolor… En definitiva, se rindió ante esas posibilidades y tomó el camino común, el que su madre hubiera querido.

Los animales también solían acompañarla, el problema estaba en que casi nunca salían de aquel sitio y eso le empezaba a molestar a sus padres desde el momento en que los vecinos habían empezado a llamar a casa preguntando por sus mascotas perdidas.

Había una pieza en la casa, en el segundo piso, que estaba desocupada. El caso era que estaba sin terminar. Eran exactamente veintidós años los que llevaba de ese modo. Seguramente todos hubieran preferido que se ubicara allí con todas sus extravagancias, pero ella se negaba argumentando que no le gustaba estar en lugares a medias, sin identidad, por lo que permanecía en su cueva con una sonrisa que a veces parecía mueca.

No le gustaban las sorpresas mal intencionadas. Lo repetía siempre.

Cierta tarde un tormentoso ex novio llegó a verla. Su mamá le dijo a dicho hombre que, para variar, se encontraba en el subterráneo. Que viera si Antonia se dignaba a abrirle la puerta. Unos pasos hacia abajo, toc, toc, toc. Al percatarse de quién era, la heroína contestó:

  • No confío en tu nombre, ése, es de traicioneros. Conozco a varias mujeres que pueden afirmar mi teoría. Sería mejor que fueras al registro civil, de otra manera tu destino va a ser obvio.

A lo que recibió por respuesta:

  • Mira, cabra chica, no estoy para tus juegos ahora. Ábreme.
  • Por favor.
  • Por favor.

Sin muchas ganas, Antonia dio vuelta la manilla de la puerta, y así fue cómo el hombre en cuestión fue el único en conocer su secreto antes de tiempo. No se escuchó nada durante hora y media, mas cuando su visita se alargaba a más de dos horas, la madre de Antonia pensó oír algo así como un llanto, aunque la verdad es que no se preocupó demasiado. Después, comenzaron gritos, cosa que a la ex suegra le recordó la igualmente ex relación tormentosa. Eso sí la asustó un poco. Por eso se decidió a acercarse a la pieza para escuchar.

  • ¡Egoísta! , eres un monstruo, Antonia. – Alcanzó a oír que le decía el hombre.
  • Sí, sí, todo lo que digas… pero ándate rápido de esta casa, no vuelvas nunca y llévate tu caja; si quieres tírala por ahí, quémala o lo que sea, porque a mí no me interesa. Y no, no soy un monstruo, o por lo menos esa no es la definición correcta. Mal intento. Acuérdate que algunos solían decirme Ma…
  • No me interesa. Realmente eres una mierda y quiero que eso te quede claro. Un mierda…
  • Sí, está claro. Soy rápida.

La madre de Antonia imaginó la cara que debería estar poniendo su hija, con los ojos bien abiertos y la mirada fría, técnica. Pensar eso le ocasionó un dolor en la mitad del pecho, así es que subió las escaleras y se fue a recostar. Sabía que la tormenta ya había pasado.

Pero el diálogo continuaba y él le terminaba por decir:

  • ¡Estás loca!… me da pena ver todo esto. Y veo sigues escribiendo estupideces. Ja, si supieras que no vas a llegar a ninguna parte, que estás perdiendo el tiempo.
  • Es cosa mía. El tiempo no lo pierdo porque es imposible; extraña afirmación la tuya. Y, mira, justamente, estaba escribiendo el final de este cuento, de tu historia. Lo último, antes de que salgas de esta casa y no vuelvas a pisar mi propiedad, va a ser saber tu final.
  • Hey, relájate, ya empezaste con tus instintos psicópatas, me voy…
  • Oye si no te voy a asesinar ni nada parecido, por el momento, no. Sólo quiero leerte tu final… y el mío… para qué estamos con dobleces…

El hombre se quedó tranquilo, ella tomó un papel recién impreso, lo miró a los ojos, casi como lo hacía cuando estaban juntos, y comenzó leyendo:

“…Me propuse ponerme a caminar sin mirar atrás, aunque me congeló la voz de Casandra que me preguntaba si lo amaba y que si así sucedía me podía quedar con él. “No lo amo”, le dije “Ya no sé qué amo”. Me hizo mirarla a los ojos y me susurró al oído: “Entonces deja de tomar papeles que no te pertenecen; vive de lo que es tuyo y no de lo que algún día lo fue”. La lluvia. Cada vez más fuerte y violenta. Supuse que eso era lo que algunos llamaban purificación. “¿Sabes?”, le respondí “Tu hijo hace un momento estaba muerto. Ahora ves que no es más que plena vida. Yo hace tiempo ando buscando algo como eso y no creo haber encontrado cosa tan llena de vitalidad y sin contradicciones. Quizás la lluvia sea lo menos parecido a la muerte. Tal vez.”. La mujer me regaló su última sonrisa y agregó: “Puedes irte”. Recordé a mi abuelo y me puse a caminar.”.

El tipo la quedó mirando como si no hubiera entendido ni una sola palabra. Miró su reloj y le dijo a Antonia que debía irse.

  • ¿Y no me vas a decir nada al respecto? – le preguntó ella.
  • Creo que ya estás lo suficientemente trastocada como para que yo te esté dando opiniones acerca de tus patologías. Lo único que puedo agregar es que no tienes vuelta atrás y que, como decía antes, no cabe duda de que eres una bazofia.
  • No has entendido nada.
  • Lo que pasa es que tú no te sabes comunicar. Siempre ha sido tu problema.
  • El verdadero obstáculo es que tú nunca has sabido leerme, no pones atención…
  • ¿Que no te sé leer?
  • A ver, un ejercicio, deletréame.
  • ¿Deletrearte? ¡Ya estás hablando estupideces!. Me voy de aquí…
  • No, espera, lo que pasa es que ya no sabes jugar. Te llegó el disfraz de joven adulto y ahora no sabes salirte de tu rol.
  • Sí, sí, sí. Ahora sácale la llave a la puerta por favor que quiero salir.
  • Bueno, está bien, en todo caso no te necesito para nada aquí dentro. Pero, lo último, déjame pedirte que te lleves los zapatos rojos.
  • ¿Para qué, crees que a mí me gusta vestirme de mina?
  • No, es simplemente que no los necesito. En realidad, no les tengo ningún cariño, me traen malos recuerdos y, como sé que tú no te vas a volver a aparecer por acá, me da un alivio saber que no los volveré a ver.
  • Mírate, lo dices así, fría, sin escrúpulos, matando, olvidando por capricho… me das pena… pero te odio tanto que no te tengo compasión.
  • ¿Me odias? ¿Y qué haces acá entonces?
  • Intentaba salvarte, eres una de las pocas personas que siento conocer tanto y pensaba que me ibas a escuchar, pero veo que tu intención de que desaparezca no tiene vuelta atrás.
  • Bueno, toma la bolsa con los zapatos – le dijo abriéndole la puerta-, te puedes ir.
  • Y no te quiero volver a ver nunca más.
  • Yo tampoco.
  • Estás maldita, mujer.
  • Es una posibilidad- le dijo cerrando la puerta tras de él.

III.

Tengo frío. Bajo mis pies, diarios esparcidos sobre el suelo. Los piso. Cruje. Y el congelamiento y la idea de que este hombre se acaba de ir. Que no vuelva más, Dios, que no vuelva. Soy mi territorio preferido, gran descubrimiento. Eso me relaja. Pero la incertidumbre está ahí, no me permite cerrar bien los párpados. Algo hay que hacer: ¿Mirar, acaso, lo que está escrito en el diario? Relájate, relájate. Mi territorio preferido, recuerda, yo soy, yo. Página C 11: “La (necesaria) vigencia del arte sagrado”. El paréntesis me ilumina: se acabó la historia. La máquina está lista y esta vez si que no voy a dar paso atrás. No. Voy a buscar un cuchillo a la cocina y final del cuento. Así de fácil. Sin llantos ni quejas. “Medea, Medea, Medea”, me repito. Máquina sin corazón. No, no, no. Nunca me quedó bien esa etiqueta. Renuncio. Pasos hacia arriba. La cocina y mi madre. Me mira con suspicacia. “No pasa nada, mamá”, le digo, “Un cuchillo. Sólo busco un cuchillo”. Cierro el cajón. “¿Y qué quería ese niño?”, me pregunta. “No sé”, le respondo. Abro la puerta para bajar hacia mi paz, pero me detiene algo. Parezco en pausa. Doy vuelta la cabeza y me percato de que se acerca mi papá. Algo hablan con mi madre. Vuelvo en mí. “Padres míos”, le digo, “los quiero mucho”. Me alegra el hecho que mi mamá esté distraída, así es que aprovecho la oportunidad para bajar rápidamente. Adentro de la pieza huele bien. Me siento a gusto. El dolor en la garganta ya va a pasar, lo sé, no podría ser de otra forma. Miro con orgullo mi máquina. La prendo y veo que todo empieza a suceder según lo dispuesto. “Todo es bueno”, me digo recordando algo que no sé bien de dónde lo saqué. Dejo el cuchillo sobre una mesa. Diez segundos, quince, veinte. Perfecto. Cuarenta, cincuenta, sesenta. Voilà. “Brindo por mi máquina, por lo que viene y por dejar de pensar”, digo alzando mis manos, “Donne ch´ avete intelleto de amore…”, agrego tomando posesión de las palabras pertenecientes al gran poeta. Agarro el cubierto afilado entre mis manos y corto la marraqueta con queso que acabo de calentar en mi nuevo invento casero. Se escucha la voz de mi madre que me grita preocupada: “¡¿Qué era ese ruido, Antonia, qué está pasando?!”. Abro la puerta y le pido que entre. “Tranquila, mamá, era mi microondas personal”. Se queda mirando sin saber cómo reaccionar. Finalmente, me toma la mano y me dice: “Y ¿en qué estabas pensando todo este tiempo, hija? ¿qué clase de trauma te produce ese tipo que te hace inventar estas locuras?”. La miro. Le sonrío. Me dan ganas de rascarme la cabeza, pero me abstengo.

IV.

Sin despegarse de la mano de su progenitora, Antonia le contestó: “Ninguno en absoluto. Y no pensaba en nada, excepto en mi marraqueta con queso”. Luego, le regaló una de aquellas sonrisas que parecían mueca; sin embargo, esta vez fue más plena. Y los ojos, los ojos permanecieron en su lugar, no se desorbitaron, aunque denotaban ganas de jugar. Tendrían tiempo para aquello luego, sin lugar a dudas.

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El sentido de la distancia.

man-walking

Recibí esta respuesta de José dos horas después que yo le enviara a él la carta que ustedes

ya leyeron.  Decía así:

“El día antes de su muerte, mi papá estaba leyendo un ensayo que había escrito un

alumno de filosofía de la Universidad de Chile. Se lo envió por email, Francisco, amigo

suyo que daba  la cátedra sobre el nihilismo en ese lugar.  Lo que trataba de explicar el

autor era que los seres humanos buscan ante todo asimilarse al resto porque de otra

manera no podrían soportar sentirse diferentes. Eso, según sus propias palabras, los

inquietarían de sobremanera porque en ese tipo de personas no existe el sentido de la

distancia, ese sentido que solo pocos deciden vivirlo y con el cual muchos experimentan

el horror verdadero de vivir en un mundo común en cuanto a formas, pero tan distinto en

el fondo”.

“Nada de lo que me dijo me hizo mayor sentido. Conversamos, comimos juntos, en fin,

todo fue como siempre. Excepto por una pregunta que me hizo a propósito de lo que leía

y de la vida que tenemos versus la que queremos tener. – Bueno José- ¿y tú tienes

sentido de distancia o vives la vida que te impone el sistema?   Mi respuesta no viene al

asunto, solo te hablo de esto para que entiendas qué pasaba por la mente de mi papá. Me

dijo que él había descubierto el sentido de la distancia demasiado tarde, pero que cuando

lo hizo, lo liberó de sí mismo y que era feliz de tener una nueva visión de su existencia,

más personal. – Soy feliz, José, feliz- me dijo. De ningún modo eso me llamó la atención

porque siempre pensé haber tenido un padre inmensamente feliz, pleno, tú lo sabes,

verdad?”

“El día después vino toda la tragedia. Su muerte, funeral, su ausencia y con eso vinieron

millones de preguntas sobre qué pasó en verdad con él”.  fuiste testigo presencial de todo

lo que te cuento, mejor voy al grano de una vez”.

“Pasaron los días como te acordarás, pero nada me daba una pista real de lo que había

pasado. Un día, jueves creo que era, recibí un mensaje de texto de Francisco, el profesor

de la Chile. Me preguntaba si nos podíamos juntar para hablar de mi papá. Le dije que

claro, que si quería nos juntáramos a tomar un café, pero me dijo que prefería venir a mi

casa. Vino a eso de las siete de la tarde. Mi mamá no estaba, así que fue mucho mejor

para los dos. Esto pasó el mismo día que llegaste de sorpresa a mi casa porque según tú

no tenías electricidad hasta la mañana siguiente, ¿te acuerdas? Ese fue el día que

Francisco, un desconocido para mí, pero que resultó ser el confidente de mi papá, me

aconsejó que dejara de buscar asesinos porque no existían, que mi papá se suicidó, que no

hubo terceros en su muerte y que lo hizo simplemente porque había considerado que era

tiempo de dejar de existir. ¿Puedes creerlo? Mi papá, el ser más noble e intachable de la

vida había decidido que su hora aquí junto a nosotros había llegado a su fin y que lo hacía

conscientemente”.

“Al comienzo no le creí ni media palabra a ese hombre, pero después que me mostrara

los emails que se habían intercambiado no lo dudé más,  no podía hacerlo”.

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X. Tres amigos.

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Ese día mientras tomaba el té en casa de Ana le pedí permiso para manipular una matryoshka que tenía en el mueble color caoba en el living. José se la había traído desde un viaje que hizo junto a Miguel a Moscú cuando recién habíamos entrado a la universidad. Me acuerdo como si fuese ayer. Todavía olían a madera y pintura, buena mezcla esa. En esa ocasión a mi también me regaló la misma, claro que en versión pequeña, lo cual me causó unos celos que ahora me avergüenzan, sobre todo porque yo la quería demasiado y no se justificaba que por algo tan absurdo yo hubiese tenido ese tipo de sentimientos. En fin, esa muñeca tenía pintadas unas flores rojas con pintas blancas en un fondo negro esmaltado y lo que más me enternecía, eran las manos que sostenían el ramillete porque parecían de una niña, regordetas y de uñas cortas.

–       Cuando me vaya a encontrar con Miguel, te la quedarás, me dijo. Así tendrás el juego con la que tienes-. Al instante sentí un pudor que me hizo enrojecer.

–       Por favor Ana, nada de hablar esas cosas, le dije con un nudo en la garganta.

Camino a mi departamento encendí la radio del auto y justo estaban tocando True Love Will Find You in the End, esa canción la tenía dentro de mis favoritas, pero últimamente la había dejado de lado así que me hizo bien escucharla porque me relajaba. Cuando terminó llamé a José con el pretexto de contarle que la habían tocado en Duna y como no me contestó le envié un whatsapp que decía ” Escuchando nuestra canción”. No me respondió, pero como ya no me extrañaba su actitud me olvidé por completo y continué manejando hasta mi casa.

 Estaba por bajarme del auto, ya en el estacionamiento, cuando llamé a Marco, de quien tampoco recibí respuesta, por el contrario, me escribió un mensaje que decía “Cine”, así de simple… nada raro en él.

 Pasaron dos horas y me llamó. Hablamos de todo menos de nuestro amigo. La verdad es que evité hacerlo para no parecer obsesiva con el tema, entre bromas y risas, decidimos que nos juntaríamos al otro día en un restaurante de sushi que a nosotros nos encantaba, el Rose Sushi. Creo que es lo más parecido a estar en Japón, tanto por la calidad en todo lo que preparan como por la calma que se siente al estar ahí. Todo es de una pulcritud y maestría sin igual. Simétrico tal vez.

 Llegué antes de lo acordado como pocas veces lo había hecho. Saludé al dueño, un señor de unos setenta años que junto a su mujer, bastante menor que él, y su hijo, se encargan de todo. El lugar es diminuto, no tiene más que cuatro mesas con cuatro sillas cada una y una pequeña terraza con tres mesas de cuatro sillas también. Como de costumbre me senté mirando hacia una pared y pedí lo de siempre. Marco me había llamado para que ordenara lo mismo que quería yo, claro que en mayor cantidad, mucha más. No me extrañó porque hacía bastante tiempo que estaba pasado en kilos, me atrevo a decir que por lo menos diez más. Era un gordo atractivo eso sí.

 Cuando entré preparaban algo para una mujer de pelo negro ondulado, quien a juzgar por su actitud, sobre todo la ropa que llevaba, me atrevería a decir que no era chilena. Esperaba sentada, leyendo no tengo idea qué, en cambio yo parecía inspectora tratando de encontrar algo que estuviera fuera de lugar, pero nada, incluso en un momento en que el chef estornudó, enseguida miré para ver qué hacía y como no podía ser de otra manera, de inmediato fue hacia el pequeño lavamanos y se lavó las manos y cara con fuerza además del cuchillo que estaba usando.

 Habían pasado veinte minutos desde que me había sentado cuando vi que llegaba no sólo Marco, sino José, los dos tranquilos y casi sonrientes.

 –       Perdón por hacerte esperar Mila, te conocemos y podemos ver tu cara de lata.- dijo Marco al saludarme.

–       No, para nada, estoy más flexible.- le respondí disimulando mi impresión por la compañía de José, quien en tono casi dulce me dijo:

–       No pude evitar sumarme pese a no ser convidado.

–       No se puede invitar a quien no responde llamadas ni mensajes.- le dije.

Justo en ese momento nos trajeron el sushi así que no me dijo nada. Como en los viejos tiempos, nos quedamos sentados alrededor de dos horas, hablando de todo menos de Miguel y menos de lo que pasó conmigo ese día en su casa. Era mejor hacer creer como si nada hubiera pasado.

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V. WhatsApp?!

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Yo: ¿José, estás por ahí? (12:28)

José: Cami, ¡hola! Dime. (12:32)

Yo: Oye me gustaría saber qué pasó ayer jueves. No me acuerdo mucho. La verdad es que desperté acá en mi casa y lo último que recuerdo es haber estado allá contigo y que me dijiste que te esperara, que no saliera del living o algo así. (12:34)

José: Llámame mejor. (12:35)

Yo: No puedo. O no quiero. No sé, Quiero saber. (12:40)

José: Llámame. (12:41)

Yo: No. (12:45)

José: ¿Estamos Jugando? (12:46)

Yo: Hace tiempo que no po. Y esto no tiene nada que ver. Por favor respóndeme. (12:47)

José: Como quieras. Nada, no pasó nada. Tú viniste, sí, te dije que me esperaras en el living. Te llevé una copa de vino para hacer más amigable la demora. Al parecer fue muy larga porque te quedaste dormida. (13:00)

Yo: ¿Y desperté acá en mi casa? (13.01)

José: Yo sé que te llevé una frazada al living, me fui a acostar y cuando me desperté hoy ya te habías ido. Como eres hiperquinética no me llamó la atención que hubieras salido corriendo a empezar el día de laburo. (13.02)

Yo: No es gracioso. (13:03)

José: No digo que sea gracioso. (13:04)

Yo: Por la mierda, no me acuerdo nada después de que me dijiste que no saliera de ahí. (13:05)

José: ¿Sigues yendo al doctor ese? (13:06)

Yo: ¿Cuál doctor ese? ¿el psiquiatra? (13:07)

José: Sí. (13:07)

Yo: ¿Qué tiene que ver? (13:08)

José: Dile entonces que te baje la dosis. (13:09)

Yo: ¿La dosis de qué? Qué fácil es que te pongas pesado, por Dios. (13:10)

José: Te lo digo en serio. Te debe haber hecho mal algún remedio. Eso pasa. Por eso no te acuerdas. Sin ir más lejos a mi vieja le recetaban algo que no me acuerdo cómo se llamaba y la hacía olvidar de repente más de la mitad del día. ¿Te acuerdas cómo se ponía de repente cuando estábamos en la u? (13:15)

Yo: Sí. Puede ser. Me acuerdo. (13:20)

José: ¿Viste? Quédate tranquila. (13:21)

Yo: Oye… ¿qué habrá sido del célula de tu papá? (13:22)

Yo: Celular, no célula. Perdón. Maldita autocorrección. (13:22)

José: Ése es el problema de estas cosas. Que se creen que pueden predecir todo. (13:23)

Yo: ¿Qué cosa? ¿el celular? (13:23)

José: No po. La autocorrección del whatsApp. (13:24)

Yo: Ah, no te había entendido. (13:25)

José: Sobre el celular, ni idea. Pensé que lo había incautado la Policía de Investigaciones, pero el caso es que está desaparecido. Seguro que el que esté involucrado en esto tiene que ver con que haya sido eliminado del mapa. (13:26)

Yo: Mmmmm… (13:26)

José: Y tú pensaste al igual que yo que ahí íbamos a encontrar la clave. (13:27)

Yo: Obvio (13:28)

José: ¿Vas a venir? (13:29)

Yo: ¿Hoy? (13:32)

José: ¿O mañana? (13:33)

Yo: Prefiero que no hasta que sepa bien qué pasó ayer. (13:34)

José: Quizá si vienes recuerdes mejor. (13:35)

Yo: Mañana. Voy mañana. Te dejo ahora. (13.38)

José: Ok. (13:39)

Yo: ¡Hablamos! (13:40)

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Las propuestas iniciales.

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Otro ejercicio interesante al momento de practicar la escritura creativa es utilizar ciertos juegos como los dados Rory’s Story Cubes. Estos nos permiten forzar la pluma hacia ciertas situaciones o personajes que no necesariamente estaban dentro de nuestros itinerarios. Practicamos así el método (sin dejar el goce de lado) y nos permitimos poner en pausa la pura inspiración. Este fue el segundo ejercicio que realizamos en el taller, basándonos en las historias que la mayoría ya tenía en mente. La idea era tirar el dado cuantas veces quisieran y así ir hilando nuevas ideas, personajes y situaciones que podrían componer lo que va a ser el gran cuento final. Creo que fue una experiencia motivadora para todos, incluyéndome. Lo que podrán encontrar acá son algunas de las propuestas que nos ayudaron a crear los Rory’s Story Cubes.

“Descubrió que la clave para el control del viento residía, principalmente, en el control de sus emociones. Si estaba alegre, soplaba una suave brisa y no había problemas; pero, si se enfurecía, se podía desatar un vendaval del que no tenía control. Por lo tanto, debía mantener un fuerte dominio sobre sus emociones de manera que no fueran ellas quienes mandaran, sino ella (nombre)”.
“La tristeza al saber la muerte de su mejor amiga la invadió. Sabía que no debía perder el control de ella misma, pero, francamente, no le importaba. La pena la consumía, pero ni una lágrima cayó de sus ojos. El viento desapareció; no fue como si dejara de soplar, sino que simplemente no estaba, se había formado un vacío en el aire. Vacío que la gente sentía ya que, repentinamente, les costaba respirar. Se ahogaban de la misma manera en que ella se ahogaba en su dolor”.
“Conocía el nombre de su asesino. Supo su nombre y todo se volvió negro. La ira tomó control de su cuerpo y dio forma al viento. Jamás nadie había visto tal vendaval. Los árboles eran arrancados de raíz, los tejados de las casas se desprendían y la gente debía aferrarse de donde podía (lo que no era mucho). Todo lo arrancado giraba alrededor de ella, al compás de su pelo también descontrolado. Nada ni nadie podía calmarla. El asesino no tenía escapatoria”.
“Sólo él podía calmarla. No podía acercarse mucho, pero ponía todo su esfuerzo en avanzar y hacerse oír por sobre el ruido. Él era el único que conocía su poder por asistir, desgraciadamente, a la primera manifestación de éste (no es buena idea hacerla enojar). Ya estaba cerca. Ya casi podía tocarla. La tomó de la mano y la giró. Sentía su ira y casi retrocedió. Sin embargo, la abrazó, le dio un beso en la frente y susurró: “tranquila…” El viento amainó bruscamente. Su pelo cayó con suavidad sobre su cara y lo miró. Y lloró”.
Trinidad Barriga Cruzat.
El dios del trueno.
Todo era más simple cuando los vikingos aún poblaban la tierra. Nuestro consistía, solamente, en proteger a los humanos de los gigantes. Pero luego llego el romano, el hombre civilizado que arraso con los bosques para construir sus ciudades.  Aquel hombre que aprisionaba los campos con adoquines para adornar su incapacidad de dar brote a un nuevo pensamiento. Para los hombres pasaron muchos años, y con el paso de estos fueron olvidándose de nosotros, ahora no somos más que una historia que se les cuenta a los niños. Ya no saben distinguir si venimos de Grecia o Britania. Somos sólo ficción. Mi nombre es Loki, dios del engaño y las travesuras. ¿Cómo pueden creer lo que voy a contar si soy el dios del engaño? Bueno, no lo hagan, soy un simple mensajero del legado de mi hermano y quiero traspasárselo a ustedes. Aún recuerdo la primera vez que vimos a Emer. Thor y yo queríamos visitar Midgar, pero Odín no lo permitía. Por esto decidimos escabullirnos por uno de mis pasadizos para salir de Asgard. El problema fue que, al no ser como el Bifrost, nos dejó en una zona que desconocíamos, una pequeña ciudad en la isla llamada Irlanda. El paisaje deslumbró nuestros ojos, la vegetación era impresionante, una manta verde cubría las colinas mientras lagrimas del cielo mojaban nuestros rostros. Sin embargo lo más hermoso era ella, una joven caminaba bordeando el río. De pronto la orilla se derrumbó y ella comenzó a caer, Thor se precipitó a rescatarla y logró sacarla del río antes de que se ahogara. ¡Por Frejya! Ella era preciosa.  Una cabellera negra azabache enmarcaba su cara, de nariz pequeña y tez blanca; labios brillantes, pero desgastados por el implacable clima de esa región; su silueta era sencilla y bien definida, de estatura pequeña. Lo más perfecto eran sus ojos, ojos de un verde escarlata que reflejaban a la perfección el color del paisaje. Thor la despertó suavemente, ¡que ganas de haber sido yo quien la rescató! Creo que fue amor a primera vista, mi hermano la conquisto con su caballerosidad y melena dorada, sus penetrantes ojos azules marcados por una estrella en la iris fueron los que le robaron el corazón a la mortal.
Carlos Rodríguez Hurtado.

  Cuando se murió mi bisabuela. Recuerdo pocas cosas, pisos de madera, en el patio un parrón, quizá, que ya no daba uvas, porque parece que todo en esa casa se iba muriendo. Tenía 5 años y  estaba con mi hermano Claudio, mi hermana Filomena y mis primos Jorge y Diego. Jugábamos debajo del parrón y yo vestía un trajecito de lo más ridículo, el traje sumado al calor de esa tarde de verano, hacía que me picara todo el cuerpo. De pronto nos llamaron adentro de la casa, para celebrar una misa por mi bisabuela. Siempre me llamaba la atención que hubiesen tantos señores, en estas cosas familiares,  que te demostraran tanto cariño sin que me conocieran realmente. Yo jamás había hecho nada por ellos y aun así me daban besos y me decían que estaba grande, que por lo demás, yo sabía que no era cierto. Muchos me dijeron que me habían conocido de guagua y eso me dio vergüenza, se supone que solo mi mama me debió de conocer de chico. El hecho de que gente extraña me hubiese visto quizá desnudo, aprovechándose de mi inconciencia de recién nacido me resultaba sumamente inquietante y hacia que me picara aún más el cuerpo. Durante la misa moleste a mi mamá sacándome los mocos, ella me pegaba en la mano cada vez que la metía en mi nariz. Este es un favor que le hago a veces a mí mama, porque después le cuenta a sus amigas que Alfonso esto, Alfonso lo otro y se ríen a carcajadas de las cosas que hace uno. Es para que haga cosas de mama y  se sienta orgullosa de ello. Después de la misa, nos llamaron a todos los primos porque nos tenían una sorpresa. En el segundo piso, lugar al que jamás habría tenido la osadía de subir solo, había una mesa. En esta mesa habían repartidos, cientos de cosas, lapiceras, relojes, cadenas, fotos, adornos, etc. La idea era que cuando contaran tres, cada uno sacara lo que le gustase. Como yo era pequeño, cuando comenzó la repartija no pude sacar nada, asique mi papá saco una cortapluma para mí y me la dio. En un principio no le di mucha importancia a la cortapluma.

J. Agustín Silva Alcalde.

  Cuando desperté vi algo raro en mi cama; yo no recuerdo haberme acostado en este lugar. Y esta camisa ¿Cuándo me la puse?  Me tiene los brazos entumidos. – ¡Ana!  ¡Ana ven aquí por favor!                                                                                                                                               – Silencio don Juan que va a despertar a los demás.                                                                                                                    – ¿Qué demás? ¿Quién es usted? ¿Dónde está Ana? ¡Ana!                                                                                                    – Cállese, que está en un hospital -le dice la enfermera en tono firme y casi susurrando.                                                                                                                                                                                        – ¿Quién es usted? ¿Por qué me hace callar?                                                                                                                               – Soy la enfermera que esta a cargo de usted, y le hago callar porque no se puede gritar en un hospital. ¿Por qué estaré en un hospital? ¿Habré tomado tanto anoche que  no me acuerdo de nada? pero ayer fue lunes, yo no tomo en días de semana. – ¡¿Qué está haciendo?!                                                                                                                                                                    – Le pongo una inyección para que se tranquilice. Eran las seis de la tarde, ya había pasado un mes desde que Juan está internado; Ana está en el pasillo, siempre atenta a lo que pasa, es que aún no puede creer lo que sucedió. -¿que pasó? hasta acá se escuchaban los gritos de Juan, ¿se va a mejorar?                                                                        -no creo, ya es quinta vez que se levanta pensando que está en su casa, no entiendo por qué no muestra mejoría, pero ya lo sabrá el medico con los exámenes.                                                                                         -espero que se mejore, no se qué haría sin él. “Más de lo que haría con él” pensaba la enfermera, riéndose por dentro pero mostrando compasión en el rostro. 2 de Febrero Cuando Ana miró dormir a  Juan se veía preocupada, en verdad necesitaba saber qué le pasaba a su marido; en treinta años de casados jamás había dado muestra de alguna enfermedad; ‘’ ¡es que él era muy sano, no es posible que de repente haya perdido así la cordura! ’’ Pensaba con angustia. -Ana, ¿Qué haces mirándome así?                                                                                                                                                            -¡Juan! ¡Estas despierto!                                                                                                                                                                               -¿En qué lo notaste?                                                                                                                                                                                      -sigues con el mismo humor de siempre.                                                                                                                                             -¿A qué te refieres?                                                                                                                                                                                    -¿No te acuerdas de nada?                                                                                                                                                                                  -claro que acuerdo de todo; ayer cenamos juntos como siempre, y luego de fumarme cigarrillo me acosté, y ahora me miras como si mil cosas hubieran pasado en una noche.                                                                                                                                                                                               – ¡Es que un mes entero ha pasado desde esa noche! -le dice con desesperación.                                                                                                            -¡como se te ocurre semejante cosa!  ¿Dices que he perdido un mes de mi vida sin saberlo?                                                          -¿es  que acaso no te das cuenta de donde estás? , esta no es la casa, en la noche de la que me hablabas, luego de cenar te desmayaste y llamé a la ambulancia para que te fueran a buscar, y ahora despiertas pensando que estas en la casa, y que solo a pasado una noche.                                                             -no es posible, y ¿Por Que me habrá pasado eso?                                                                                                                        -eso es lo que está averiguando el médico                                                                                                                                      -pues anda a ver  lo que sucede y después me cuentas. Ya son las doce y media de la tarde y Ana se encuentra con el médico para preguntarle acerca de los exámenes, prestando atención a cada detalle de lo que le dice.                                                                                           – ¿Que tiene mi esposo doctor?                                                                                                                                                                     -los exámenes no muestran algún daño cerebral, por algún motivo que desconozco no puede guardar los nuevos eventos en su memoria y por eso despierta siempre pensando que es el mismo día                                                                                                                                                                                               – ¿Qué podemos hacer?                                                                                                                                                                                        -lo más conveniente es que evaluemos cómo va evolucionando su situación, esperando que pueda retener en su memoria todo lo que ocurrió en el día y despertar al día siguiente con la capacidad de recordarlo.                                                                                                                                                                                                                   -iré a decirle lo que le ocurre, para que pueda hacer un esfuerzo para no olvidar las cosas que pasan.                                                                                                                                                                                                             -creo que lo más conveniente sería no decirle nada, para no  hacer trabajar más su mente y así no nos arriesgamos a un problema mayor.                                                                                                                                               -tiene razón…                                                                                                                                                                                                                 -y es mejor que usted vaya a distraerse a algún lado, para que no le afecte demasiado.                                                                                                                                                                                                   -sí, lo más conveniente seria irme unos días con mi hermana, para despejarme un poco. 3 de febrero                                                                                                                                                                                                                 ¿Qué hago aquí? Quizá qué porquería habré hecho. Mejor me voy antes de que me encuentren.  ¿Cómo podré irme sin que se den cuenta?, abriré la puerta para ver si hay alguien, ¿será esa mujer una enfermera? Aprovecharé que entró al baño para irme. Al salir a la calle, don Juan se sube a un taxi sin darse cuenta de que llevaba puesto el camisón del hospital. -Buenos días -Buen día, ¿A dónde lo llevo? -Lléveme a Av. Grecia por favor. -Bueno… ¿y ese camisón? Si parece que viene de una operación-le dice el taxista con tono burlesco. -Es que estaba en curaciones, pero me dio miedo y me arranqué así no más. Luego; cuando  Juan llegó a su casa, se dio cuenta de que no tenía las llaves para entrar, por lo que decidió entrar por la ventana que siempre permanecía abierta por la claustrofobia de Ana. Una vez  que logró entrar comenzó a vestirse, al  salir no sabía que hacer puesto que era ya muy tarde para ir a su puesto de trabajo, así que decidió ir a tomar un café en el restaurante   que le quedaba más cerca y al cual iba de vez en cuando. -Hola, me puede servir un café por favor. -¿Lo quiere con o sin crema? -Con crema por favor. ¿Y en que momento se dejó crecer el  pelo este otro?, si les sale de un día para otro, y uno que cada día va quedando más pelado. -Gracias ¿Por qué habré despertado en un hospital?, es muy raro. Al momento en que se tomó el café pidió la cuenta para irse a caminar por la calle. Ya eran las nueve de la noche cuando Juan decidió volver a su casa para dormir, en el momento en que se da cuenta que no sacó las llaves, y que tendría que entrar de nuevo por la ventana; estaba en eso cuando una patrulla que estaba pasando por el lugar se da cuenta de que estaba intentando entrar a la casa por la ventana, no tenía cómo justificarse, puesto que tampoco tenia sus documentos, así que lo llevaron detenido. 4 de Febrero Cuando don Juan despertó en el calabozo estaba desesperado,  no entendía como podía haber llegado hasta ahí mientras dormía. ¿En qué momento llegué aquí?,  me acuesto a dormir tranquilo con mi esposa y despierto con este pelafustán en una celda, quizá en que me habrá metido, y yo ni lo conozco. -¿Tu sabes por qué estoy acá? -según me contaste anoche por que te estabas metiendo a tu casa -dice burlándose el compañero de celda. ¿Éste está loco?, cómo me van a llevar preso por entrar a mi casa, y encima de todo que se lo dije anoche, ¿creerá que soy imbécil? claro que si le digo algo quizá qué cosa me hace. -¿y crees que estemos mucho tiempo aquí? -no, si aquí nos sueltan rápido, siempre es lo mismo, te hacen perder una noche, y después con suerte firmas una vez a la semana. – ¡Ya! Paren de cuchichear, se tienen que ir por falta de cargos, y espero no volver a pillarlos de nuevo. -entendido – respondieron al unísono. En el hospital todo era confusión, no podían entender cómo se les podía escapar una persona en ese estado, la enfermera que tenía a don Juan a su cargo estaba vuelta loca, ¿Cómo explicaría lo que pasó? ¿Cómo puede irse un paciente sin que nadie se diera cuenta? Don Juan, al no poder comprender lo que estaba sucediendo decidió ir a tomar algo por ahí; cualquier cosa servía para distraer su mente de esa interrogante que lo estaba matando. ¿Cómo fui a parar de mi cama a una comisaría?, de la cama al refrigerador puede ser, ya me ha pasado muchas veces, pero de la cama a la comisaría, ¡imposible!

Ismael Sánchez.

Cuatro personas aceptan voluntariamente viajar al fin del Universo para descubrir lo que allí se esconde. Es un viaje sin retorno y, por lo tanto, muy significativo y personal para los tripulantes, los cuales sufrirán las consecuencias de estar tan lejos de sus hogares y de la civilización.
Felipe Stark.
Dos niños, un hombre y una mujer entre diez y doce años, se juntan un día para ir a la casa abandonada que se encuentra en la esquina de su calle. El cuento transcurre en la inspección de esta casa a la que van y según las cosas que ven y se encuentran dentro de ella se imaginan lo que pudo haber pasado allí, las personas que la habitaron, las cosas que pudieron ocurrir…
Es un cuento principal dividido en dos relatos paralelos: lo que ocurre en la imaginación de los niños, cada uno por separado porque imaginan cosas diferentes, contado a modo de relato, no sólo imágenes estáticas.
Magdalena Navarro.
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